Humberto Almonte
La apreciación en el arte es lo más parecido a un campo minado por la cantidad de puntos de vista analíticos, del público y de los medios de comunicación, lo que constituye una zona de fuego tan intensa que solo las obras con sólidos fundamentos suelen atravesarlo sin perder interés en su contenido.
Esta selva de contenidos artísticos es de una vastedad tal que es fácil perderse en los 30 segundos de fama. Así es la velocidad con que las fabricas artísticas nos lanzan sus obras, unas detrás de otra, y cada vez tenemos menos tiempo, más contenido y menos espacio mental, todo ello en detrimento de un juicio riguroso del asunto.
La sensatez, esa especie en desaparición, nos llama a ser más selectivos sin caer en elitismos, porque en el campo del cine es imposible ver todo lo que se produce, aunque nos dediquemos solo a eso. Paradoja del crítico de cine, quien como el goloso, lo quiere todo, viéndose en la penosa obligación de escoger las películas a visualizar en aras de tener un amplio panorama.
No existe una enorme cantidad de obras maestras, porque estas no se producen en serie. Y no estamos hablando de la fabricación de vehículos o de churros. Esas obras son una en un millón, un artista puede crear varias a lo largo de su vida y el cineasta no es la excepción a esa regla.
La norma es inflar la importancia de esta o aquella película, cosa que ha pasado en todas las épocas, teniendo como juez al tiempo, que con su inapelable intervención, dicta sentencia y coloca a las cosas en su lugar. Si La La Land es la gran obra que dicen algunos, ya lo veremos en un par de decenios.
La historia, esa gran aliada del tiempo, suele ser cruel con ciertas películas y generosa con otras. Ese asombroso filme que nos deslumbró en su estreno, puede convertirse en una decepción cuando lo volvamos a ver más tarde. Otras obras, como es el caso de Alien (1979), a sus 38 años ha desafiado a ese tiempo cruel conservando intacto su discurso estético.
https://youtu.be/n46WtVCWsk4
¿Qué tienen en común Viridiana de Buñuel, El Padrino de Coppola, Rashomon de Kurosawa o Uno de los Nuestros (Godfellas) de Scorsese? Que se han deslizado por varias épocas sin perder la lozanía, amparadas en la actualidad de su discurso y en la habilidad de sus directores por insuflarle el espíritu de esa época, que es lo mismo que decir naturaleza humana, la cual puede cambiar de ropaje, pero mantendrá las esencias.
Como planteaba el pintor realista Antonio López en el documental El Sol del Membrillo (1992) de Víctor Erice, el artista se enfrenta a una realidad que lo reta a duelo por el empeño de este por capturar tan elusivo espíritu. Y la verdad es que no siempre gana el artista, es una lucha que se salda con obras de poco calado cuando el realizador no acierta.
Directores norteamericanos de gran éxito como James Cameron, Steven Spielberg o George Lucas, no llegan, a nuestro juicio, a la categoría de maestros, a la que si pertenecen gente como Scorsese o Woody Allen. Y esto, por la simple razón de que aun dirigiendo grandes filmes, la competencia técnica debe ir acompañada de una sabiduría estética, indispensable para ser reconocido con tan alta distinción.
En el cambalache actual, los títulos se prodigan con una facilidad pasmosa. Se confunde popularidad con maestría o se premia películas como Luz de Luna (MoonLight) por el hecho de estar montada sobre el tema de la raza o lo políticamente correcto, cáncer que corroe al arte actual y al que el cine se ha adherido con penosos resultados.
Se parte de un relativo éxito y de una exposición mediática intensa para declarar los altos valores de una película o de un director, lo cual responde más a una estrategia mercadológica que artística, pues no se deja que la obra en sí exprese sus valores o que el público la aclame. Lo que se busca es forzar el gusto o manipularlo para vender más.
El hecho de que una película haya ganado una cantidad apreciable de premios, que haya participado en 800 festivales o que venda cantidades records de taquillas y deje ganancias fabulosas a su productora, habla solo de una parte del cine, la económica, que nada tiene que ver con la otra, la artística, sujeta a otros valores.
Usted y yo sabemos del poder de las grandes productoras y distribuidoras. Estas pueden apostar por una película y por otra no, tomando en cuenta los análisis de mercado, el blanco de público o los “trending topics”. Así que, si esa flojísima obra de un director de escasas ideas es un “megahit”, a quien deja bien parado es al departamento de mercadeo y ventas de la película.
Maestro del Cine no es un título que se consigue por decreto o por el deseo de un admirador ofuscado por la obra de un director. No existen reglas ni manuales de cómo se llega a la maestría o a la producción de obras maestras. Los directores que trabajan con rigor y respeto al arte, quizás consigan ambas cosas, o una de ellas, pero no hay certificados de garantía para eso.
En una era ávida de reconocimientos y de atribuirse falsos méritos, es común la tentación de decir que este director es un maestro y que aquella película es una obra maestra, ante lo cual es saludable mantener un cierto escepticismo sin llegar a la categoría de “hater”. Nunca como hoy ha sido tan necesario analizar despacio y a conciencia las películas que vemos, porque de falsas maestrías está lleno el camino a las salas de cine.