Todos sabemos que el nombre de La Marcha Verde es producto de la espontaneidad. De una condición de hartazgo social que, desde hace un tiempo tenía como única vía de escape el desahogo verbal; la queja frente al semáforo, en las emisora de radio y en los canales de televisión, en los supermercados y las oficinas, sin que lo que parecían clamores pasaran de una sinfonía de lamentos a una rumba de calle, con ruidos que sobrepasaran los decibelios permitidos por las normativas dictadas por los hábitos de los que crearon el confort del silencio.
La protesta verbal, que necesitaba convertirse en grito de trompeta ante la sordina mediática, se quedaba en un sutil y grave suspiro de violonchelo; por ello, y con atuendo verde, quizá por aquello de que este color simboliza la esperanza, se convirtió en pies y zapatos para tomarse el asfalto, en libélula para aletear con libertad por todo el suelo patrio batiendo demandas sociales con las que han construido un discurso que, más allá de la transparencia, no se estructura sobre un esquema ideológico como base conceptual para la elaboración de un proyecto de país con características incluyentes.
Las demandas, justas pero sueltas, no auguran al movimiento, por la condición de desarticulación programática, un futuro promisorio, y no lo pueden augurar porque éstas, aisladas, le quitan la consistencia y la sostenibilidad. Y esta es una debilidad que persistirá, porque resulta difícil en medio de la heterogeneidad del movimiento, ensamblar una estructura con piezas que jamás encajarían ideológicamente, sobre todo porque no estamos frente a una crisis que semeje la dictadura de Pinochet, de Trujillo o el escenario internacional que creó Adolfo Hitler.
Desde mi conciencia boschista sé que algo no anda bien y algunas cosas se descarrilan. Veo como la sociedad avanza y desborda a los partidos; un fenómeno que no es local pero que en el país se agrava por la falta de democracia interna en las formaciones partidarias, un mal que además de negar la renovación asienta residuos de una sociedad obsoleta que se niega a morir y frena los elementos vitales de la nueva sociedad que empuja por nacer para seguir dándole sentido a la mecánica de la dialéctica, operación sin la cual no puede ningún organismo mantener las palpitaciones que le dan la vida.
En La Marcha Verde convergen jóvenes meritorios, con sensibilidad social y amor a la patria doméstica que se les ha negado participación en los partidos; hombres y mujeres que ya no se sienten representados en las formaciones tradicionales y sienten decepción por proyectos partidarios que tienen décadas emergiendo o inician un proceso de emerger sin éxito y adoptando las mismas prácticas antidemocráticas de los tradicionales; pero están allí también resentidos sociales que sufren y se consumen internamente por la superación ajena; oportunistas y fracasados que no han alcanzado el favor popular en las urnas, y militantes de partidos con intención de capitalizar muchas de los justas demandas del movimiento que en sus prácticas políticas han despreciado.
Desde mi peledeísmo crítico veo La Marcha Verde con simpatía sabiendo que los tantos toros tirando por diferentes esquinas de la carreta, incluyendo la que hala la Usaid, la despedazarán en algún momento para dejar el escenario a los partidos, los que sobrevivirán solo si a lo interno se crean marchas verdes que generen los cambios que demanda la sociedad.