Opinión

La caída de los malos (I)

El hombre por naturaleza vive en lucha permanente para convertir todo el contexto en que vive, en un lugar que le sea favorable a sus fines. Está demostrado durante el histórico de la vida del hombre, que no le detiene nada en cuando a la procura de sus fines. Se ha apropiado del planeta por sobre toda criatura, sin importar donde viva, el individuo humano la domina y la somete a sus propósitos.

En ese sentido, ha derribado árboles y montañas, ha penetrado a las profundidades de la tierra y de las aguas para extraer materia prima y convertirla en lo que él mismo ha calificado como riqueza y ha colocado esas materias endógenas del planeta en una incansable transformación del paisaje terrestre, no solo sobre la epidermis terrenal, sino de lo subterráneo y no conforme con eso, -unos cuantos- se han colocado con sus armas y artefactos dominantes, en la estratosfera -para imitar el movimiento de rotación de la tierra- con sus satélites y módulos de tópicos múltiples. ¡Arrinconadas, la mayoría de las especies temen por sus vidas! Y lo que es peor, solo el 1% de los habitantes posee el 95% de las riquezas, por ser los que tienen mayor cantidad de dinero acumulado.

Pareciera que el demonio de la acumulación se apoderó de la una parte importante de la humanidad y que el demonio de la apatía domina a esa parte del género humano en detrimento de todos los demás.

La concepción de Maquiavelo sobre la sociedad humana pone de manifiesto lo que estamos describiendo, sobre todo si lo vemos -subjetivamente- desde una óptica simplista y desde la superficie social. Si observamos el comportamiento de la gente en sentido global, dejándonos condicionar por los medios de comunicación y sus interesados propósitos de rebeldía a todo lo que sustenta el actual modo de cosas, entonces damos por ciertos todos los argumentos del primer párrafo de estas reflexiones.

Para Maquiavelo el hombre es por naturaleza un ser perverso y egoísta, que solo se preocupa por su seguridad y por aumentar su poder sobre los demás. Al leerlo sin entrar en un análisis sobre lo que dice, podemos caer en manos de sus conceptos y convencernos de que el hombre es en sentido general, un ser ingrato, voluble, simulador, cínico, irresponsable, un ser que no se arriesga por lo colectivo, codicioso, acumulador y propicio a enfermarse con sus éxitos.

Según este pensador, los hombres olvidan con mayor rapidez la muerte de su padre que la pérdida de su patrimonio. Para él, el hombre es un ser interesado en su beneficio particular, que vive debatiéndose entre su condición humana y su condición animal. Mucha gente se cree esta idea y se comporta en esas lides de conducta, pero las consecuencia se manifiestan en ausencia de sosiego, en falta de paz, en vacíos existenciales y en soledad espiritual, alejado de toda virtud, extinguido por la saña y arrinconado por la realidad finita de todo lo que existe sobre la tierra.

El hombre es capaz de lograr grandes hazañas, triunfar en sus luchas, pero para alcanzarlas toma el camino del egoísmo y del instinto. Al decir esto, el autor del Príncipe dice que la palabra clave es instinto, porque la naturaleza del hombre es de predominación instintiva, el hombre dice -Maquiavelo- tiene menos consideración en ofender a uno que se haga amar, que a uno que se haga temer. Porque el amor se retiene por el vínculo de la gratitud, el cual, debido a la perversidad del hombre, es roto en toda ocasión para beneficio de su propia utilidad. En cambio el temor se mantiene con un miedo al castigo que no abandona al hombre nunca, por lo tanto el que tiene poder debe hacerse temer de tal modo, que si no logra que le amen, debe evitar que le odien, porque puede conseguir al mismo tiempo, ser temido y no odiado.

El mejor ejemplo de lo que digo en el párrafo anterior, se manifiesta en la postrimería de la vida de Alejandro Magno y su reacción ante la irreversible realidad de encontrarse al borde de la muerte, convocó a sus generales y les comunicó sus tres últimos deseos. Que su ataúd fuese llevado en hombros y transportado por los propios médicos de la época, que los tesoros que había conquistado -oro plata piedras preciosas y demás pertenencias- se esparcieran por todo el camino hacia su tumba y que sus manos quedaran balanceándose en el aire, fuera del ataúd y a la vista de todos. Uno de sus generales invadido por el asombro de aquellas inusuales peticiones de un moribundo, le preguntó a Alejandro cuáles eran las razones de las peticiones, Alejandro le respondió diciéndole, quiero que los más eminentes médicos carguen mi ataúd para así mostrar que ellos no tienen, ante la muerte, ningún poder. Quiero que el suelo sea cubierto por mis tesoros para que todos puedan ver que los bienes materiales aquí conquistados, aquí se permanecen. Quiero que mis manos se balanceen al viento, para que las personas puedan ver que venimos con las manos vacías y con las manos vacías partimos.

El género humano, en sentido general está constituido por seres bondadosos. El peligro al ejercer cualquier nivel de poder se encuentra, en los niveles de capacidad que debe tener y demostrar el que lo ejerce, a la hora de tener que manejar las complejidades del poder. Porque el manejo de cualquier nivel de poder se complejiza a la hora de tomar decisiones sobre las cuestiones trascendente de ese ejercicio. Esto es así, porque la responsabilidad de las decisiones recae sobre la individualidad del que toma la decisión, pero las consecuencias de la decisión afectan a una infinidad de terceros, que en casi todas las ocasiones son ignoradas desde la génesis del ejercicio del poder.

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