Franklin Rodríguez
“Mientras las personas no fanáticas tienen ideas, los fanáticos tienen creencias”. Con esta conclusión de Enrique Echeburúa, catedrático de Psicología Clínica de la Universidad del País Vasco, nos topamos de manera inesperada al tiempo que estudiábamos las implicaciones del fanatismo político, tema con el cual nos disponemos a dar continuidad al análisis que iniciamos la semana pasada.
Esa cita inicial resulta un excelente punto de partida para evidenciar otro de los males patentes en la sociedad y clase política, que afectan el sano juicio de quienes lo padecen, alejando de toda objetividad las metas y proyectos que deciden abrazar. Sucede que contrario al sentimiento natural de admiración, respeto o empatía hacia un deporte, líder político, organización o religión, el fanático es guiado por una atracción extremista e intolerante, que no admite críticas u oposición de ningún tipo a sus convicciones.
El hecho de que Echeburúa hiciera énfasis en que el fanático sustituye las ideas por las creencias, encuentra sustento en que estos no emiten juicios basándose en la racionalidad, sino que parten de una actitud intransigente basada en sentimientos bien enraizados, alimentados en parte por prejuicios, inseguridad o frustraciones del pasado. Por ello es común que las posiciones de un fanático se reduzcan a una visión muy parcializada y distorsionada de la realidad, y por lo tanto propensa al conflicto, pues suelen creerse dueños de la verdad, lo que les lleva a alterarse rápidamente y preferir entornos que le reporten autoridad ante otros igual de fanáticos.
Uno de los grandes problemas de esta actitud, por demás destructiva social, religiosa, deportiva y políticamente, es que al renegar de la lógica, la persona que abraza el fanatismo solo admite dos opciones dentro de un debate (estás conmigo o estás contra mí). Es decir, estos reducen el debate a la confrontación de buenos contra malos, negro contra blanco, la verdad contra la mentira, y en cada caso sobrevaloran sus posiciones y descalifican lo ajeno.
Por ello se hace evidente que para que se justifique la existencia de un fanatismo, debe existir una contraparte o “enemigo externo”, en quien descargar frustraciones y adjudicarle responsabilidad por los males propios, ignorando conscientemente sus defectos. Esto se hace especialmente evidente en la religión y en la política.
En la religión, el fanático se escuda en la creencia más allá de lo racional, sintiéndose revestido de una autoridad moral recibida por medio de una fe que trasciende lo físico (lo terrenal), al tiempo que deshumaniza al adversario, reduciéndolo a una “cosa” que obstaculiza su misión. Lo anterior es acompañado de una defensa ciega de sus dogmas, propensión a la violencia, no admite diversidad de fe y demuestra férrea resistencia al cambio.
No obstante, el fanatismo político no se queda atrás, ya que con una defensa ciega de una ideología, líder u organización, el fanático político evidencia una pasión desproporcionada por aquello a lo que atribuye su lealtad, que termina distanciándole de una contemplación realista de su entorno. Su “incondicionalidad” le lleva a no tolerar puntos de vista opuestos, discute todo, no reconoce límites en la búsqueda de sus objetivos, se aísla, asegura que su líder o partido es perfecto más allá de las debilidades exhibidas, y es propenso a humillar a todo opositor.
Una de las consecuencias del fanatismo político es la polarización, un mal que se está viviendo a nivel mundial y que ha tomado mayor intensidad en Europa con la nueva embestida de los partidos de ultraderecha, quienes apoyándose en las crisis económica y migratoria, han adoptado discursos populistas que inducen a la intolerancia hacia quienes no se identifican con su causa. Sin embargo, también se puede percibir rasgos de fanatismo político en organizaciones con agendas xenófobas y racistas en Estados Unidos, así como la polarización en Latinoamérica, donde existen casos lamentables en que la discusión se ha reducido a ser “pro oficialista” u “opositor”.
De ahí que históricamente, al igual que sucede con la religión, el fanatismo político resulte ser uno de los principales detonantes de guerras, genocidios, y actos de injusticia. Por lo general esto se debe a que este mal encuentra acogida en regímenes dictatoriales o autoritarios, donde prácticas como el hostigamiento, represión, chantaje, persecución o violencia psicológica son usadas contra quienes les adversan.
En efecto, todo lo anterior hace del fanatismo político una de las condiciones más peligrosas para la sociedad y su entorno, ya que no escatima esfuerzo a la hora de imponer su voluntad, inducido por la lealtad servil a un “líder” o “ideal” que muchas veces le manipula con un objetivo poco ético. Es ahí donde yacen las bases del fundamentalismo, que en el caso de la política ha tenido celebres exponentes como Hitler y Mussolini dentro del fascismo; a Franco en España; y a Rafael Leónidas Trujillo en nuestra nación.
A fin de cuentas, el fanatismo político cuando es aplicado desde el poder, implica la existencia de limitantes a la libertad de expresión, suprime la autocrítica, reprime disidencias, no admite contrapesos, y promueve su proyecto como la única opción apta para regir los destinos de un país. Por ello, quienes imponen su voluntad refugiándose en la soberbia, narcisismo y el fanatismo de sus seguidores, tiende a olvidar que “el honor no se gana en un día para que en un día se pierda. Quien en una hora puede dejar de ser honrado, es porque no lo fue nunca” (Jacinto Benavente).