Opinión

Decisiones que marcan la historia II

El desafío de Oxiarte tenía en jaque al Grande de Macedonia y conquistador del mundo conocido. Algo tenía que hacerse y rápido, porque las malas noticias se esparcen como el agua de tormenta y se coloca en el ambiente del contexto en que vivía Alejandro, en un sin número de oportunidades para tramar, desacreditar o tratar de sacar ventajas de muchos oportunistas. El líder lo sabía porque vivía desarmando situaciones protagonizadas por ese tipo de seres que pululan siempre bajo vidas disfrazadas de lealtades, pero que en forma voraz se adueñan de situaciones y colocan la vida cotidiana, bajo las aristas de ventajas insospechadas.

El mundo bajo la sombra de la roca sogdiana estaba en tensión, porque el líder estaba enclaustrado en sus reflexiones. De vez en cuando, hacía llamar a algunos de los generales, a los que consultaba con una batería de preguntas puntuales, enfatizadas e incomprendidas por algunos de sus más cercanos colaboradores. Pero él sabía en lo que estaba su privilegiada mente de guerrero audaz y brillante.

Mientras tanto, Oxiarte -encumbrado en las alturas de su roca- delegaba el mando de la fortaleza y su guarnición a Ariamazes, un formidable guerrero sogdiano de grandes hazañas del pasado cercano y oriundo genuino de ese lugar de cumbres, conocedor desde niño de todos los recovecos de esa orografía de peñascos. Sus hazañas cercanas en las calendas lo enfrentaron con cierto éxito al conquistador macedonio en toda la extensión del territorio sogdiano. Desde la designación, el correligionario hizo uso de todo un arsenal y de almacenamiento de provisiones para durar en rebelión en las alturas de la roca por un espacio de dos años. Ariamazes era un personaje de prestigio que había acumulado fama en sobre ese personaje cimentó Oxiarte su rebelión. Al refugiarse en esa roca, Oxiarte llevó allí a su familia, esposa e hijas. Esa acción tenía un gran significado para todo aquel que acompañaba al rebelde. Es que la decisión estaba acrisolada por todos los confines y no tenía marcha atrás.

Desde arriba los sogdianos observaban al ejército macedonio y en eso, Alejandro arenga con voz de trueno hacia ellos. Les advierte que morirán si no se rinden. Les dice, que subirá y les matará personalmente si no rinde sus fuerzas a la voluntad de sus mandatos, se colocan al servicio de sus órdenes y les son súbditos. Les gritó estruendosamente enfatizándoles, que solo así les perdería la vida.

Desde la montaña, la respuesta fue de burla. El irreverente Oxiarte se reía a carcajada junto a sus colaboradores y al llegar la ocasión, expresó la oración que al final le condenaría ante la realidad histórica: ¡tendrían que nacerles alas para volar hasta nosotros! En las cabezas de Ariamazes y Oxiarte no cabían posibilidades de que hombres comunes pudieran sortear los obstáculos para arribar a la cima de la roca sogdiana, porque nadie jamás lo había intentado y sobrevivido para contarlo.

El desafío se expandió. La apuesta histórica se dejó caer en el laberinto de las complejidades de la historia, porque -para el macedonio- no podía existir otra salida que vencer a los sogdianos y someterles a su voluntad. Pero además, nacía en él como semilla cognitiva, la fortaleza de aquellos que les desafiaban sin tener posibilidades futuras de eternizar sus rebeldías. Dentro del líder, nacía endógenamente la necesidad de sumar tal voluntad, a sus firmes propósitos de conquistas inéditas.

El respeto nace de la gallardía. A los hombres de honor y de valor no se les veja, se les admira. Los hombres historia conocen de esos valores que adornan a los hombre -hembras y varones- y que se acrisolan en la palabra dignidad.

La oferta hecha por Alejandro a Oxiarte: ¡capitulas o mueres junto a los que te acompañan!, surge del conocimiento objetivo de sus posibilidades inmediatas. Percibe un tranque, porque está consciente de las dificultades que se presentan para tener éxito en corto tiempo e ir a su gran propósito anexionista. Es por ello, que ante la fama que le precede, se sienta sobre la subjetividad y les ofrece una capitulación honorable a los defensores, diciéndoles que si se rinden podrán volver a sus casas con la seguridad de estar sanos y salvos, sin persecuciones posteriores ni castigos por venganzas.

El exceso de seguridad en sus convicciones traiciona al comandante Ariamazes, se descuida al tomar la decisión de no colocar centinelas en la retaguardia de la fortaleza de roca en las cumbres naturales de su guarida, descolgada sobre un gran precipicio. Esa enorme distancia entre la llanura y las alturas de la roca hizo que el confiado organizador de tácticas, dejará abiertas las posibilidades de que los soldados de Alejandro pudieran “volar” hacia la cima de la roca y llegar a la inexpugnable fortaleza, sin ser vistos durante las jornadas de vuelo de los hombres hacia la cima.

Sumido en sus reflexiones, el macedonio -observador astuto e inteligente- de repente ve posibilidades de ascenso a través de las grutas escarpadas de la roca, se percata del error de sus adversarios y como escurridizo guepardo, se mueve sigiloso entre sus neuronas en busca de aprovechar el descuido. Fue entonces que tomó la decisión que marcaría de una vez por y todas el final exitoso del conflicto. Ya se aprehendió de las bases para poder ganar el juego y terminar con éxito la escaramuza. Juntando a un selecto grupo de soldados elegidos por sus generales de cada una de sus huestes, ofreció 12 talentos de oro al primer soldado que alcanzara las cumbres que rodeaban la fortaleza. Fue de esa forma que de entre un par de miles salieron unos 300 voluntarios para arriesgarse en la difícil escalada.

Ahora faltaba trabajar el cómo, el cuándo y a través de qué, desarrollar las acciones. Se tomaron las medidas para hacerlo, la escalada serian desarrolladas solo en las noches para evitar ser vistos, esperar escondidos en las grutas durante todo el día, llevar lo necesario para sobrevivir durante los días del ascenso, guardar silencio aun cayendo al precipicio… Y fue de esa manera, armado de entereza y motivados por la codicia de un equivalente aproximado a unos 400,000.00 dólares actuales, que los 300 voluntarios iniciaron la carrera hacia las imposibles metas del ascenso hasta verse cara a cara con Oxiarte y sus correligionarios.

La confianza excesiva de Ariasmaze estaba cimentadas -no solo en las alturas- sino en los filos de las rocas y en las pocas facilidades humanas de hacerse camino desde la llanura hacia la cima. A esto se le suma las fuertes ráfagas de viento que azotan a la montaña en las alturas y sobre todo eso, la estrategia de Alejandro, suma a sus hombres la oscuridad de la noche, la carga de los utensilios de guerra, más agua y alimentos. A la vista de los simples ojos humanos esta misión no era menos que un suicidio.

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