Cultura

Cannes, Venecia y Netflix, la ley del mercado

El primer round de lo que parece ser un combate que se extenderá a 12 asaltos enfrentó al Festival de Cannes con Netflix por la exigencia del certamen de aplicar las leyes francesas a las producciones de la plataforma. Esta situación se saldó con la retirada de varias películas de la programación y el inicio de una confrontación que no será fácilmente resuelta.

Los bandos se hicieron fuertes en sus trincheras y así dio inicio el segundo round con la exhibición en el Festival de Venecia de Roma de Alfonso Cuarón, La Balada de Buster Scruggs de los hermanos Coen, The Other Side of the Wind de Orson Welles y 22 de Julio de Paul Greengrass, todas producidas por Netflix, lo que confirma la apertura de este antiguo y prestigioso festival a los nuevos vientos tecnológicos, comerciales y estéticos.

La equivocación es pensar que se trata de un enfrentamiento entre lo nuevo y lo viejo, una riña de los caducos y conservadores que insisten en ver películas en las salas tradicionales o aquellos liberales que en muestra de apertura acogen a las plataformas y las nuevas tecnologías. Para desgracia de los amantes de los culebrones o series romanticoides, el fondo del problema es más complicado de lo que parece.

A los que creen que Cannes defiende a las formas obsoletas de exhibición y que Netflix apuesta por la democratización en beneficio de los espectadores, les podemos responder que están siendo víctimas de un espejismo mediático que distrae de la batalla por los mercados, unos tratando de mantenerlos y otros buscando hacerse con ellos.

La estrategia de Venecia pasa por sacar dividendos del match Cannes-Netflix, revitalizando un festival que mantiene un prestigio, pero que vive en medio de una industria nacional en crisis. Los italianos han deslumbrado con el desfile de estrellas, se han anotado un tanto contra su rival Cannes y haciendo honor a la película de Sergio Leone, han conseguido “Un Puñado de Dólares”.

Cuotas de mercado, libre comercio y cine local

Las emociones son buenas para el amor pero no para el análisis. Todos nos alegramos del triunfo de Roma y Cuarón por los indicios de calidad que se atisban y por su origen latinoamericano, pero de ahí a seguirle el juego a los intereses económicos de uno u otro bando, existe una distancia muy larga.

Esa ley de la excepcionalidad cultural francesa está hecha para que la cultura, y en este caso, el cine francés, no quede desprotegido ante las malas artes de las estrategias económicas non sanctas. Los bienes culturales o la industria cultural local deben ser incentivados para que puedan competir con cierta justeza y no verse avasallados por los intereses económicos extranjeros. Esto es lo que han hecho los franceses.

El festival es parte del conglomerado cinematográfico francés y trabaja en mancomunidad con el sector productivo de su industria al que debe oír, además de cumplir las leyes de su país. Francia posee una cuota de 37,4 %, una de las más altas de Europa y su promedio de asistencia es de 3,3 películas por habitante, el mejor del continente, empatada con Irlanda.

Si los galos no tuviesen reglas para proteger su mercado, sufrirían la debacle de Italia, cuya cuota de películas nacionales cayó de un 28,7% al 18,3%, con una pérdida de espectadores del 12,9%. El comercio justo en el sector cinematográfico pasa por crear mecanismos que permitan al productor local competir con reglas que sean equitativas y moderen el poder de los grandes consorcios extranjeros.

Una mirada atenta a las cifras de asistencia y las cuotas de mercado nos facilita entender el trasfondo de esta contienda entre Netflix y Cannes o de la apertura del Festival de Venecia a las plataformas por la particular situación de la industria cinematográfica italiana. Se pelea por mercados y por prestigio, pero más por lo primero que por lo segundo.

Mirar los números, mirar el arte

Implementar leyes y reglamentos para delimitar áreas, clarificar las normas de competencia o incentivar la producción, tiene un efecto potenciador para las industrias y la productividad local. Después de la implementación de la ley 108-10 para el fomento de la actividad cinematográfica, el crecimiento de este sector nos ha llevado a un 26 % de cuota de mercado por parte de las películas nacionales, líder en Iberoamérica.

El enfrentamiento entre Cannes y Netflix no es sobre la garantía de los espectadores a ver un tipo de cine. Tampoco es sobre si desean una plataforma u otra, o verlo en un dispositivo o asistir a una sala; ni tampoco es por el progresismo tecnológico de Netflix o el conservadurismo estético de Cannes. Lo que se está peleando es el acceso a mercados de enorme potencial, en donde se encuentran ganancias de millones de dólares o euros.

Por lo que podemos repetir una vez más la frase de James Carvill: “Es la economía, estúpido”.

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