Opinión

Joaquín Balaguer en varias cuartillas (II)

El Doctor Balaguer nunca se hizo pasar por superhéroe ante los ojos del tirano ni de sus familiares, al contrario, siempre se comportó como un verdadero cortesano, sin destapar sospechas de ambición de poder. Era un personaje de elegante estilo al conversar, delicado en el trato y sutil en las opiniones conflictivas, pero con gran carácter sobre lo que él creía era importante.

Siempre vivió defendiendo sus ideas ante la presencia omnipotente del tirano bajo la horizontalidad de la discreción.

Estoy seguro -conociendo el perfil de ambos personajes- que para el generalísimo, los cotidianos encuentros con “Elito” como le decían los cercanos al Doctor Balaguer en aquellos tiempos, fueron momentos de crecimiento personal y para el joven intelectual -cual docente de excelencia- eran tiempos en donde aprendía y sacaba provecho del enjundioso empirismo del Jefe.

El Doctor Balaguer fue un hombre planificador de sus acciones y sabía correr riesgos. Él tomó la decisión de ser lo que fue en esas dos últimas décadas de la tiranía, a sabiendas de los riesgos que corría en un ambiente de diatribas y chismes palaciegos que iban y venían entre terrazas y comedores de los chalets en donde residían los altos funcionarios y familiares. Es que el hombre bajo el sustantivo de Joaquín, existía un ser valiente por encima de todas las circunstancias y sabía calcular los riesgos que tomaba.

De seguro que los calculaba en forma matemática, porque su pragmatismo evidencia que se sostenía bajo cálculo y nunca jugó con el azar, porque no creía en la suerte.

En el breve tiempo que gobernó el país después de la muerte del Jefe, para atraerse las simpatías de la administración de John F. Kennedy, el gobierno del binomio Balaguer-Ranfis utilizó las herramientas del poder con astucia, desplegó una estrategia de apertura política, pero las acciones de Ranfis pronto colmaron la paciencia de muchos cercanos colaboradores y lo hicieron salir del país. Cuentan algunos, que en la antesala de su partida, en la oficina presidencial se dio un acontecimiento de leyenda en donde participaron los tíos del hijo preferido del tirano y el doctor Joaquín Balaguer. Se dice, que luego de una discusión en donde se negaban a partir hacia el exilio, el dedo índice de “Elito” señaló hacia el Mar Caribe y les dijo a los acalorados y nerviosos personajes, “no soy yo quien quiere que se vayan, son ellos:” A lo lejos, pero muy cerca en realidad, se observaba un portaviones USA.

Bajo la presión de la embajada del imperio, el gobierno de Balaguer permitió el retorno de los exiliados y, al mismo tiempo, propició un ambiente favorable para el nacimiento del partidismo político. Fue de esa forma, que el mundo político dominicano, luego de casi 31 años de férrea y atroz dictadura, inició el disfrute de los derechos fundamentales de la democracia. La libre expresión del pensamiento y el pluralismo político inicia con una gran pasión, porque por primera vez en más de seis lustros los dominicanos no eran perseguidos ni eliminados físicamente, por causa de lo que pensaban desde la consciencia intrínseca y manifestaban en público.

De esa manera se dejó atrás la oprobiosa obligatoriedad de pertenecer a un partido único -y se eliminó la práctica de exigir a los ciudadanos la presentación de “los tres golpes”- es decir, la cedula, el carnet electoral y la palmita.

El Partido Dominicano, cuyo símbolo era una palma real colocada en la portada de su carnet y que había que portar por obligatoriedad, porque las autoridades preguntaban a los ciudadanos esa supuesta “cartilla civica”, como si fuera un documento oficial del Estado.

Todo eso fue vivido y soportado en forma estoica por el Doctor Balaguer durante las últimas dos décadas del régimen de Trujillo, conviviendo bajo el disfrute de un poder que sometió al país a crueles momentos históricos. Ortega y Gasset esbozo un principio de su filosofía que gusta mucho a algunos líderes: “el hombre es él y sus circunstancias.” De Juan Bosch aprendí, que los personajes históricos se manejan en su contexto y que no debemos extraerles de sus épocas, porque podemos perder de vista los ecosistemas en que vivieron. Por mi parte he aprendido, que el hombre que se atiene a las circunstancia no avanza, porque las circunstancias muchas veces se colocan en los niveles de pretextos y comodidades humanas, a las que hay que renunciar, en aras de marcar la historia en la equidad del colectivo y nunca de la particularidad.

No todo el mundo tiene la capacidad de irse a dormir tranquilo o intranquilo, cuando sabe que a pocos kilómetros están torturando hasta la muerte a alguien, por el simple hecho de pensar distinto o de reclamar un derecho inalienable y fundamental. Al mismo tiempo entiendo, que al tomar decisiones, los líderes arriesgan y apuestan ante el veredicto de la historia su impronta indeleble.

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