Hace 20 años nos juntamos en las veredas del celuloide cuando Arturo Rodriguez Fernández nos convocaba para dar a luz el Festival de Cine de Santo Domingo, que más tarde se transformó en la Muestra de Cine de Santo Domingo. Desde esa época la figura de Lidia Bastos no dejo de aparecérsenos en cada actividad o esfuerzo para promover la cultura cinematográfica.
La incansable Doña Lidia, así le llamábamos en señal de respeto, transitó las iluminadas tinieblas de las salas de cine en tierras quisqueyanas hasta a llegar a desempeñar puestos tan distinguidos como fue dirigir la Cinemateca Dominicana o la Muestra de Cine, a donde llegó por los méritos acumulados en la visión de todo tipo de cine.
El fallecimiento, a principios de año, de esta gran dama de la cinefilia criolla, dejó un espacio vacío en las actividades cinematográficas como muy acertadamente puntualiza el crítico Joan Prats: “Diré que hoy en día, esas actividades relacionadas al cine ya no son lo mismo, se siente que se ha perdido una figura esencial”.
La nacionalidad de Doña Lidia no era ni española ni catalana ni dominicana, ella pertenecía al país del cine. Por eso, el Festival de Cine Fine Arts, en su novena versión, ha decidido homenajearla proyectando tres películas ganadoras de la Muestra de Cine de Santo Domingo en reconocimiento a su complicidad con este festival y cuya presencia era frecuente en sus actividades.
Conversar con esta aguda cinéfila era adentrarse en todos los rincones del arte que cultivaron los hermanos Lumiere, pues en su deambular por los fotogramas, pocas cosas se le escapaban, como lo hace notar el cinéfilo y analista Pavel González: “Una promotora aguerrida e incansable de la cultura cinematográfica en República Dominicana”.
La interacción con ella en cualquier ambiente pasaba por el filtro del cine, una pasión que cultivó hasta su último suspiro. Los recuerdos de la última Muestra de Cine, en la que fui jurado de Opera Prima, son de imágenes en movimiento, pues iba de aquí para allá y de allá para acá, supervisándolo todo dentro del evento.
Una larga vida entre imágenes
La adoración por el cine le deparó una larga amistad con el renombrado critico Arturo Rodríguez Fernández que se transformó en una colaboración de toda la vida. Desde el Cineclub Lumiere, pasando por las labores en instituciones estatales, hasta recalar en la Muestra de Cine de Santo Domingo que Arturo fundó con un grupo de personas entre las que me honro estar. Ella y Arturo vivieron una larga amistad cinematográfica.
Los extensos conocimientos que acumuló en su aventura fílmica no provenía de la formalidad académica sino de un intenso amor por el arte de las imágenes en movimiento, como recuerda la comentarista de cine Marthaloidys Guerrero, gran colaboradora suya: “Si te atrevías a hablar de cine con ella, encontrabas una gran fuente de conocimientos, una crítica mordaz con juicios bastante acertados”.
Una intensa capacidad de trabajo, unida a sus conocimientos, le mantuvo muchos años en la Muestra de Cine hasta sustituir a Arturo en la conducción debido a su fallecimiento, como recuerda muy claramente Marc Mejía, Director de Comunicaciones de DGCINE: “Tras la muerte de Arturo, ella toma el bastón y no permite que la Muestra caiga, incluso trabajando el doble para poder mantener la calidad”.
Su personalidad un tanto fuerte y su lenguaje claro le llevaron en ocasiones a ser incomprendida o confrontada por algunas personas, pero quienes le conocimos y trabajamos con ella destacamos su exigente línea de trabajo o su proceder afectuoso cuando la llegabas a conocer. El comentarista de cine Omar Reyes la define “De vital importancia para el desarrollo de otros festivales de cine en nuestro país”.
Acceder a Doña Lidia era recibir un alud de informaciones y las observaciones de un ojo con precisión clínica para detectar la calidad de una obra o sus defectos de construcción. Transitar por el lobby o las salas de Fine Arts Novocentro, es recordar tantas y tantas conversaciones de mil y un temas de cine.
Los que la conocimos y quisimos tanto, extrañamos su presencia, sus conocimientos y ese intenso amor por el cine que mantuvo hasta su último aliento. El legado de Dona Lidia perdurará en cada cinéfilo que disfrute de una película como ella lo hacía.