Opinión

Joaquín Balaguer en varias cuartillas IV

Con el Doctor Balaguer en Nueva York las cuestiones políticas del país siguieron su derrotero sin ninguna alteración importante, pero con un halito de mayor tranquilidad para quienes veían en él un obstáculo para la instauración de la democracia y también para quienes le tenían algún reclamo personal, ya sea por cuestiones políticas o meramente humanas.

Fue sobre esa realidad que el gobierno colegiado del segundo Consejo de Estado inicio la transición política para lo que fue creado. La sociedad necesitaba desmontar el sistema de miedo y terror que se estableció durante las décadas de gobierno dictatorial. Se estableció por decreto una amnistía general para favorecer a los presos políticos y se propiciaron diligencias para el nacimiento de una Asamblea Constituyente con la finalidad de redactar una nueva Carta Magna y se trabajó arduamente en la organización de las elecciones generales, las que se establecieron para el día 20 de diciembre del año 1962.

Todos sabemos lo que ocurrió, el Profesor Juan Bosch ganó las elecciones y a los siete meses se desmontó el gobierno, aniquilando las esperanzas de la construcción democrática que se inició en 1963. La fatídica noche del día sagrado en que se conmemora en nuestra nación a la Virgen de Las Mercedes -24 de septiembre- un grupo de militares con el tristemente recordado Mayor General Elby Viña Román tomaron la decisión de quitar del gobierno al primer presidente electo democráticamente en más de 30 años.

Desde una distancia de miles de kilómetros, el Doctor Balaguer de seguro seguía de cerca los acontecimientos de la patria desde donde se le había distanciado, como pago a su cercanía con el depuesto régimen de oprobio. Seguro que fue de esa nostalgia producida por la lejanía, que vio caer varios intentos de gobiernos que hacían honor a una de las consignas levantadas en su contra: “Balaguer, muñequito de papel”.

En pocos años se iba a demostrar que quienes levantaron esa consigna, solo veían la superficie o la epidermis de un hombre que podía dar lecciones de fortaleza mental y de valentía a la mayoría de los dominicanos.

Sobre ese desorden, seguro que el cerebro brillante de “ese hombrecito” como le decía Trujillo, estaba elucubrando escenarios de un lejano regreso en donde haría “el gobierno de sus sueños.” Pero lo que él no se imaginaba, era que las decenas de malas decisiones tomadas desde la agonía y desesperación política por quienes tenía la responsabilidad de guiar la nación en esos azarosos días, iban a recortar distancia temporal al regreso que había estado planificando desde la arquitectura del insipiente Partido Reformista, el que germinaba desde lo más profundo de su acerbo cognitivo.

Sucedió lo que por desgracia sucede casi siempre en nuestra nación, que al dividirse las fuerzas armadas en dos grupos, se rompió el equilibrio sistémico del verdadero poder del Estado. El detonante lo produjo la caída del Triunvirato, hecho histórico que dividió irreversiblemente a los hombres de uniforme.

Por un lado, los guardias constitucionalistas y por otro lado, aquellos que no querían saber ni ser parte de una democracia que pusiera en riesgos sus privilegios y por eso apoyaban las ideas de los que gobernaron bajo el nombre de “triunvirato”.

Estas contradicciones entre los militares que defendían la constitucionalidad, encabezados por Francisco Alberto Caamaño, Héctor Lachapelle y Hernando Ramírez, entre otros no menos importantes, forzaron a que se tomara la decisión de hacer una distribución de armas a civiles. Los constitucionales vieron una oportunidad de igualar las acciones frente a los adversarios, armando a la población, con la finalidad de enfrentar a los militares que les adversaban y que habían formado una Junta Militar encabezada por Antonio Imbert Barreras. Los militares de la Fuerza Área, la Policía Nacional y los guardias agrupados y apertrechados en San Cristóbal, tomaron esa herrada decisión -cuya aventura apenas duro tres días- y provocaron la reacción de los constitucionalistas.

Los enfrentamientos bélicos no se hicieron esperar, iniciando la llamada Revolución de Abril, abriendo un abanico de posibilidades para la oligarquía existente en el país, levantada a la sombra del tirano alrededor de la amplia gama de negocios del Jefe.

Ese hecho iba a traer consecuencias históricas de consecuencias irreversibles y en detrimento de la democracia. Bajo la sombra del poder norteamericano, el Doctor Balaguer se convertiría en el principal beneficiario, como protagonista pragmático y empírico del poder vernáculo en donde él se movía como pez en el agua -y para mala suerte de la democracia- estos acontecimientos vinieron a ocurrir en la mayor crisis de la guerra fría que se inició poco después de la Segunda Guerra Mundial.

La guerra de abril del año 1965 fue el caldo de cultivo de los gobiernos de Balaguer. Sin esa guerra, el Doctor Balaguer tenía pocas posibilidades de volver a gobernar la nación. Para Balaguer y los remanentes trujillistas, la guerra de abril fue como ganarse la lotería.

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