Opinión

La ebriedad reeleccionista del subdesarrollo

Las instituciones maduran en la medida que una sociedad, ayudada por la formación integral que respalda un sólido desarrollo material del pueblo, forja ciudadanos, aquellos hombres capaces de pactar la convivencia a través de convenios colectivos cuyo respeto es compromiso de la inmensa mayoría, con lo que se crea un orden que con el tiempo se asume como natural; el incumplimiento constituye la excepción, y ello, considerado como un desafío a todos, deviene, también como natural, en sanciones contempladas en los pactos o el rechazo espontáneo expresado en cada uno de los individuos constituidos en eslabones de ciudadanía.

Esos pactos le dan cuerpo a las leyes sustantivas y adjetivas y los reglamentos que las complementan. Son el armazón moral de la sociedad que da derechos e impone limitaciones partiendo de la lógica de la protección a terceros: los derechos y deberes están claramente definidos para crear la armonía que permita a una gran masa humana, ser algo más que un conglomerado accionando a capricho individual, moviéndose según las urgencias particulares, con lo cual se evita el caos y la imposición de la fuerza como medio para sobrevivir a éste.

Pero las normas sociales están muy ligadas al nivel de desarrollo de una sociedad, por ello es común que diferentes etapas en el proceso de ese desarrollo revelen inexistencia, debilidad o madurez de las instituciones. Así, por ejemplo, allí donde el desarrollo material, siempre ligado a los procesos productivos, es nulo, las instituciones no existan, el caos impera, y si se habla de un Estado, no hay dudas de que es fallido. Si ocurre que el desarrollo es débil, las instituciones son disfuncionales; y si son fuertes, la sociedad marcha por lo general sin sobresalto ni incertidumbres, características que están presentes en los casos anteriores en mayor o menor medida, siempre dependiendo de su realidad concreta.

Nuestro país, que ha logrado en los últimos años avances significativos en lo relativo a sus procesos productivos, se encuentra en la etapa del proceso de desarrollo que no alcanza madurez, por lo cual sus instituciones son pobres aún, y eso se expresa en la forma en que se desenvuelve la vida cotidiana que evidencia las carencias cívicas de que adolece la colectividad nacional, que se debate entre el caos y el orden, entre la ciudadanía que se levanta sobre los pilares del desarrollo pleno, y el conglomerado humano que se mueve de un lado para otro sin observar las normas que, de forma precaria, se dio toda la sociedad a través de sus órganos legislativos.

Es esa la razón y no otra, que permite que el primer mandatario, impedido constitucionalmente para buscar una tercera reelección de manera consecutiva, se dirija al país para prometerle que en una fecha determinada le comunicará si optará por la reelección o se resignará a lo establecido en la carta sustantiva, y la sociedad lo vea como algo normal, y todos hablen sobre la necesidad de “esperar que el presidente decida” para definir aspiraciones, para saber si la decisión puede poner en riesgo la unidad de su formación política o hasta la vida del sistema de partido. Tenemos que destinar las riquezas a la construcción de ciudadanía para conjurar nuestro atraso e impedir la ebriedad reeleccionista del subdesarrollo que menosprecia la Constitución y las leyes.

últimas Noticias
Noticias Relacionadas