Opinión

Ejemplo de que el ensayo es género literario y no científico

Hace un tiempo, escribí unas reflexiones sobre el ensayo como lo que es: género literario y no científico. Hurgué sus orígenes como primera fuente para intentar penetrar en el verdadero significado. Esa exposición, publicada en dos artículos de esta columna Alerta. Esto vino de que los organizadores de la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo me invitaron, al igual que a otros dos expositores, a un coloquio titulado “Juan Bosch como ensayista”. Aparte de mí, solo asistió el Dr. Odalís Pérez, escritor, conferencista, académico de la lengua y catedrático universitario. Discutimos, ya que su idea sobre el asunto es contraria a la mía.

Ponencia y artículos sobre el tema

Empecé mi participación negando que Bosch fuese ensayista. Eso sorprendió al auditorio, y ameritaba explicaciones las explicaciones que di. Claro, eso no resta méritos a ese prominente pensador y creador: uno de los más grandes cuentistas de todas las lenguas, estudioso y ejercitante de la política, analista científico de la sociología del comportamiento del dominicano, quien con un pequeño libro revolucionó los estudios de nuestra historia. En fin, un genio cuyo ingenio no se dedicó al ensayo más que en escasas ocasiones. Tan escasas que no debe ser calificado como ensayista. Caso semejante a su relación con la poesía. Escribió buenos poemas, pero no en la cantidad ni calidad como para considerarse poeta. De hecho, él mismo siempre negó ser poeta.

La segunda parte trató sobre la opinión del creador del género, el gran intelectual francés Michael de Montaigne, quien no solo escribió excelentes ensayos, sino que explicó claramente en qué consistía el género que inventaba para las letras, demostrando no era poesía ni cuento ni novela ni dramaturgia, y mucho menos escrito científico.

En la tercera, puse ejemplos de famosos ensayistas, como Octavio Paz, Gregorio Marañón, José Ortega y Gasset, Federico Henríquez Gratereaux y Enriquillo Sánchez, entre otros. Esta parte es muy importante, ya que la práctica es la mejor manera de saber qué es algo. El contacto directo con el fenómeno, que nos dirá más de él que todos los libros, grabaciones y teorías que puedan escribirse. Porque como decía el filósofo Bergson: Unas vueltas por las calles de París nos dice más de esa ciudad que todas las colecciones de fotografías y descripciones históricas y actuales sobre la misma, ya que son una vivencia.

Finalmente, expuse que no es un género científico, aunque mi admirado y respetado don Pedro Henríquez Ureña y otros sabios lo hayan confundido con el artículo, estudio, tratado, informe y otros géneros científicos, no literarios.

A continuación, los link o enlaces, para quienes quieran leer los referidos artículos:

Hoy Digital – ALERTA: ¿El ensayo es un género científico, periodístico …
hoy.com.do/alerta-el-ensayo-es-un-genero-cientifico-periodistico-o-literario/

ALERTA: ¿Por qué algunos ven al ensayo como género científico?
hoy.com.do/alerta-por-que-algunos-ven-al-ensayo-como-genero-cientifico/

A continuación, publico un ejemplo de ensayo de mi autoría, el cual mi distinguido amigo Clodomiro Moquete dio a conocer hace tiempo en su revista Vetas. Ahí va:

Su majestad: Goce usted esta bobabilla

Un papel. Una máquina. Manos. Tiempo. Espacio. Pensamientos. He aquí las variables que necesito para enriquecer mi caja escrita de juguetes textuales con los que entretener mi raudo paso por esta burda vida. Y se me ocurre que ahora le toca a aquella broma breve que le hice a mi amigo el escritor José Bobadilla. Fue una bobada. O tal vez una bobadilla. Pero, en fin, ¿no puede una bobadilla servir de entretención para un lector como yo, que no requiere demasiado fuerza al chiste para encontrar la risa? Yo, que tengo la alegría próxima a la superficie mental, no exijo el genio para estallar en carcajadas. Vamos con la bobada. Me dice Bobadilla que asistió a la puesta en circulación de un libro de poemas que le gustó mucho.

(Y ahora me pregunto por qué los poetas no les pusieron peomas a los poemas, y no se llamaron ellos peotas en vez de poetas. ¿Será porque peoma se parece a peo, y peo a pedo, y pedo a hediondez? Si fue por esto, por no parecer hediondos, están muy equivocados, porque no hay cosa más pestilente que un poeta, empezando porque generalmente no son muy pródigos en bañarse, ni en cambiarse los pantaloncillos ni perfumarse. Pero, sobre todo, son fétidos de espíritu. Pues ¿se quiere una persona más hedionda que quien pretende estar por encima de los demás en sabiduría, sensibilidad, inteligencia o imaginación, cuando se sabe que estos atributos, como todos los que tienen hombres y mujeres, no son más que casualidades producto de circunstancias, coyunturas y fenómenos químicos, sociales, astronómicos o geográficos, en cuya azarosa creación poco puso algún hombre o dios, por no decir nada?).

Pero entremos a lo que se me ocurrió conversando con mi amigo. Respondí a su información, diciéndole que hace años no voy a la puesta en circulación de un libro, debido a que los escritores, y casi todos los artistas en general, son muy tontos. ¿Por qué? Porque se pasan toda su vida angustiados trabajando para la eternidad, la inmortalidad, la permanencia, la trascendencia, lo perenne, y sin embargo, después se quedan más serios que un burro sobrecargado, mientras se pudren igualitos que quien no ha creado nada. Y me motivó a pensar en cómo sufren los humanos cuando se dejan arrastrar por ese huracán psicológico, tan digno de ser tratado por un buen psiquiatra, que es la vanidad. Porque, vamos a ver, ¿ganan algo Aristóteles y Homero con que la humanidad los mencione diariamente en calles, universidades, libros, videos, institutos, hasta en moteles, prostíbulos y cloacas? La verdad, yo no cambiaría mi vida anónima por su muerte famosa. Ni cambiaría mi actual tranquilidad siendo un desconocido por la dolorosa vida del muy famoso loco pederasta hediondo a eternidad y sucio de renombre, y con los pantalones y camisas -tanto del cuerpo como del alma- rotos de ansiedad y dolor, que lleva el muy lindo y adorado mote de Paul Verlaine.

Déjenme en mi común ranchito de paz, que en el salón de la fama hace mucho calor.

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