Hablan los hechos

Haití en su eterna espiral

Durante las últimas décadas se ha vuelto común ver todo un desfile de titulares, que coinciden en señalar al vecino Haití como un Estado Fallido, toda vez que entre sus particularidades estatales resaltan a primera vista la ingobernabilidad, extrema pobreza, el caos social, la inseguridad, corrupción, hambruna y una creciente precariedad económica.

Tal imagen generalizada, dista mucho de aquel idealismo que en su momento inspiró la independencia haitiana, cuando la entonces colonia francesa fue protagonista a finales del siglo XVIII de la primera revolución esclava del mundo. De hecho, para el momento en que se produce la sublevación, Haití recibía un tercio de toda la mano de obra esclava proveniente de África, que eran sometidos a tal grado de explotación, que el promedio de vida rara vez excedía los 21 años.

No obstante, aquel magno evento que se extendió por unos 13 años (1791-1804), y que significó la pérdida por parte de Francia de su principal colonia, proveedora del 60% y 40% del café y azúcar que se consumía en Europa respectivamente, sería el germen de gran parte de las precariedades presentes al día de hoy. En efecto, además de las cruentas luchas que produjeron grandes pérdidas humanas, lo cierto es que la destrucción de los campos de cultivo, ya de por si sobreexplotados, dejó al país sin mayores recursos naturales.

Agregado a ello, el hecho de que la revolución fuera precedida por esclavos, planteaba un gran dilema para las potencias europeas de entonces, cuyas colonias se mantenían en base a la mano de obra esclava. De ahí que Haití no fuera reconocida internacionalmente como una nación libre y soberana, sufriendo un bloqueo económico que solo pudo sortearse cuando acordó pagarle a Francia una cuantiosa multa por su liberación, que ascendió a 150 millones de francos (el presupuesto de Haití era de 2 millones de francos), la cual saldó siglo y medio después.

Por si fuera poco, no muy bien se lograba honrar aquella desorbitante deuda, Haití cayó presa del régimen de Duvalier, una de las dictaduras más temidas de la región, que se extendió durante casi tres décadas (1957 hasta 1986) en manos de François y Jean Claude Duvalier, mejor conocidos como Papa Doc y Baby Doc. No obstante la violencia registrada durante dicho régimen, los Duvalier mantuvieron deliberadamente a Haití en un letargo social, que comprendió un serio atraso en educación y desarrollo, que hoy en día sigue pasando factura al país.

Desde entonces, a pesar de la transición, la inestabilidad política, la falta de institucionalidad y la corrupción han sido un factor común en la nación haitiana, ocupando en consecuencia los últimos puestos en el índice de desarrollo humano, con una población donde el 75% vive con menos de US$2.00 dólares al día.

No por casualidad Haití está consignada como la nación más pobre del Continente Americano, a lo que se suma los altos niveles de hacinamiento y la alarmante deforestación que abarca el 98% del territorio, siendo esto último producto de la tala indiscriminada de árboles para uso de carbón, dada la deficiencia energética y de combustible. Pero tal grado de deforestación también ha sido un potenciador de desastres naturales, dada la erosión de los suelos que se vuelven cada vez más propensos a los deslices de tierra.

Si a lo anterior sumamos el que Haití se encuentra ubicada geográficamente sobre una red de fallas geológicas, comprendida entre la placa tectónica del Caribe y la de Norteamérica, se podrá valorar el grado de precariedad al que ha estado expuesta la vecina nación. Esto se confirmaría en enero del 2010, con el terremoto de magnitud 7.0 que dejó poco más de 200,000 víctimas mortales y 1.5 millones de damnificados.

Por si fuera poco, para ese mismo año tuvo su origen una epidemia de cólera, atribuida a un miembro de la Minustah, que dejó un saldo de 10,000 muertos según datos oficiales. Desde entonces, las promesas de miles de millones en ayuda internacional parecieron difuminarse entre escasa información y manejo turbio de los recursos, donde según estimaciones, de los US$10,000 millones prometidos inicialmente tras el terremoto, se han invertido un 90% sin evidenciarse grandes resultados.

Dichos recursos fueron manejados desde un principio por unas 10,000 ong´s, que trabajaban a expensas de las autoridades locales, con la ayuda de empresas privadas, dado el alto nivel de desconfianza en los gobiernos de Haití. Además, ha sido extendida la percepción de que en la vecina nación se ha venido desarrollando una cultura de victimización y de dependencia de las ayudas internacionales por parte de la clase gobernante haitiana.

Esa acusación en particular nos trae al escenario actual, donde a dos años de haber asumido la presidencia, Jovenel Moíse está ahora en el centro de esa interminable espiral que comprende la situación haitiana, producto de continuas protestas callejeras. Sucede que coincidiendo con una prolongada escasez de combustible, la depreciación de la moneda local y una crisis energética, el actual mandatario es señalado junto a decenas de funcionaros y exfuncionarios (incluyendo los gobiernos de Michel Martelly y René Preval) de haber desviado fondos provenientes de los acuerdos de Petrocaribe entre el 2008 y 2016. Según las denuncias, en vez de ser usados en proyectos de infraestructura, económicos y sociales, unos US$4,000 millones en recursos fueron utilizados en obras poco transparentes y en facilidades para allegados. Los manifestantes, que incluyen líderes opositores y de la sociedad civil, con el grupo Petro Challenger a la cabeza, coinciden en reclamar la salida del presidente Moise y con al partido de gobierno, PHTK.

Dado el panorama y la realidad político social de Haití, es difícil anticiparnos al futuro desenlace del actual escenario de protestas que vive la vecina nación, que aún no logra la aprobación de un precario presupuesto anual de US$1,650 millones de dólares, mientras su deuda ya excede los US$2,000 millones. No por casualidad el propio gobierno ha declarado la urgencia económica, en procura de optimizar el gasto y sortear la crisis.

Aun así, las incesantes manifestaciones comienzan a poner a prueba la legitimidad de la actual administración, toda vez que al igual que el 2015, la toma de posesión de Jovenel Moise en enero del 2017 fue objeto de sendas denuncias de irregularidad, comprendiendo una sombra de la que no ha podido desmarcarse.

Sin lugar a dudas estamos ante un escenario incierto, en el que Haití parece lucir atrapado en su propia espiral, mientras la antes asistencial comunidad internacional se encuentra sobreviviendo a sus propios fantasmas.

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