Opinión

¿Es anticuado escribir “Cincuenta Sonetos para Amansar la Muerte” en pleno siglo XXI?, III

La conciencia de la muerte, la amansa

En este libro, León David ha hecho algo extraordinario en su tratamiento de la muerte. La ha convertido en una esfera en torno a la cual él ha girado para observarla desde los más diversos enfoques. He aquí la virtud creativa de estos textos. El poeta se ha diferenciado de otros en que generalmente estos toman un tema para un libro, y lo enfocan a partir de sus motivos, habitualmente con el mismo punto de mira. Si ven la muerte como triste, triste son los poemas. Si la visualizan como dulce, dulce son todos. Si como lucha, de lucha son todos.

Aquí no. Aquí hay cincuenta formas de mirar la muerte. Unas veces como amenaza constante del humano, como espada de Damocles que apunta a nuestro cuello desde el día del nacimiento hasta bajar al final, y viajarnos con ella, y otras cuarenta y nueve vetas más.

¿Cómo amansar la muerte, cómo evitar lo inevitable, cómo salvarse de lo que se sabe no podemos, del destino marcado y manifiesto desde el primer día?

David está consciente de que hay que aceptar su llegada. Luego busca la manera de entenderse con ella, de hacerla menos cruel, de autoanestesiarse para que duela menos. Y para ello usa diversas armas. Son como oraciones, exorcismos, no para alejarla sino para que llegue suave, suave como dice la “Epístola Moral” que se consideró de autor anónimo hasta que se comprobó que fue escrita por el poeta Andrés Fernández de Andrada:

“¿Sin la templanza, viste tú perfecta
alguna cosa? ¡Oh, muerte, ven callada
como sueles venir en la saeta!”.

¿De qué modo consigue León David que la muerte venga callada, sutil, dulce y sin heridas? Es lo que veremos ahora en el siguiente viaje por cada soneto del libro:

Anatomía de la muerte, soneto a soneto

Cabe observar que el título de cada poema de este libro es el número que le da el orden en que aparecen.

En el primero, tercero, cuarto, octavo y veintiocho, la muerte es vencida por el canto poético y la imaginación, que el poeta cree eternos, pues aunque muera el autor, queda la canción, como hubiera dicho León Felipe. David explica: -soneto I- “nada puede el olvido contra una voz alada y no hay tumba que encierre al sueño en eclosión”. Aunque yo por mi parte sé que esa eternidad no lo es tanto, ya que un aerolito, un cometa perdido en espacio o un sol que choque con el nuestro, la convertirá, junto a todo lo contenido en nuestro planeta, en ceniza cósmica.

En el dos, el cinco, seis y nueve, el mundo es un engaño de los sentidos, con poca razón de ser, aunque también un viaje placentero, y por tanto no se pierde mucho al salir de esta falaz dimensión, pues –ver el sexto- el poeta aparenta a propósito no saber quién es “ni el por qué de esta extraña travesía hacia el espeso fondo de mí mismo”. Y es así, ya que tanto la vida como la muerte son pretenciosos conceptos inventados por la conciencia alimentada por los sentidos.

En el siete, vemos de otra manera la levedad del ser, la fugacidad de la vida, visión que el poeta comparte con Borges, Manrique, Unamuno, Kundera, Bukowsky y otros, esa percepción de frágil existencia, de simple hoja que el viento del otoño vital arrastra hacia lo ignoto.

En los números diez, once, trece, treinta y cuarentiseis, -este último es espléndido-, se juega alternativamente con la vida y la muerte como enigmas.

Error de la academia de la lengua

(Entre paréntesis, señalo que no me explico por qué en el Diccionario de la Lengua Española no se acepta la palabra “cuarentiseis” y sí se registra “veintiséis”, que es una forma similar. Además, creo correcto por parte de la Real Academia de la Lengua Española exigir tilde para la última “e”, porque de acuerdo a las reglas de nuestro idioma solo en dos casos debe una palabra grave llevar tilde: a) cuando va a el acento sonoro lo lleva una vocal débil que debe reforzarse frente a una vocal fuerte que tenga al lado; y b) cuando la palabra termine en una consonante que no sea ni “n” ni “s”).

Si las dos son enigmas, ¿acaso hay alguna diferencia que nos permita escoger a cuál amar y de cuál huir? Pero, si bien ambas no se curan, el poeta encuentra qué ofrecerse y ofrecernos para calmar el dolor que producen –ver el trece- porque la tarde que “Fuera de mí no está: está en mi pecho y en mi sangre feraz se precipita”, así como la noche, la biblioteca, la lluvia, el agua, son ungüentos para amansar la espera de la inevitable parca, recostándonos en ellas para olvidarla, en su “droga de cariño”, como dirá el filósofo-poeta Andrés Avelino.

En el doce, el amor y la muerte se fueron al campo un día, y se envolvieron los dos y fuimos felices, aunque fuera solo por unos instantes.

En el catorce, la fantasía es el viaje, el olvido de la vida y la muerte que ella incluye. No hace directamente este planteamiento, pero lo insinúa contextualmente. En el quince, los minerales son nuestro destino, la química inorgánica, que viene a reclamar sus metales, gases, líquidos apresados en la vida. En el dieciseis, la alegría de vivir es la mejor burla y olvido de la muerte, y es lo que hace este soneto. En el diecisiete, el poeta se complace en esperar la muerte en su alcoba, con tanto placer “que el ayer, el mañana y el ahora son perfumes de luz que se respira en el leve silencio de la nube” se alegra en desalmarse (quitarse el alma), y no es dolor su agonía, sino una dichosa extrañación de nosotros mismos arrastrados por los sutiles detalles cotidianos de ese último sueño. Lo mismo en el veintiseis, por vía de lo eterno nos salvamos de la muerte con la muerte misma.

En el dieciocho, apropiarse de la belleza, amarrarse a ella en un desesperado esfuerzo por no irse, puede significar un placer tal que la muerte se amanse.

El diecinueve es un exquisito texto en el que vemos que la muerte es algo que llevamos dentro, sin que nos preocupemos de que un día salga y nos abrace. Con preguntas, el autor la busca en todos lados. El veinticuatro aborda el mismo tema, pero a través de la bipolaridad metafórica del poeta que se duplica: el otro, el mismo, como en Borges.

El veinte, excelente pieza en que con palabras y enfoques tristes nuestro bardo logra la magia de presentarnos la muerte como una fiesta amenizada por una tétrica y dulce canción. La misma línea sigue el veinticinco, que es un homenaje a la palabra como fuente de vida, aunque sea amarga.

En el veintiuno se presenta el vate filósofo, que nos habla a través de Platón y su cueva llena de conceptos, de esencias, de verdades, de las cuales la vida es sombra. De modo que aquí lo inútil, lo absurdo es el vivir, cursi y fugaz reflejo de las maravillas de la muerte.

Los sonetos veintidós y veintitrés muestran la poesía como escudo para enfrentar a la malevolencia, y nos brindan un verso como luz de bien y bondad, y nos hace saltar de las vulgaridades de la carne a las sublimaciones del espíritu. Línea semejante lleva el veinticinco, excelente homenaje a la palabra en la que acude a su mágico efecto estrenado por el génesis en que con ella se ordena a las cosas que existan: “!Oh palabra que crea cuanto toca!”.

En la próxima entrega, continuaremos el vuelo rasante por el libro, deteniéndonos en cada texto e identificando su enfoque de la parca.

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