Opinión

Duarte, Martí y Gómez en Montecristi

Marzo es mes emblemático para los dominicanos : tiempo de las batallas decisivas por la consolidación de la independencia nacional, proclamada el 27 de febrero de 1844. También en ese mes, Juan Pablo Duarte se presentó en el escenario de la Revolución Restauradora, en 1864, entrando por Montecristi, desde cuyo lugar expresó al Gobierno Provisorio en Armas su determinación de luchar contra la anexión española.

Además, marzo, sin restarles lustre a febrero, ni a abril ni a agosto, tiene trascendencia más allá de nuestras fronteras, en favor de la emancipación de Cuba y Puerto Rico: la firma del Manifiesto de Montecristi en la ciudad dominicana que lleva ese nombre, el 25 de marzo de 1895, día también en que Martí envió su famosa carta al dominicano Federico Henríquez y Carvajal, documento considerado el testamento político del Aspóstol cubano.

Así, en el Manifiesto estamparon sus firmas José Martí y Máximo Gómez, proclama escrita por el primero, que constituía una síntesis del pensamiento de ambos líderes y los demás representantes del movimiento independentista sobre las causas y proyecciones de la decisión irrenunciable de continuar luchando contra el colonialismo.

Desde hacía tiempo, en la conciencia de los cubanos estaba definido el rumbo a seguir para lograr la meta: desde el Grito de Yara, el 10 de octubre de 1868, que la proclamación de la fundación del Partido Revolucionario Cubano, el 10 de abril del 1892, y los aprestos que dieron lugar al inicio de la última etapa de la lucha independentista, el 24 de febrero de 1895.

Ya el 13 de septiembre de 1892, desde Santiago de los Caballeros, dos años y medio antes de la firma del Manifiesto de Montecristi, el apóstol Martí le comunicaba formalmente al entonces mayor general Gómez, luego generalísimo, que había sido electo “-por mayoría que raya en unanimidad- por los revolucionarios en armas que residen en el extranjero para encabezar la organización militar revolucionaria”.

“El Partido Revolucionario Cubano, que continúa con su mismo espíritu de creación y equidad, la República donde acreditó Ud. su pericia y su valor, y es la opinión unánime de cuánto hay de visible del pueblo libre cubano, viene hoy a rogar a Ud., previa meditación y consejos suficientes, que repitiendo su sacrificio ayude a la revolución como encargado supremo del ramo de la guerra, a organizar dentro y fuera de la Isla el ejército que ha de poner a Cuba, y a Puerto Rico con ella, en condición de realizar, con métodos ejecutivos y espíritu republicano, el deseo manifiesto y legítimo de su independencia”.

Y en otro párrafo de su carta, Martí advierte a Gómez: “Yo ofrezco a Ud., sin temor de negativa, este nuevo trabajo, hoy que no tengo más remuneración que brindarle que el placer del sacrificio y la ingratitud problable de los hombres”.

Desde el mes de febrero de 1895 había vuelto a imponerse el fuego independentista de la isla mayor de las Antillas. Poco después de la firma del Manifiesto, Martí, Gómez y un puñado de patriotas salían hacia Cuba, adonde entraron por Playitas de Cojobabo, en la costa sur, la noche del 11 de abril.

La lucha definitiva contra el colonialismo español estaba sellada. Así aconteció en 1898, aunque mediatizada por la intervención estadounidense en la guerra, formalizada con la Enmienda Platt a la Constitución cubana de febrero de 1901. Justamente, el pasado 10 de abril, la República de Cuba ha aprobado una reforma constitucional, en consonancia con el actual proceso histórico de ese país y la nueva época que vive la Humanidad.

Asimismo, en la histórica carta de Martí a Henríquez y Carvajal, llama al dominicano amigo, hermano y hombre cordial y honrado, y habla de la “pasión del alma común de nuestras tierras”.
A continuación publicamos algunos párrafos de tan trascendental documento:

“Para mí la patria no será nunca triunfo sino agonía y deber. Ya arde la sangre. Ahora hay que dar respeto y sentido humano y amable al sacrificio; hay que hacer viable e inexpugnable la guerra; (…). Quien piensa en sí, no ama a la patria: y está el mal de los pueblos -por más que a veces se lo disimulen sutilmente- en los estorbos o prisas que el interés de sus representantes ponen al curso natural de los sucesos. De mi espere la deposición absoluta y continua.

Yo alzaré el mundo. Pero mi único deseo sería pegarme allí, al último tronco, al último peleador; morir: morir callado. Para mí, ya es hora. Pero aún puedo servir a este único corazón de nuestras repúblicas. Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América,

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