Hablan los hechos

Caso Alan García:

¿El suicidio como última salida?.

En las últimas décadas, el suicidio ha sido abordado como un fenómeno social complejo, que responde a múltiples factores personales que suelen ir desde lo psicológico, hasta lo biológico, sociológico y lo moral. Por lo general sus detonantes llevan a la víctima a entender que no existe otra salida a su situación, que aparte de lo social puede abarcar lo económico, legal, y por qué no, el aspecto político.

Comúnmente solemos familiarizarnos con casos de suicidios que son inducidos por depresión o problemas económicos, que año tras año se saldan con cientos de miles de muertes alrededor del mundo. Sin embargo, este fenómeno no es en lo absoluto ajeno a la clase gobernante, que bien o mal se encuentra igualmente a merced de este dilema, cuando en su contra se conjuga el factor moral, con la presión legal o política.

Históricamente son varios los ejemplos que existen de suicidios cometidos por jefes y ex jefes de Estado, cuyos casos generaron gran conmoción social en su momento, destacando algunos que por su simbología y legado han trascendido hasta nuestros días.

En este último renglón habría que citar indefectiblemente a dos líderes de escala internacional, con trayectorias política e ideológicamente opuestas, como lo fueron Adolf Hitler (Alemania) y Salvador Allende (Chile).

A pesar de que su muerte aún permanece como un misterio, dado que sus restos nunca fueron hallados en el búnker que le sirvió de refugio y centro de mando en la parte final de la Segunda Guerra Mundial, se estima que Hitler se disparó a la sien el 30 de abril de 1945, agobiado por lo que a toda vista era una derrota inminente de la Alemania Nazi.

En cuanto a Salvador Allende, su fatídico destino estaría consumándose 28 años después, cuando asediado por el golpe de Estado que encabezó el entonces general Augusto Pinochet, el 11 de septiembre del 1973, se disparó en la cabeza luego de resistir numerosos bombardeos contra el Palacio de Gobierno.

El fantasma del suicidio a nivel gubernamental había orbitado sobre Chile previamente, a raíz de la muerte en 1891 de José Manuel Balmaceda, quien contrariado por problemas con el Congreso, se quitó la vida en el último día de su mandato presidencial.

Le seguiría en orden cronológico Gustavo Jiménez, ex gobernante peruano que cometió suicidio luego de haber ocupado la presidencia de manera transitoria en 1931.

Para 1954 la tragedia tendría lugar en Brasil, donde un experimentado Getulio Vargas, quien había gobernado tanto en términos autoritarios como democráticos en un periodo que abarcó tres décadas (1930-1945 y 1951-1954), se quitó la vida en medio de un sostenido acoso de los militares.

Un disparo también estaría detrás de la muerte del expresidente cubano, Osvaldo Dorticós Torrado, cuando a ocho años de haber abandonado el cargo tomó aquella funesta decisión agobiado, según sus allegados, por afecciones de salud y la depresión.

Toda esta línea cronológica de suicidios consumados por jefes de Estado nos trae hasta la República Dominicana, donde para el 4 de julio del 1982 el entonces presidente Antonio Guzmán Fernández decidió su trágico final acosado, según rumores de la época, por acusaciones de corrupción de cercanos colaboradores y familiares. Aquellas conclusiones, que también hablaban de persecución política por parte del presidente electo, Salvador Jorge Blanco, han sido puestas en duda por el escritor Báez Guerrero, aunque se especula que días antes de su muerte Guzmán y algunos de sus colaboradores más cercanos, se apresuraban a sacar millones de dólares del país.

Ya entrados en el siglo XXI, Corea del Sur recibiría la sorpresiva y desconcertante noticia de que el ex presidente Roh Moo-hyun se quitó la vida en mayo del 2009, lanzándose al vacío luego de haber sido implicado en un caso de corrupción, donde se le acusaba de recibir 6 millones de dólares a cambio de concesiones estatales. No obstante, cuando recién empezábamos a percibir que tales episodios como cosa del pasado, un inesperado acontecimiento tuvo lugar en Perú.

Sucede que, recién iniciaba la víspera de Semana Santa, el universo político en Latinoamérica fue sorprendido con la información de que el ex mandatario peruano, Alan García, se había disparado en la cabeza momentos en que agentes procuraban su detención. La muerte de García horas después, constituye una mancha negra dentro del controversial caso Odebrecht, que a la fecha ha puesto en el banquillo de los acusados a 4 ex presidentes solo en Perú.

En efecto, el considerado mayor caso de corrupción de la región, que entre los años 2002 al 2014 distribuyó más de 780 millones de dólares en varias naciones de Latinoamérica y África, ha tenido especial efecto en el país andino, donde la constructora admitió haber pagado unos 29 millones en sobornos. De ese total, las responsabilidades han sido distribuidas entre los ex mandatarios Alejandro Toledo, Ollanta Humala, Pedro Pablo Kuczynski y Alan García, donde este último fue acusado de recibir 7 millones.

Más allá del expediente Odebrecht, las controversias persiguieron al fenecido mandatario durante su dilatada carrera política, ya que durante su primer mandato (1985-1990) fue responsable de una hiperinflación que diezmó la economía peruana, que junto al aumento de la violencia y acusaciones de enriquecimiento ilícito, le obligó a asilarse en Colombia en 1992. Una segunda oportunidad le sería otorgada en el 2006 cuando retornó a la presidencia, periodo durante el cual autorizó la controversial liberación de miles de presos (muchos por casos de narcotráfico), y estuvo en el centro del escándalo de “petroaudio”, que revelaron concesiones irregulares de petróleo a empresas allegadas.

No obstante fue a partir del 2017, luego de la detención y posterior cooperación con las autoridades de su ex viceministro de Comunicaciones, Jorge Cuba, que el cerco de la justicia vendría cerrando progresivamente sobre Alan García, a lo que se sumó la aparición de las iniciales “AG” en los apuntes de Marcelo Odebrecht. Todo esto llevó a que el año pasado la fiscalía solicitara medida de coerción en su contra, tras lo cual García intento sin éxito solicitar asilo en la embajada de Uruguay.

La posibilidad de verse correr la misma suerte de otros ex mandatarios fue demasiado para él, hipótesis que se ve reforzada por su carta de despedida, donde alegó: “He visto a otros desfilar esposados guardando su miserable existencia, pero Alan García no tiene por qué sufrir esas injusticias y circos”.

Su nota de despedida asegura que “su cadáver queda como una muestra de desprecio hacia sus adversarios”. Pero nos preguntamos ¿era el suicidio la última salida?.

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