Ante la posibilidad de verse sumergidos en su propia versión de la “España boba”, caracterizado esta vez por el poco margen de acción del gobierno, la falta de consenso y el continuo tranque electoral, los españoles acudieron a las urnas este pasado domingo con poca esperanza de cambio a la vista. En efecto, el fantasma de una potencial falta de mayoría parlamentaria ante la irrupción de nuevos partidos, y que dejó a España sin poder formar gobierno durante casi un año entre finales 2015 y 2016, parece orbitar nuevamente en esta ocasión.
Para aquel momento se había roto con el bipartidismo tradicional, lo que generó que por primera vez tras la instauración de la democracia hubiera una investidura fallida, lo que obligó a celebrar nuevas elecciones en cuyo proceso tampoco se consiguió consenso. El letargo electoral en que cayó el sistema político no solo afectó notablemente el accionar gubernamental, sino que en el proceso se cobró una buena cuota de la credibilidad y popularidad de los principales partidos y candidatos.
La victima más destacada de aquel agónico episodio lo sería el entonces presidente Mariano Rajoy, quien tras los continuos escándalos de corrupción, en especial el caso Gurtel, se vio sometido a una moción de censura que acabo con el gobierno. Paralelamente, Pedro Sánchez, quien luego de dos intentos fallidos por alcanzar la presidencia había sido relevado de su cargo dentro del PSOE, resultó ser el beneficiado de ese proceso, tras haber logrado emerger nuevamente como principal opositor y asumir sorpresivamente como presidente de la nación.
De momento, al tiempo que se seguían rompiendo con ciertos paradigmas y estándares post dictadura, como el hecho de que Sánchez pasaba a ser el primer mandatario sin haber sido electo, el nuevo gobierno prefirió aprovechar la extraña coyuntura para llevar adelante el gobierno, contrario a la esperada convocatoria de elecciones anticipadas. Es así cómo durante unos 8 meses el PSOE estuvo al frente de la nación con una precaria mayoría parlamentaria, que sin embargo se vería interrumpida el pasado febrero cuando, debido a desacuerdos sobre el proceso de independencia, los catalanes le restaron su apoyo en el parlamento, obligándolo a convocar las intencionalmente dilatadas elecciones.
Sería el 28 de abril la fecha consignada para celebrar las terceras elecciones en menos de 4 años, validando la percepción general entre españoles, de vivir en una interminable campaña electoral donde los resultados poco o nada varían respecto a los anteriores. Todo esto ha generado una sensación de hartazgo generalizado, donde se pierde el interés por parte de la población y la capacidad de concertación continuamente se ausente de los debates políticos.
Todo lo anterior se ha agudizado con la ofensiva de los independentistas catalanes, así como la irrupción de un nuevo partido de ultraderecha, que ha puesto en alerta al tradicional Partido Popular y a Ciudadanos. Hablamos de Vox, una organización que valida en España la tendencia internacional al discurso populista, de intolerancia, anti-globalización y férreo nacionalismo.
Al igual que ocurrió con Ciudadanos y Podemos al momento de su irrupción en la arena política, Vox se ha alimentado del apoyo de antiguos militantes de derecha, especialmente provenientes del PP, quienes ven en su discurso un eco de sus anhelos y promesas incumplidas. El accionar de esta nueva organización, cuyo líder se jacta de llamar cobardes a quienes contradicen su discurso, va en sintonía con los partidos de ultraderecha en toda Europa, donde a la fecha han logrado encabezar 7 gobiernos.
El sorpresivo ascenso de Vox y su especial arraigo entre jóvenes, obligaría en el transcurso de la campaña al candidato del PP, Pablo Casado, a radicalizar su discurso para evitar mayor estampida de sus potenciales votantes. Esta reacción se hizo patente durante los dos debates presidenciales, donde lejos de desarrollarse como un proceso donde los electores evalúen objetivamente las propuestas de los candidatos, se convirtieron en un escenario ideal para la descalificación y acusaciones cruzadas.
Esto obviamente ha evidenciado las futuras limitantes a la hora de buscar concertación por el próximo gobierno, dado que desde la misma campaña los candidatos optaban por cerrar filas en torno a sus posturas y potenciales alianzas. Lo lamentable es que la falta de un uso adecuado de tan valioso escenario para contrastar ideas, se produjo a poco de unas elecciones que desde su convocatoria fueron previstas como las más complejas de la historia española, y en la que un 30% de electores indecisos prometían marcar la diferencia.
Ahora bien, para ser justos hay que reconocer que los sobresaltos, acusaciones y cierto grado de teatralidad han pasado a constituir un ingrediente común en los debates políticos, donde en las últimas décadas han pasado a convertirse en una suerte de eventos captadores de audiencia, que en el caso español fueron 9 millones. A pesar de que el controversial candidato de Vox, Santiago Abascal, no participó de los debates, las subidas de tono entre Albert Rivera, Pablo Casado y Pedro Sánchez, se bastaron por si solas, al tiempo que la sorpresa la protagonizó Pablo Iglesias, con un tono notablemente conciliador.
Es precisamente la actitud exhibida por Iglesias la que marque la diferencia en los próximos días, una vez conocidos los resultados que han dado ganador a Pedro Sánchez, quien sabiéndose ahora legitimado por el electorado, debe buscar alianzas que le permitan formar gobierno. Vale recordar que es justamente a la mesura y capacidad de concertación, que España logró décadas atrás montarse al tren de la modernidad y empuje europeísta, todo lo cual debe preservarse una vez superadas tan polarizadas elecciones.
Dado lo anterior, resulta un hecho que la política española necesita reencontrarse con ese espíritu centrista que en su momento enarboló el emblemático Adolfo Suarez, líder de la transición que antepuso el diálogo y el interés común al grupismo y pasiones post dictadura. Son estas atribuciones las que nos recuerdan que, en tiempos de incertidumbre y polarización social, la capacidad de encontrar puntos medios son muestra de valentía.
Ya los resultados dan por hecho el nuevo escenario a enfrentar, quizás ahora más que nunca, tomando en cuenta la amenaza del independentismo en Cataluña y el auge de la extrema derecha, valga recordar aquella reflexión que rezaba: “Pertenezco por convicción y talante a una mayoría de ciudadanos que desea hablar un lenguaje moderado, de concordia y conciliación”. Adolfo Suarez.