Hablan los hechos

Navegando entre la tradición y la modernidad.

A veces, la vida puede percibirse como un relato histórico, donde distintos personajes vienen y van a lo largo de la trama, dejando cada uno a su paso un aprendizaje que en mayor o menor medida servirá para la posteridad.

Es esa la manera en que podemos radiografiar el devenir de la monarquía japonesa, hermética y emblemática dinastía que ha dado paso a una nueva era.

En efecto, la pasada semana, en lo que para muchos constituye un evento inusual, el hasta hace unos días emperador Akihito abdicó al trono en favor de su hijo, Naruhito, luego de un largo proceso de discusiones y consideraciones legales que le permitieron apartarse del trono dado su progresivo deterioro de salud.

Sin embargo, con su abdicación el emperador emérito se ha convertido en el primero en su linaje en renunciar en los últimos 200 años, dentro de una dinastía patriarcal con más de 2700 años de historia.

Para llegar a la consumación de esta célebre transición, el gobierno japonés se vio obligado a votar una Ley especial que brindara dicha potestad de manera exclusiva a Akihito, dado que la Ley Fundamental japonesa obliga la sucesión póstuma al trono.

La aprobación de ese transitorio especial a la Constitución nipona, responde al hecho de que una modificación amplia a la normativa de sucesión imperial implicaría discutir la inclusión y la participación femenina, lo cual ha estado históricamente prohibido.

Sucede que esta milenaria dinastía funciona bajo un estricto régimen amparado en la Ley Sálica, que impide que las mujeres de la familia real puedan acceder al trono, al tiempo que son pasibles de perder sus derechos al casarse con un ciudadano común.

A pesar de las presiones que sobre el tema ejercen los nuevos tiempos y la escasa presencia de varones herederos en la familia real, lo cierto es que los sectores más conservadores han descartado un eventual debate sobre el particular en la actualidad, al tiempo que se recuerda el carácter sacrosanto que tradicionalmente ha ejercido la monarquía en Japón.

En esencia, Naruhito asume como emperador numero 126 dentro de un linaje de aproximadamente 72 generaciones, que hasta la Segunda Guerra Mundial eran considerados deidades, y rara vez eran vistos u oídos por su pueblo.

Esto cambiaría con Hirohito, quien desde inicio de su mandato en la década del 1920, tuvo que sortear un ambiente de división política, crisis económica y el surgimiento de un ala militarista en el ejecutivo japonés.

Conocida también como “Kodoha”, la corriente militarista encabezada por Hideki Tojo, ejerció grandes presiones sobre el entonces joven emperador, al tiempo que llevó al entonces imperio nipón a un progresivo expansionismo que le confrontaría en diferentes frentes, en especial China, La Unión Soviética y Estados Unidos.

Al día de hoy todavía existen interrogantes sobre el grado de incidencia del emperador Hirohito en la política bélica del imperio, ya que mientras algunos consideran que fue reducido a una especie de estatus “simbólico”, otros, como el caso de los investigadores Herbert Bix y David Bergamini, consideran que su rol fue protagónico.

A pesar de ello, los documentos históricos nos muestran un Hirohito arrastrado por las circunstancias, que sin embargo pasó a ser una figura determinante al final de la guerra del pacífico en 1945, que desafortunadamente había llevado a una notable destrucción de Japón, nación que fue víctima de las dos únicas bombas nucleares usadas en guerra.

Tras la derrota del imperio japonés, Hirohito logró contra todo pronóstico preservar su estatus de emperador, aunque vio reducida su autoridad con la Constitución del 1947, que llevó a la transición de Japón en una nación democrática y pacifista.

Durante el resto de su mandato un reivindicado emperador, cuya autoridad ahora se limitaba a la representación y unidad del pueblo, vio a su nación renacer como una potencia económica y tecnológica, que para finales de los 80´s, no solo había logrado dejar atrás el fantasma de la Segunda Guerra Mundial, sino que se había convertido en la segunda economía del mundo.

Tras su muerte, emergería el ahora emperador emérito Akihito, quien desde el primer día asumió la misión de preservar la paz y subsanar las heridas del pasado, llevando a cabo un proceso de acercamiento y reconciliación con antiguas victimas del militarismo japonés.

No obstante, a pesar de haber heredado en circunstancias económicas favorables, con multinacionales como Sony y Mitsubishi siendo pioneras a nivel internacional, lo cierto es que después de su primer año Japón entraría en un proceso de ralentización y contracción económica, que se mantendría durante sus 31 años de reinado.

Por si fuera poco, tuvo que sortear catástrofes naturales, como los terremotos de 1995 que arrasó la ciudad de Kobe, y el del 2011 que a su vez generó un gran maremoto que afecto a la ciudad de Fukushima, donde entre ambos provocaron la muerte de más de 25,000 personas.

En la postrimería de su reinado, Akihito mostraba la satisfacción del deber cumplido al haber mantenido a su nación fuera de cualquier conflicto, sin embargo abandona el trono con una nación que envejece progresivamente y se encuentra frente a nuevos retos, que plantearán un desafío para la nueva era que ha de comenzar.

De ahí que, interpretada como “armonía”, la naciente era Reiwa busca reencontrarse con la tradición japonesa, al tiempo que mira al futuro con optimismo.

Al igual que las eras que le precedieron, como la Meiji (1868-1912), la Taisho (1912-1926), la Showa (1926-1989) y la Heisei (1989-2019), la actual era Reiwa encuentra sus desafíos propios, esta vez condicionado por un escenario geopolítico complejo, en especial en el Pacífico.

En efecto, el ascenso de China, la determinación rusa y la conocida agresividad norcoreana, hacen que el soft power japonés deba plantearse ajustes, si desea preservar su incidencia regional.

Lo anterior se da dentro de una nación cada vez más diversa, que requiere relanzarse si desea mantenerse a la par de un mundo en constante cambio, todo lo cual necesitará de un emperador con noción de su rol y protagonismo histórico.

A su vez, garantizar el optimismo de las nuevas generaciones, sumado a la próxima celebración de los Juegos Olímpicos 2020 y la creciente inmigración, serán retos a tomar en cuenta.

Por lo pronto larga vida, prudencia y sensatez son deseos que nunca faltan para el inicio de un reinado que promete renovar los cimientos de una nación que requiere oxigenarse, y sobre todo reencontrarse con esa magia que les ha convertido en un modelo de innovación y desarrollo a nivel mundial. Son esas las prioridades a marcar, mientras Naruhito navega entre la tradición y modernidad.

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