Opinión

Hipocresía y oportunismo en la política.

“Hay personas que no son leales a ti, sino a lo que tu representas. Así, conforme cambian sus necesidades, lo propio harán sus lealtades”.

Esta frase de uso extendido en sociedades complejas como la nuestra, sobre todo aplicada al ámbito político, guarda una sabiduría implícita que nos lleva a recordar que la hipocresía y el oportunismo suelen ser caldo de cultivo para la traición. En efecto, vistas también como doble moral, estas inconductas pueden rastrearse hasta pasadas civilizaciones y relatos bíblicos, donde han sido origen de conflictos y giros inesperados en el devenir de la historia.

Caracterizada por representar la simulación de sentimientos o cualidades falsas, podríamos comenzar indicando que la hipocresía busca mostrar un comportamiento “socialmente aceptable” o esperado, al tiempo que quien la práctica disimula u oculta un interés particular. Esto explica el que, aunque etimológicamente los griegos la asociaban positivamente con la actuación teatral, donde usando el término “hypokrisis” hacían referencia a quienes desempeñaban dicho rol cultural, el ser hipócrita resultó ser una acción lesiva una vez aplicada a la sociedad.

Lo interesante del asunto es que, siendo una disciplina transversal a toda conducta, composición u ordenamiento social, la política no es ajena a estos males, donde las promesas y manifestaciones de lealtades a menudo no se corresponden con la realidad. De hecho, la hipocresía y el oportunismo no solo se manifiestan externamente en materia de populismo y demagogia hacia el electorado, sino que también son capaces de corroer a lo interno de las propias estructuras partidarias.

Inobservando cualquier principio ético, en especial a lo que atañe a la palabra empeñada y la dignidad, quien actúa con hipocresía es capaz de venderse como el modelo ideal de militante cuya integridad, gallardía y lealtad no pueden ser puestas a prueba. De esta manera busca, en desmedro de sus compañeros, hacerse con la preferencia de su mentor o líder político, quien por la complejidad de sus funciones ignora los motivos ocultos de tal “eficiencia”.

He ahí un aspecto conocido en ciertos cortesanos políticos, quienes llevan su oportunismo y doble moral, no solo al grado de simulación y ocultamiento de sus verdaderas pretensiones, sino que llegan a creerse su propio engaño y procuran justificar su ambigüedad. De ahí que sus adulaciones y muestra de lealtad incondicional quedan eclipsadas sin mayor reparo, en caso de que sus propósitos se vean en peligro por algún contexto no favorable a la causa colectiva. Ya se comprenderá pues las razones de algunos tránsfugas, quienes una vez fueron modelos dignos y serviles de militancia, pero que coyunturas adversas llevaron a renunciar a sus principios, alegando necesidad de preservar estatus o cuotas de poder. Actuando más bien como mercenarios políticos, se disponen a renegar de todo aquello que una vez defendieron, a cambio de beneficios momentáneos o promesas de reconocimiento que les hace distanciarse, traicionar y conspirar contra quienes aún en la adversidad mantuvieron sus principios.

La manipulación retorica suele ser un recurso muy demandado por quienes hacen uso de estas inconductas, pues se venden de “pragmáticos” y alegan flexibilidad de posiciones políticas, al tiempo que descalifican como radicales o desfasados a quienes por ética no comparten su actitud camaleónica. Sin embargo, justamente sería el radicalismo una de las conductas más evidentes en estos oportunistas, quienes en el fervor de la lucha se muestran como los más fanáticos, pero son los primeros en abandonar una vez las posibilidades de triunfo se comienzan a alejar.

A fin de cuentas, es posible que nuestro entorno siga infestado de este mal por el mismo tiempo que ya viene orbitando en el devenir de la humanidad, lo que plantea un reto para todo político visionario, que desee hacer la diferencia y contar con los mejores hombres para desempeñar su magna misión.

Lo importante es que tarde o temprano todo sale a relucir, el tiempo se encarga de poner todo en su lugar. Basta reflexionar advertencias que nos rememora la Biblia, cuando en Lucas, XII: 1-2, nos cita a Jesús al referir: “Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía. Porque nada hay encubierto, que no haya de descubrirse; ni oculto, que no haya de saberse”.

 

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