Hablan los hechos

Una lección del ánimo social

Elecciones en Panamá

Motes como el “Singapur” de la región o el Miami latinoamericano, han venido de la mano con la imagen que internacionalmente se ha construido Panamá en las últimas décadas, todo lo cual parece ilustrarnos a indiscutible modelo de desarrollo y estabilidad. Tal reputación se sustenta en un exponencial crecimiento económico que promedia un 7% anual, además de poseer el PIB per cápita más alto de la región, gracias en gran medida a su estratégica ubicación geográfica y los suntuosos beneficios que les reporta el icónico canal interoceánico en Ciudad de Panamá.

No obstante, a pesar de tales características que le convierten en un importante núcleo del comercio internacional, lo cierto es que no todo es color de rosas para esta emblemática nación, que por demás se encuentra en medio de la creciente rivalidad geopolítica entre Estados Unidos y China, donde ambas potencias muestran creciente interés por influir en la zona. Y es que a pesar de su merecido prestigio internacional, Panamá ha estado inmersa en una creciente burbuja, donde la corrupción y la desigualdad social amenazan con marchitar años de progreso.

En efecto, al día de hoy los años de bonanza han evidenciado una creciente brecha social, donde el 10% de los más privilegiados económicamente, tienen en promedio unos ingresos 35 veces mayores al 10% menos privilegiado. De hecho, dentro de la clase dominante panameña, apenas un puñado de 12 familias controla casi la totalidad de los sectores productivos del país, al tiempo que la baja recaudación tributaria y el gasto social siguen siendo insuficiente para mitigar el abismo que separa a ricos y pobres.

Bajo esas problemáticas, nada ajenas a la realidad dominicana, el domingo 5 de mayo Panamá estuvo celebrando sus elecciones generales bajo nuevas reglas de juego que procuraban, entre otras cosas, establecer mayores controles sobre el financiamiento y tráfico de influencia en el proceso. Es así como, tras 60 días de campaña y sin posibilidad de segunda vuelta electoral, las sextas elecciones desde el restablecimiento de la democracia en 1989, brindaron a los panameños la oportunidad de elegir 81 alcaldes, 71 diputados y 679 representantes de corregimientos o regidurías.

En dicho proceso, la cartelera principal representada por la contienda presidencial, estuvo integrado por primera vez por tres candidatos independientes, quienes buscaban aprovechar el creciente rechazo a los partidos y clase política tradicional, producto de los escándalos de corrupción que han acompañado a los últimos gobiernos. Llegado el momento, un 72% de los 2.7 millones de electores convocados para el proceso electoral, dieron a Panamá su nuevo presidente para los próximos 5 años.

Con un 33% de los votos, Laurentino Cortizo, quien fuera el candidato favorito a lo largo del certamen, resultó electo presidente por el Partido Revolucionario Democrático (PRD), que vuelve al poder luego de 10 años en oposición. Habiendo sido previamente diputado y ministro de Desarrollo Agropecuario, Cortizo logró aventajar por un escaso margen de 37,500 votos a Romulo Roux, quien obtuvo el 31% de los votos por el Partido Cambio Democrático (CD), organización fundada por el expresidente Ricardo Martinelli.

Dentro de los candidatos independientes, el más aventajado fue Ricardo Lombada, que se llevó el tercer lugar en las elecciones con un 19.35% de los sufragios, muy por encima del candidato oficialista, a quien el descontento social parece haber pasado factura con un 10% de apoyo. Esto demuestra cómo a pesar de exhibir una economía pujante, la creación de riqueza y su cuestionada distribución ha causado frustración en la sociedad, cuyas expectativas y demandas hacia la clase gobernante crece conforme se desarrolla el país.

Evidentemente, no se puede dejar de lado el impacto que sobre el proceso pudo haber tenido los casos Odebrecht y Panama Papers, que en parte incidieron en que se restringiera el financiamiento privado a US$10 millones de dólares, y que se haga público el listado de donantes a más tardar 15 días después del proceso. El vínculo de algunos candidatos presidenciales y congresuales a partidos políticos manchados por escándalos de corrupción, llevó al uso de la consigna #NoALaReeleccion para evitar que legisladores pasibles de actos corruptos pudieran ser reelectos.

Todo ese ambiente resultó ser propicio para Cortizo, quien siendo también empresario se abanderó como un estandarte anticorrupción y prometió relanzar la economía panameña, al volverla más inclusiva y sostenible, procurando marcar distancia de la clase política tradicional. Habrá que esperar al 1ro de julio, para poder comenzar a evaluar la materialización de promesas como: “promover el Estado de derecho y buen gobierno”; “generar una economía competitiva”; y, sobre todo, “combatir la pobreza y desigualdad”.

Los retos que le esperan y el contexto que favoreció su elección, deben servir de referente para toda Latinoamérica, y de manera muy especial para aquellas naciones que no han previsto la magnitud de la lección que nos puede dar la sociedad, cuando la clase política no consigue estar a la altura de sus demandas.

Ya veremos qué pasa, al tiempo que auguramos un futuro prometedor para Panamá.

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