Hablan los hechos

Cohesión Social en Tiempos de Indignación.

Para nadie es un secreto el avanzado nivel de interconexión, transculturación e interdependencia en que se desenvuelve el mundo actual, donde las fronteras se diluyen día a día haciendo del conjunto de nuestras sociedades una auténtica aldea global.

Evidentemente, esto también genera un debilitamiento de aquellos aspectos distintivos y autóctonos de cada nación, alterando con el paso de las generaciones la memoria colectiva y la tan necesaria cohesión social.

De hecho, es ahí donde ha estado parte de la crítica hacia la globalización, que curiosamente ha creado una enorme resistencia internacional en las últimas décadas, a pesar del balance positivo que en aspectos comerciales y tecnológicos ha legado alrededor del mundo.

Y es que, más allá de sus bondades, lo cierto es que esta tendencia ha ido de la mano de un evidente dominio cultural y político por parte de las potencias occidentales, que por más de seis décadas han moldeado el orden global a su imagen y semejanza, proyectando sus intereses con una considerable imposición de valores, lengua, y de sistema político-económico al resto del mundo.

Por un lado esto ha generado, en especial tras la crisis económica mundial del 2008, que se tradujo a su vez en una crisis para la democracia representativa y el sistema neoliberal, en un considerable auge de partidos y líderes ultranacionalistas que abogan por el retorno al proteccionismo, aislamiento y exaltación de los intereses nacionales.

Ejemplos de esta tendencia lo personifican el ascenso de Donald Trump en Estados Unidos, Viktor Orbán en Hungría, Jair Bolsonaro en Brasil, y por qué no, el proceso del Brexit en Reino Unido.

Sin embargo, también ha habido una respuesta más constructiva a las debilidades de la globalización, que siendo favorables al multilateralismo actual, también fomentan el patriotismo y la identidad nacional propia de cada Estado.

Es precisamente a esas dos vertientes que nos acogemos en el presente trabajo, en momentos en que casos sonoros del sector turismo han generado controversia a nivel internacional, atentando contra la imagen y reputación de nuestra nación.

En efecto, hemos visto en los últimos días una oportuna campaña propositiva, destinada a crear conciencia y sentido de pertenencia entre todos los dominicanos, bajo la expresión: #yoteamoRD o #yoteamoRepublicaDominicana.

Dicha propaganda social apela a los rasgos propios de nuestra dominicanidad, es decir, aquellas características que nos dan sentido de pertenencia y nos hacen parte de un todo que incluye además del territorio, una misma lengua, cultura, etnia, creencias, historia, arte, gastronomía, costumbres y otros rasgos comunes.

Notablemente, esta iniciativa hace un llamado general a la conciencia del pueblo, resaltando en tiempos de incertidumbre y notable inseguridad, aquellos que aún generan consenso y orgullo por nuestra tierra.

La identidad nacional es, en esencia, un recurso de gran importancia, toda vez que su construcción es el resultado de décadas de asimilación y enriquecimiento de aquellos elementos comunes que distinguen a un determinado grupo social.

La construcción de un patrimonio histórico y cultural colectivo permite integrar a la población, a pesar de sus diferencias regionales internas, bajo un mismo proyecto de nación, que le brinda identidad propia de cara al resto de las naciones.

Si a lo anterior agregamos el establecimiento de valores morales, símbolos patrios (bandera, escudo, himno) y leyes fundamentales, ciertamente tendremos elementos capaces de alimentar sentimiento de orgullo por lo propio, y en consecuencia la facultad de unificar criterios ante la defensa de lo nuestro.

La capacidad de cohesión de estos factores ha sido evidente en naciones multiétnicas como Estados Unidos, y en naciones con gran diversidad de idiomas y regiones autónomas como España.

Vale destacar que el sentimiento de pertenencia al territorio propio (incluyendo sus aspectos naturales), así como el respeto y lealtad a sus valores, y al sacrificio de aquellos próceres que hicieron posible la existencia de un Estado con rasgos comunes de nación, es lo que llamamos patriotismo.

Su prédica es opuesta al nacionalismo, qué moldeado por élites intelectuales y la clase dominante, procura la protección de los intereses nacionales en detrimento de lo externo, incluyendo la inmigración.

Basado en ello, nada como fomentar el patriotismo como un recurso óptimo para la exaltación de las bondades de nuestra dominicanidad, que evitando los extremos, permita la cohesión y orgullo social propio de una nación, que a pesar de ser consciente de sus dificultades, es capaz de hacer de la resiliencia su mejor aliado.

De ahí la importancia del legado Duartiano, donde la referencia a la “patria” comprende un eje central del proyecto común que promueve la igualdad, libertad y soberanía de los dominicanos.

En fin, tal como diría el propio Juan Pablo Duarte en una reflexión que trasciende el tiempo: “Nunca me fue tan necesario como hoy el tener salud, corazón y juicio; hoy que los hombres sin juicio y sin corazón conspiran contra la salud de la Patria”.

Sigamos resaltando lo mejor de nuestra gente y nuestra tierra, pues una cosa es inminencia de plantar frente a los males que nos aquejan, otra es mostrar pasividad cuando las circunstancias invitan a preservar nuestra imagen hacia el exterior.

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