Publicar las experiencias que se vayan viviendo en los procesos, como una especie de documento que sobrepase a la memoria histórica a la que tanto se alude como metodología para paliar el olvido, es una acción que debe fortalecerse a través de puesta en común de las experiencias. Las experiencias deben ser exitosas, aleccionadoras y las que sirvan como acicate para ser evadidas por otros seres humanos, deben ser difundidas y puestas en común en forma enfática. Porque estas experiencias podrían ser factores motivacionales y en los casos que no deben ser repetidas, sirven de alerta.
Una de las aristas negativas de las escuelas, la encontramos en la mala comunicación con el contexto. De los centros educativos no salen las cosas buenas y relevantes que suceden a diario, solo salen las malas convertidas en escándalos y eso es verdaderamente injusto, porque en las escuelas suceden a diario cosas buenas y dignas de ser tomadas en cuentas para difundirlas en la sociedad.
Temas trascendentes tratados desde la responsabilidad socio-familiar, como el de la edición de contenidos claves como la Educación Sexual, debiera ser tema de las escuelas de padres, junto a especialistas en la materia, religiosos, educadores y sociólogos.
Podrían ser utilizadas técnicas de divulgación sobre lo que se discuta en estas escuelas de padres, utilizando a los integrantes de ellas como afluentes de un caudal en donde los concurrentes repercutan en las comunidades escolares y sociales. Estas son experiencias ya vividas en otras latitudes y que nosotros debemos transformar y aprovechar en la plenitud del Siglo XXI y su tecnología de la información y las comunicaciones. Y en este punto, podemos afirmar, que estas entidades de padres pueden desarrollarse como híbridos análogos-virtuales.
La democracia se fortalecería grandemente con la participación de los padres en solo cuatro vertientes de la vida nacional, la salud, la educación, el medio ambiente y la seguridad ciudadana. Los medios de comunicación tradicionales, es decir, los periódicos, la radio y televisión, tienen mucho que aportar en ese camino de la divulgación de lo bueno que pasa en estas áreas de servicio, destacando variables importantes que se construyen a través de las entidades que sustentan estas áreas vitales para la vida social, política y económica del país.
En 1995 terminé mi segunda tesis de Maestría, esta vez para la UASD, el tema que desarrollamos fue sobre la participación comunitaria y desde esa época, he estado vinculado por motus propio al tema en lo teórico y en lo práctico. Este interés me ha permitido aprender sobre la importancia de la participación de la comunidad para el fortalecimiento institucional de las naciones y para el propio crecimiento particular de las personas involucradas y de la sociedad en sentido general. En las escuelas de padres, los participantes tendrían oportunidades de aprender sobre las modificaciones que se van produciendo en la evolución de la vida familiar, en el crecimiento y desarrollo de los niños hasta convertirse en adolescentes y jóvenes, esa es una experiencia necesaria para todos los estamentos del sistema educativo, el régimen de salud y el sistema de protección al medio ambiente, por ejemplo.
Por allá por la década de los años cuarenta en la vieja Europa de la pos guerra se afianzaron las escuelas de padres y madres con la finalidad de procurar que los padres aprendieran nuevas formas para desarrollar a través de la crianza de los hijos. Un conjunto de profesionales de la pedagogía, la psicología, la medicina y la sociología pensaron en el bienestar de las familias orientando a padres y madres sobre los mejores procedimientos para acompañar las vidas de sus hijos.
En los centros escolares se necesita de orientadores para ayudar internamente a mantener comportamientos adecuados a las normas establecidas y a las buenas costumbres no solo a los alumnos sino también a profesores, personal administrativo y autoridades. Pero se hace necesario otro tipo de personal auxiliar, para conectar a las familias con los centros escolares, se trata de una serie de trabajadores sociales con propósitos claros de ayuda y mejora para las relaciones y los procesos a desarrollar, en aras de los cambios que necesita la sociedad -a través de cada familia- en sentido general y la escuela en sentido particular. Con unos centros escolares apertrechados así, las escuelas de padres que proponemos, serían mucho más efectivas.
Las Escuelas de padres auxiliados por profesionales acompañantes, para orientarles en la crianza de sus hijos servirían de ayuda para trabajar la mejora de la convivencia familiar, la calidad educativa y la armonía social. Pero ese acompañamiento necesita de roles bien delimitados entre padres y profesionales al servicio de las familias, para evitar que los profesionales acompañantes dirijan a los padres, quitándoles el rol correspondiente dentro de sus familias en cuanto a la crianza de los hijos. Los padres son los únicos llamados a tener responsabilidad ante los hijos y sus familias particulares.
Los padres no pueden ser sustituidos en la crianza de sus hijos, porque al hacerlo rompemos con la naturaleza de la familia, la que por demás es la esencia de la sociedad, a través de la memoria familiar y contextual, mantiene sus tradiciones, costumbres, modales y construye su propia historia, a través de sus relaciones interpersonales. En ese sentido, tenemos que reconocer que las familias son capaces de encontrar los caminos ideales y posibles para entenderse con sus hijos e irles formando criterios propios, pero con el antecedente de sus tradiciones y normas no escritas sobre modales y formas de ser y convivir.
Trabajar sobre los padres para hacerles entender que existen formas científicamente comprobadas, que les pueden ayudar a comprender y entender las etapas biológicas y psicológicas que viven los niños, adolescentes y jóvenes, con la finalidad de ayudarles en los procesos de manejos de situaciones en la crianza de sus hijos.
Para trabajar las familias desde las escuelas de padres, las autoridades de la escuela deben entender que los padres, los ciudadanos que acuden a la escuela, e incluso los alumnos, poseen conocimientos empíricos, poseen saberes nacidos de los laboratorios de la vida misma y de sus particulares intuiciones, capaces de enriquecer los procesos de aprendizajes mutuos. Las destrezas y habilidades desarrolladas a través de experiencias vividas en las comunidades, tienen unos contenidos enriquecedores e insustituibles para la acumulación de vivencias que acumuladas conforman la cultura, la sabiduría y el carácter social de los grupos humanos. Es por eso, que desde las escuelas de padres, debemos aprender a no dejar de escuchar, como parte del propio crecimiento institucional.
Es necesario puntualizar, que la escuela no puede ignorar los saberes de sus alumnos, porque ellos son de gran utilidad para el proceso enseñanza-aprendizaje. La sabiduría popular es enseñanza cualitativa y por muchos decenios, quizás siglos, los profesores han creído que la gente común es ignorante, cuando en realidad se trata de una creencia institucional de la escuela, que se ha creído por encima de la familia, en una hegemonía institucional que se autoproclama como socializadora por excelencia. Pero, esa creencia se cae cuando descubrimos que cuando la escuela no existía como institución, por milenios las familias formaron, educaron, instruyeron y disciplinaron a sus proles con gran éxito. La escuela que intenta mantenerse como adoctrinadora social, es una escuela que se volvió obsoleta en las últimas dos décadas del Siglo XX.
El método del acompañamiento propicia caminar juntos para trabajar los problemas e irlos dejando atrás, al irles superando con paciencia, entereza, comedimiento y entrega. Trabajar espacios de intercambios, diálogos, tertulias intimas, para ver y oír puntos de vista, compartir informaciones. Buscar ayuda de psicólogos, médicos, sociólogos, orientadores y consejeros para tratar a través del psicoanálisis, trabajar con parejas y con familias, para ayudar desde la ciencia a la solución de conflictos.
La vida nos reclama para el servicio, porque solo sirviendo a los demás, podremos conseguir nuestra propia armonía interior. Se trata de cumplir con el propósito fundamental de la persona humana, servir al prójimo con un desprendimiento capaz de no esperar nada a cambio. No olvidemos, que la ingratitud de la gente nos debe ayudar a servir sin paga ni reconocimiento de nadie, incluyendo aquellos a los que ayudamos.