Hablan los hechos

Niños soldados: Un grito de ayuda que ignoramos.

En el estudio de los registros de la Segunda Guerra Mundial, uno suele toparse con evidencia documental de algunos países cuyos ejércitos acudieron al reclutamiento de niños, como una medida desesperada para mitigar el gran número de bajas que sufrían sus filas durante la batalla.

Aquellas indignantes escenas, inmortalizadas por los videos de niños reclutados para pelear por los nazis en los meses previos a la rendición de Alemania, fueron a su vez comunes en posteriores guerras como la de Vietnam y los conflictos tribales a lo interno de África durante el resto del siglo XX. Sin embargo, lo que muchos quizás no se imaginan es que próximos a entrar en la tercera década del siglo XXI, dicha práctica sigue siendo común en distintas zonas del mundo, castrando el futuro de un importante segmento generacional.

En efecto, de los millones de niños que anualmente se estima que sufren algún tipo de violencia física o psicológica en el mundo, el reclutamiento para convertirlos en soldados representa el nivel más extremo de explotación. Vale destacar que cuando nos referimos a niños soldados, hablamos de menores de 18 años (normalmente entre 8 y 16 años) que son forzados a participar en grupos armados, y formar parte de conflictos o actos violentos.

Un hecho irrefutable es que los conflictos bélicos terminan por alterar el equilibrio social, sobre todo cuando entre los daños estructurales se incluyen escuelas, hospitales y hogares, lo cual irremediablemente deja a las familias locales en condiciones precarias. Dicha realidad termina creando las condiciones necesarias para el reclutamiento de niños y niñas como soldados, donde ejércitos y grupos armados se aprovechan del ambiente de pobreza, exclusión social y falta de protección familiar al que quedan expuestos estos menores.

En la actualidad se estima que alrededor de unos 300,000 niños han sido reclutados como soldados, para participar activamente en conflictos que involucran a no menos de 17 países. Algunos de los principales casos que se registran en la actualidad son los conflictos en Uganda, Sri Lanka, Afganistán, Colombia y Nepal.

Quizás algunos se pregunten cuál es el objetivo tras el reclutamiento de estos menores, una interrogante que queda contestada al analizar el grado de vulnerabilidad, facilidad de manipulación y adoctrinamiento al que con facilidad pueden ser expuestos los niños. De hecho, muchos son secuestrados o convencidos para que se unan a un determinado ejército, aprovechándose de las carencias familiares o materiales que padecen producto de la guerra, por lo que ven su adhesión a estos grupos armados como única manera de subsistir.

Otro factor es la inmadurez, que les hace más pasibles a no medir las consecuencias de sus actos, por lo que son inducidos a cometer tareas de alto riesgo o violencia, sin permitirles valorar lo que está bien o está mal. Una vez dentro, los niños soldados son designados en una variedad de roles como combatientes, vigilantes, espías, mensajeros, cocineros e incluso esclavas sexuales en el caso de las hembras (hay casos donde las niñas constituyen el 30% de los reclutados).

A los que son reclutados en calidad de combatientes, rápidamente se les adiestra en la manipulación y mantenimiento de armas ligeras, especialmente la famosa AK-47. Esto les convierte en perfectas máquinas asesinas, en cuyo entrenamiento son sometidos a todo tipo de maltratos físicos y psicológicos, y en ocasiones, inducidos al consumo de drogas estimulantes para darles valor.

Un ejemplo de lo anterior es el caso de Moussa, un niño soldado de 15 años del sur de Sierra Leona, quien documentó para funcionarios de UNICEF lo siguiente: “Nos despertaban a la 1 de la madrugada para marchar hasta las 7am, luego llegaba un doctor que nos inyectaba una ampolla con líquido rojo. Al principio siempre me sentía débil y después sentía una fuerza abrumadora. Es como si fuera capaz de cualquier cosa, sentía odio, rabia y ganas de destruir todo”.

Por si fuera poca la presión de ganarse el respeto y confianza de sus superiores dentro de estos grupos, las preocupaciones de los niños soldados aumentan una vez se plantean la posibilidad de desertar, decisión que en el peor de los casos puede llevarles a la muerte y la de sus familias. A esto se suma el trauma al que son sometidos al experimentar los horrores de la guerra y los abusos físicos, donde muchos son víctimas de trastornos y heridas que los marcan por el resto de sus vidas.

Lo anterior evidentemente dificulta todo esfuerzo posterior por lograr la reinserción social de estos niños, dado que no solo se ve interrumpida su educación, sino que son expuestos a todo tipo de actos de crueldad que lacera su inocencia y los expone a la exclusión. De ahí que pese a la desmovilización de miles de niños soldados en las últimas décadas, producto del cese al fuego o negociaciones intergubernamentales para evitar su reclutamiento, muchos retoman las armas al no lograr reinsertase socialmente.

No obstante, muchos han pasado a ser beneficiados con programas de acogida, que brindan entre otras cosas atención médica, legal, y psicológica, donde esta última etapa procura ayudarles a superar las secuelas de la guerra. A esto se suman los esfuerzos internacionales por cerrar las brechas legales, logísticas y sociales que facilitan el reclutamiento de niños soldados, evidenciando avances significativos en la República Democrática del Congo, Sierra Leona, Ruanda, Mozambique, Liberia, entre otras.

En cuanto a legislaciones, en el 2002 entró en vigencia el Protocolo Facultativo de la Convención de los Derechos del Niño, dirigido a la problemática de los conflictos armados, estableciendo los 18 años como edad mínima para reclutamiento de combatientes. Con ello se derogaba lo establecido en la Convención de Ginebra del 1949 que establecía los 15 años como mínimo, aunque en el caso de ejércitos estatales se permite el acceso a partir de los 16 en calidad de voluntarios (no combatientes).

En adición, los preceptos del Protocolo Facultativo para casos de niños soldados fueron reforzados, cuando la Corte Penal Internacional consignó el reclutamiento de niños como un “crimen de guerra”, lo cual ha sido ratificado por unos 120 países a la fecha.

Como muestra de compromiso, la ONU ha instituido el 12 de febrero como el “Día Internacional contra el uso de Niños Soldados”, una iniciativa que es potenciada por la inclusión de este mal dentro de las metas declaradas en la Agenda 2030 de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas (meta 8.7).

Definitivamente estamos obligados a reconocer que si hay recursos para la guerra, no pueden haber excusas para que estos recursos también estén a disposición para enfrentar sus consecuencias.

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