Opinión

El libro, ese entrañable compañero

En ocasión de haberse conmemorado ayer, 23 de abril, el Día Internacional del Libro y del Derecho de Autor, y en nuestro país el Día de las Bibliotecas y el Bibliotecario Dominicano, reproducimos este artículo publicado en Hoy el 25 de abril de 1999:

En verdad, el libro, real y virtual, es el padre de los grandes acontecimientos que en el mundo han sido. Desde los tiempos del rey babilónico Assurbanipal, con las primeras muestras en sus piezas de arcilla de lo que miles de años después serían los libros, pasando por la Biblioteca de Alejandría y del Congreso de los Estados Unidos, así como por el inicio de su democratización con la aparición de la imprenta en el siglo XV, los mecanismos transmisores de información y conocimiento se han desarrollado de una manera jamás sospechada. Pero lo más llamativo es lo que se ha logrado hasta ahora, gracias a los avances meteóricos de la tecnología, sino los adelantos que se producirán en el futuro inmediato.

En la mansedumbre de los conventos se incubaron los fondos bibliográficos que produjeron el Renacimiento y la proyección de la Reforma protestante, del mismo modo que las grandes revoluciones del siglo XVIII en los Estados Unidos y en Francia nacieron en las páginas enfebrecidas de los enciclopedistas. El libro ha sido tan consecuente y generoso con la humanidad, que ha estado en peligro de desaparecer. Enseñó tanto a tantos, que a los otros les crecieron unas alas enormes, que, a veces, ponen en riesgo el océano de sus páginas por la audacia de la cibernética.

El libro es un hábitat que nos conduce a la felicidad o a la tragedia. Dependerá de las circunstancias, de los niveles de sensibilidad y percepción. Con la lectura se viven cuantas vidas y situaciones se presenten en el texto, abre las compuertas del sueño hacia zonas inimaginadas… La posibilidad de sobrevivir en medio del cataclismo. Y se asienta en sus páginas la fuerza del cambio, el poder de transformar la información en ideas y conocimiento a favor de la Humanidad.

Son muchos los que tienen la lectura, el amor al libro, entre sus grandes pasiones. Me ha tocado convivir con esa realidad, esa especie de clonación permanente entre la palabra y los signos. Con el venerable Bartolomé Vegh, sacerdote húngaro que dedicó lo mejor de su vida a la educación de los jóvenes humildes de la patria, advertí, a principios de los años 60, la fuerza espiritual de un ser humano encandilado por el libro. Leía a todas horas y de todo.

No se conformaba con el placer de la lectura como privilegio individual: llenó de libros las aulas, el comedor, los pabellones de los dormitorios, y en la sobremesa nocturna, en el jardín frontal del Hogar-Escuela Santo Domingo Savio, como un Juan el Bautista salido de las aguas del Jordán, hablaba de pasajes tomados de las Escrituras y otras fuentes memorables.

Cuenta doña Carmen Quidiello que poco después de conocer a Juan Bosch, llegó a una conclusión que no varió en sus 60 años de relación: que su rival en lo sentimental no sería ninguna Venus, con brazos o sin brazos, sino la letra impresa. A él lo escuché expresarse con dolor y nostalgia cuando hablaba de sus bibliotecas perdidas, extraviadas, expoliadas, a causa de sus exilios. No solo los de su patria, sino los que sufrió en otros países de América. No vio el libro como anticuario, simple decoración, sino como pieza clave en su vida personal y para la sociedad. Leyó el Quijote 21 veces, la última de las cuales fue en la clandestinidad, en los días tormentosos de la expedición de Playa Caracoles.

Esa avidez por la información y los libros lo acompañó toda la vida. En tiempos de campañas electorales, por heroicas, no menos agotadoras, entre el alboroto y el erotismo de las multitudes, en los lugares más lejanos, a poco de regresar al hogar familiar se le encontraba en la oficina con un libro en mano. Aun en la etapa final de su vida luminosa, Bosch leía temprano los periódicos, la correspondencia y de manera especial se reencontraba con su propia obra. A consecuencia del sangrado nasal que lo afectó, se recomendó mucho reposo. Nada fácil. Hubo, en ocasiones, hasta que ocultarle los libros. Pero la letra impresa, como si se tratara de una amante secreta, continuaba siendo la permanente rival de la Eterna Eva.

En verdad, el libro es la principal correa de transmisión del conocimiento. Y será, por siempre, ese entrañable compañero.

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