Por: Osiris Mota | La mejor manera de enfrentar los fracasos es analizar primero en qué fallamos: qué hicimos mal y qué hicieron bien los contrarios. Es la ley de la competencia en cualquier mercado, la guerra de oferta y demanda. Llorar y quejarnos sobre lo que hizo y hace el contrario no nos llevará a la victoria; ellos hicieron lo propio, nosotros debemos hacerlo mejor si queremos imponer nuestros objetivos.
Los resultados adversos a nuestros intereses o proyectos no son solo responsabilidad del enemigo contra el que luchamos. Al igual que ellos, debemos construir estrategias para hacerlo mejor, como ellos intentan para derrotarnos. Debemos preguntarnos: ¿qué hicimos mal y qué nos dio resultado? Antes de embarcarnos en próximas batallas, es correcto realizar una buena evaluación, valiente y sincera, para enmendar nuestros errores y afilar nuestras armas, mejorando lo que ya hicimos bien.
En lo que respecta a nuestra organización, nos estaba yendo bien, complacíamos al gran público, y en pocos años, todo cambió. ¿Hemos analizado por qué? No, porque tenemos cuidado en no acusarnos, tememos enfrentar la realidad y señalar los errores de cada uno, crítica y autocrítica. Muchos se apartaron de los principios de la organización para emprender proyectos individuales, sin darse cuenta de que teníamos una sociedad que nos observaba y necesitaba cambios, aferrándose solo a su statu quo.
Los líderes del partido se enquistaron en sus egos, prefirieron seguir sus intereses personales, abandonando los proyectos colectivos, debilitando los esfuerzos e impidiendo las soluciones a los males sociales. Esto debilitó la institucionalidad de la organización que nos colocó al frente del Estado, al punto que cada uno se dedicó incluso a fortalecer otras organizaciones como movimientos, fundaciones y proyectos económicos personales.
Es oportuno analizar por qué la gente se acerca a los partidos, especialmente cuando están o van al poder, por qué se van, por qué el transfuguismo, y cómo hemos reaccionado a esos fenómenos, y qué estamos haciendo para cambiar esas actitudes. Los partidos no son solo para luchar por llegar al poder; desde la oposición deben ayudar a construir una mejor sociedad. Si esperamos llegar al poder para hacerlo, ni tendremos la vocación ni la fuerza para romper los males que nos aquejan.
Solo con instituciones fuertes y disciplinadas las sociedades se desarrollan, porque solo así se pueden construir políticas públicas y proyectos de nación. Mientras los líderes luchen por imponerse más que avanzar la colectividad, rompen la armonía que requieren los organismos para resolver los problemas y conflictos sociales. Por lo tanto, la primera y gran tarea de toda organización es hacerse fuerte y unida con estatutos y reglas claras que todos estemos en la obligación de honrar.
Solo tenemos que ver la propia historia del PLD: cuántas batallas tuvimos y cuán hermosa era la lucha cuando estábamos unidos, cuando teníamos líderes que respetaban los organismos y seguían sus acuerdos. Y con tanta fortaleza que apartábamos a aquellos que se desviaban, lo que nunca creó crisis que pusieran en peligro la institución, porque todos estaban conscientes de que éramos parte de un todo y nos debíamos a las decisiones democráticas.
Contemplando el universo socioeconómico, podemos darnos cuenta de que las instituciones exitosas, tanto en lo político como en lo comercial y social, sin dejar de ver las religiones, son las que tienen una institucionalidad fuerte, que diseñan estrategias, las siguen, las evalúan y hacen ajustes con regularidad religiosa. No siguen las decisiones caprichosas de un jefe; hacen lo que la institución eligió hacer. Y los líderes no son los que más fuerza y poder tienen, son los que mejores resultados obtienen al inspirar y ganar la confianza de los miembros de las organizaciones.
Un partido es más complejo; tiene que mantener una vinculación estrecha con la sociedad, conocer sus necesidades y los recursos con los que cuenta. Por eso requiere de mayor unidad y sabiduría para ir construyendo soluciones colectivas. Y por esas razones, necesita elementos organizacionales con mayor precisión y vocación de servicio de sus militantes que las organizaciones comerciales, a las cuales se les pagan salarios.
Las sociedades de consumo no están construyendo líderes sociales, hombres y mujeres que conozcan las necesidades y las posibilidades de la sociedad y la guíen hacia mejores senderos de bien social, capaces de inspirar y soportar los sacrificios necesarios. Por eso los partidos cada vez son más débiles y poco resilientes. Sin liderazgos, las instituciones pierden sus objetivos y no son capaces de inspirar a su militancia para unir voluntades, esfuerzo y sacrificio detrás del bien común. Si tenemos conciencia de esto, debemos hacer el esfuerzo por construir capital social.