Opinión

Época borrascosa

Por: Sergio Sarita Valdez | El planeta vive una situación delicada y preocupante para las almas nacidas y criadas con mentes pacifistas. Nos cuesta grandes esfuerzos tratar de ajustarnos a la tensión y al sobresalto que hoy crece y se disemina principalmente por el Medio Oriente, Europa y la zona del Caribe. A nivel mundial ha disminuido la alerta sobre el cambio climático y el calentamiento global. Por otro lado, se habla de paz, pero en el terreno real se incrementa la violencia y el número de víctimas mortales. En el caso de Ucrania, se respiró con alivio cuando en Alaska se reunieron los jefes de Estado norteamericano y de la Federación Rusa. Sin embargo, pronto se conoció la noticia de que el Departamento de Estado enviará 3,500 misiles de amplio alcance comprados por Dinamarca, Holanda y Noruega. Igualmente, se anuncia una operación militar de limpieza total en la Franja de Gaza por parte de Israel. Tres navíos de guerra, un submarino nuclear y cuatro mil efectivos militares se desplazan por las costas caribeñas de Venezuela, en tanto que se contempla intensificar la acción gubernamental armada para tratar de controlar el estado de desorden que impera en la República de Haití.
Todo lo arriba enunciado sucede en la tradicional temporada ciclónica caribeña. Agréguese otro amargo ingrediente, que es el de las redadas de persecución y encarcelamiento de decenas de miles de personas indocumentadas en los Estados Unidos de Norteamérica, entre las que hay, por supuesto, dominicanos.

Si ponemos todos esos ingredientes en una licuadora, el producto resultante tiene un sabor muy amargo y un efecto que causa un insomnio permanente. Es inquietante el panorama, aunque no desesperante. Cuando en vez de defensa se prefiere usar el vocablo guerra, entonces es tiempo de que tengamos uno que otro tranquilizante en nuestra mesita de noche. “Nadie se muere en la víspera”, dice un refrán, pero a veces la amenaza mortifica, quizás tanto como la acción.

Apelamos a la cordura y a la sensatez del mundo. “Dios aprieta, pero no ahorca”, nos dice el refranero popular. La vida es una especie de columpio; sube y baja como la marea, a ello debemos acostumbrarnos. A todo invierno le sigue una primavera. La historia registra una primera y una segunda guerra mundiales. Luego hemos tenido conflictos armados regionales, como la guerra de Vietnam y la guerra del Golfo. Las potencias saben que tienen mucho que perder y poco que ganar en una conflagración universal. Saber eso nos permite conciliar el sueño. Más temprano que tarde, el bien triunfa sobre el mal y la paz termina imponiéndose.

Si algo no debemos perder es la esperanza. Mientras haya fe en el porvenir, tendremos un creciente ejército de hombres y mujeres apostando al bien común. Vislumbramos un mundo donde el negro y el blanco se dan la mano. La inteligencia artificial hace que en simultáneo tengamos una persona hablando en mandarín y otra respondiendo en inglés o viceversa. Hablando, la gente se entiende, negocia y convive.

Nubes grises llenan nuestra atmósfera sociopolítica. Luego de la lluvia, se aclararán los cielos y volverá la lucidez y el amor a llenar todos los bellos espacios de la humanidad.

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