Por: Juan Ariel Jiménez | El crecimiento económico rara vez ocurre en aislamiento. A lo largo de la historia, los países que más han avanzado han sabido leer el contexto internacional y aprovechar las oportunidades que venían de fuera. No por ideología, sino por pragmatismo.
El crecimiento económico moderno tuvo su punto de partida con la Revolución Industrial británica, estrechamente vinculada a la expansión del comercio internacional y al acceso a materias primas provenientes de sus colonias de ultramar. A mediados del siglo XX, los llamados tigres asiáticos —Corea del Sur, Singapur, Hong Kong y Taiwán— fueron ejemplo de transformación usando una estrategia exportadora bien diseñada, lo cual les permitió pasar de la extrema pobreza a la abundancia en pocas décadas. Y el ejemplo más contundente es el más reciente: China, que en pocas décadas pasó de padecer hambrunas recurrentes a convertirse en una de las principales economías del mundo, apoyándose en el modelo exportador impulsado por la estrategia de “Apertura y Reforma” de Deng Xiaoping.
En todos los casos, el patrón fue el mismo: crecer conectándose al mundo.
En ese sentido, la República Dominicana no fue la excepción. Nuestro desempeño económico de las últimas décadas se apoyó en ese mismo principio. Las zonas francas aprovecharon la demanda externa de manufacturas; el turismo creció de la mano del aumento del ingreso y del deseo de viajar de millones de personas en el exterior; y la inversión extranjera directa fue clave para desarrollar sectores estratégicos como telecomunicaciones, energía y minería.
Además, tuvimos una ventaja que pocos países en desarrollo han tenido: el principal motor de la economía mundial nos quedaba cerca. Estados Unidos no solo fue nuestro mayor socio comercial, sino también una fuente constante de inversión, turismo y remesas. En muchos sentidos, crecimos bien porque el mundo —y especialmente nuestro vecino del norte— estaba creciendo y apostando por la apertura.
Ese mundo, sin embargo, está cambiando.
Los datos globales muestran un giro que no conviene ignorar. La inversión extranjera directa a nivel mundial pasó de representar alrededor de 5.3 % del PIB global en 2007 a apenas 1.3 % en 2024, su nivel más bajo en 30 años. Las exportaciones de mercancías, que llegaron a equivaler al 51 % del PIB mundial en 2008, hoy rondan el 44.5 %. Y estas cifras aún no incorporan plenamente los recientes aumentos arancelarios aplicados por el gobierno estadounidense en 2025.
De igual forma, las medidas restrictivas al comercio internacional pasaron de menos de 500 a inicios de siglo a más de 3,000 en años recientes. Como resultado, las cadenas globales de valor se han ido fragmentando, lo que se refleja en una caída sostenida del componente extranjero de las exportaciones.
Aquí conviene detenerse un momento para no equivocarnos en el diagnóstico. No se trata simplemente de esperar a que pase el actual mandato del presidente Trump para que “todo vuelva a la normalidad”. Los aranceles del primer período de Trump no sólo no fueron revertidos, sino que en muchos casos fueron ampliados bajo la administración de Biden. Más aún, el nuevo impulso proteccionista cuenta con un respaldo significativo en la población estadounidense, lo que sugiere que este giro responde a preocupaciones profundas sobre empleo, industria y seguridad económica, y no a un episodio coyuntural.
Europa, por su parte, muestra señales similares. Los partidos que hoy ganan terreno en varios países —particularmente los de extrema derecha— son abiertamente críticos de la globalización, incluso dentro de la propia Unión Europea. El euroescepticismo dejó de ser marginal y pasó al centro del debate político. El mensaje es claro: el consenso globalizador que dominó las últimas décadas se está resquebrajando.
En este nuevo escenario global, también hay voces disidentes. Hace apenas una semana, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, ofreció en Davos un discurso brillante en diagnóstico y forma, propio de un estadista con formación intelectual y experiencia al más alto nivel. Sin embargo, su propuesta central —la creación de un tercer eje globalizador liderado por países de “poder mediano”— luce poco realista. Suena bien en el papel y en los foros internacionales, pero choca con una realidad marcada por intereses nacionales cada vez más cerrados y por una competencia geopolítica más dura.
La pregunta, entonces, no es qué debería hacer el mundo, sino qué debe hacer la República Dominicana en este mundo que ya está cambiando.
Durante años, la estrategia de desarrollo dominicana funcionó porque el mundo operaba de cierta manera. Pero los modelos económicos no son dogmas; son respuestas a contextos específicos. Cuando el contexto cambia, la responsabilidad de un liderazgo serio no es aferrarse al pasado ni sustituir con publicidad en redes sociales lo que debería ser un ejercicio sosegado de reflexión política y económica. En pocas palabras, es hora de repensar el futuro dominicano con los pies en la tierra y la mirada larga, en un horizonte que todavía no se muestra con claridad.
Dicho de otra forma, qué puede y qué debe hacer la República Dominicana en un mundo con menos globalización y menos liberalismo no admite consignas fáciles ni respuestas improvisadas. Requiere diagnóstico, humildad y visión de Estado.
En lo que a mí respecta, esta es una discusión que merece espacio propio. Vendrá en una segunda parte.