Por: Guarocuya Félix | El artículo anterior llevó el argumento a Washington: la moneda de reserva depende también de la disciplina fiscal y de la credibilidad política del Estado que la emite. Si esa credibilidad se debilitara, sería razonable pensar que otros centros monetarios podrían ocupar parte del espacio. Esa expectativa se ha extendido. El dólar perdería peso relativo; el euro, el renminbi y algunas monedas medianas ganarían presencia; los pagos internacionales podrían distribuirse entre más canales; y el sistema dependería menos de una sola potencia.
Esa interpretación tiene una parte de verdad, pero puede llevar a un diagnóstico apresurado. Que más monedas participen en reservas, pagos o acuerdos bilaterales no significa que el mundo haya construido un orden monetario multipolar. Puede significar algo más limitado: una búsqueda de cobertura frente a riesgos políticos, financieros o regulatorios asociados a la infraestructura dominante. La diferencia importa. Una cosa es tener más instrumentos disponibles; otra, contar con varios centros capaces de sostener liquidez, confianza y coordinación cuando el sistema se estresa.
Para evaluar si el dinero mundial podría volverse multipolar, conviene aplicar una prueba más rigurosa. Un polo monetario no se define solo por aparecer en las reservas de los bancos centrales o por usarse en algunos contratos comerciales. Debe cumplir varias condiciones al mismo tiempo: profundidad financiera, convertibilidad, instrumentos de cobertura, seguridad jurídica, aceptación internacional, activos seguros en escala suficiente y capacidad de proveer liquidez cuando muchos actores la demandan a la vez. Sin esa combinación, una moneda puede ser útil como complemento, pero no necesariamente como eje.
La primera condición es la profundidad del mercado. Una moneda internacional necesita mercados amplios donde gobiernos, empresas, bancos y fondos puedan comprar, vender, endeudarse, cubrir riesgos y deshacer posiciones sin alterar demasiado los precios. No basta con que una economía sea grande. Tampoco basta con que comercie mucho. La moneda debe estar respaldada por mercados financieros capaces de absorber operaciones en distintos plazos, con suficiente volumen y con contrapartes disponibles aun cuando aumenta la aversión al riesgo.
La segunda condición es la convertibilidad. Quien mantiene activos en una moneda internacional debe poder entrar y salir de ella con pocas restricciones. Los controles de capital, las autorizaciones administrativas o la incertidumbre sobre transferencias futuras limitan la disposición de otros países a acumular grandes saldos en esa moneda. La convertibilidad no es un detalle técnico. Es una promesa práctica: los tenedores de activos podrán movilizar su dinero cuando lo necesiten, incluso si el contexto político o financiero cambia.
La tercera condición es la existencia de activos seguros. El sistema monetario internacional no gira solo alrededor de monedas; gira también alrededor de instrumentos financieros que los inversionistas consideran líquidos, confiables y aceptables como reserva de valor. Durante décadas, los títulos del Tesoro de Estados Unidos han cumplido esa función en una escala que ninguna otra jurisdicción ha logrado replicar de manera completa. Sin un activo seguro comparable, una moneda puede ganar visibilidad, pero le cuesta convertirse en depósito global de liquidez.
La cuarta condición es la seguridad jurídica. Los actores internacionales no solo preguntan cuánto rinde un activo o qué tan líquido es. También preguntan bajo qué tribunales se resuelve una disputa, qué tan previsible es la regulación, qué protección existe frente a decisiones discrecionales y qué tan confiable es el trato a los acreedores. Una moneda puede ser atractiva por razones comerciales, pero si el marco institucional genera dudas, su capacidad para convertirse en reserva global se reduce.
La quinta condición es la capacidad de cobertura. El comercio y las finanzas modernas no funcionan únicamente con pagos al contado. Funcionan con derivados, futuros, swaps, opciones, líneas de crédito, repos y otros instrumentos que permiten administrar riesgo de tasa, moneda, plazo y liquidez. Una moneda que no ofrezca mercados profundos de cobertura puede servir para algunas transacciones, pero no para organizar balances globales complejos.
La sexta condición es la provisión de liquidez en crisis. En tiempos normales, muchas monedas pueden parecer suficientes. La verdadera prueba aparece cuando todos quieren liquidez al mismo tiempo. Ahí se mide qué banco central tiene capacidad de estabilizar mercados, qué activos son aceptados como colateral, qué líneas de intercambio existen entre bancos centrales y qué moneda sigue siendo demandada cuando los participantes reducen exposición. Un polo monetario debe funcionar en la tensión, no solo en la normalidad.
Al aplicar esta prueba, el debate sobre la multipolaridad cambia. No se trata de negar que el dólar haya perdido participación en reservas ni de desconocer que otros países buscan reducir exposición. Tampoco se trata de afirmar que el orden existente permanecerá igual. El punto es otro: la presencia de más monedas en operaciones específicas no equivale a la formación de varios centros monetarios con capacidades equivalentes. La pluralidad de uso puede aumentar antes de que exista un nuevo orden.
El euro es el candidato más cercano a un segundo centro monetario, pero su arquitectura limita su alcance. Tiene un banco central creíble, gran base económica, mercados financieros desarrollados y una presencia internacional consolidada. Sin embargo, la zona del euro no cuenta todavía con una unión fiscal plena ni con un activo seguro común de escala comparable al mercado de deuda estadounidense. Los bonos alemanes, franceses, italianos o españoles no son el mismo instrumento; incorporan riesgos soberanos distintos, marcos políticos nacionales y primas diferenciadas. Esa diversidad no impide que el euro sea una moneda internacional de alto peso. Sí limita su capacidad para actuar como sustituto integral del dólar.
El renminbi enfrenta otro tipo de restricción. China tiene escala económica, centralidad comercial y creciente peso geopolítico. Su moneda puede ganar espacio en pagos bilaterales, comercio regional, financiamiento vinculado a proyectos de infraestructura y acuerdos entre bancos centrales. Pero una moneda de reserva global exige algo más que volumen comercial. Requiere convertibilidad amplia, confianza en la movilidad del capital, previsibilidad institucional y disposición de terceros a mantener grandes saldos financieros en esa moneda durante ciclos adversos. Mientras esas condiciones no se fortalezcan, el renminbi podría ampliar su presencia sin convertirse en eje monetario global.
El oro, por su parte, cumple una función distinta. Puede servir como reserva frente a riesgos de sanciones, inflación, depreciación o pérdida de confianza en monedas emitidas por Estados. Su atractivo aumenta cuando los gobiernos buscan activos sin pasivo de contraparte directa. Pero el oro no organiza pagos internacionales, no provee crédito elástico, no ofrece una curva completa de instrumentos financieros y no funciona como moneda operativa para balances complejos. Puede proteger, pero no coordinar el sistema.
Las monedas medianas también tienen un papel acotado. El yen, la libra esterlina, el franco suizo, el dólar canadiense, el dólar australiano y otras monedas con instituciones confiables pueden ayudar a diversificar reservas o cubrir exposiciones concretas. Algunas ofrecen estabilidad, otras profundidad relativa, otras vínculos con materias primas o regiones específicas. Pero ninguna tiene por sí sola la escala necesaria para articular pagos, deuda, derivados, reservas y liquidez global. Pueden ser piezas útiles de una cartera; no constituyen, aisladas, una arquitectura alternativa.
Algo similar ocurre con los acuerdos de pago en monedas locales. Pueden reducir costos en corredores comerciales específicos, disminuir exposición al dólar en operaciones puntuales y ofrecer señales políticas de autonomía. Pero su alcance suele depender del equilibrio comercial entre las partes, de la profundidad de sus mercados financieros, de la confianza en sus monedas y de la posibilidad de convertir excedentes. Si una empresa recibe una moneda que luego no puede usar, cubrir o invertir con facilidad, el ahorro inicial puede transformarse en riesgo.
Esta distinción permite leer mejor el momento actual. El mundo podría estar agregando capas al sistema, no reemplazando su centro. Bancos centrales que compran más oro, empresas que diversifican coberturas, gobiernos que firman acuerdos de pago en monedas locales y bancos que abren líneas en distintas divisas no están necesariamente construyendo un nuevo orden. Podrían estar comprando opciones frente a un entorno menos previsible. Esa conducta puede ser racional para cada actor, aunque no garantice mayor estabilidad colectiva.
El costo de esa transición sería operativo. Más rutas de pago pueden significar más contratos, más conversiones, más cobertura, más capital inmovilizado y más complejidad legal. La dependencia de una sola infraestructura tenía riesgos, pero también reducía costos de coordinación. Si el sistema se vuelve más plural sin crear reglas comunes, podría combinar lo peor de dos mundos: seguir dependiendo del dólar en momentos de tensión y, al mismo tiempo, operar con más fricciones en tiempos normales.
Por eso la palabra “multipolaridad” debe usarse con cuidado. Puede describir una aspiración política, pero no necesariamente una realidad financiera. Un sistema monetario con varios centros requiere algo más que voluntad de diversificar. Requiere instituciones capaces de producir confianza, mercados capaces de absorber riesgo y mecanismos capaces de sostener liquidez cuando la confianza se reduce. Sin esos elementos, el resultado no sería un equilibrio entre polos, sino una red de soluciones parciales alrededor de una infraestructura que aún concentra la función de liquidez global.
El caso del dólar muestra la fuerza de la inercia monetaria. Una moneda dominante acumula ventajas por uso repetido. Cuantos más contratos, mercados, reservas, instrumentos y sistemas de pago se denominan en ella, más costoso se vuelve abandonarla. Esa inercia no la vuelve invulnerable. Pero significa que la sustitución requiere algo más que descontento con el emisor dominante. Requiere una alternativa que no solo sea políticamente deseable, sino operacionalmente superior o al menos equivalente en los momentos en que el sistema necesita liquidez.
La historia monetaria respalda esta cautela. Las monedas dominantes no suelen perder su papel porque aparezca una alternativa parcial. Lo pierden cuando la combinación de poder económico, capacidad fiscal, profundidad financiera, confianza institucional y arquitectura internacional cambia de manera sostenida. Ese proceso puede tardar décadas y rara vez avanza en línea recta. La libra esterlina no cedió su papel de un día para otro. El dólar tampoco lo haría así. La diferencia es que hoy no se observa todavía un acuerdo internacional capaz de rediseñar el sistema, ni una moneda alternativa que reúna por sí sola todas las condiciones necesarias.
Esta lectura no defiende la continuidad intacta del orden actual. La centralidad del dólar produce asimetrías. Da a Estados Unidos capacidad de financiamiento, poder sancionador y margen de maniobra que otros países no poseen. También transmite al resto del mundo parte de sus tensiones fiscales, regulatorias y políticas. Pero reconocer esos costos no equivale a identificar un reemplazo. La inconformidad con una arquitectura puede generar defensas, desvíos y mecanismos parciales antes de producir una arquitectura nueva.
Para los países que no emiten moneda de reserva, la implicación es práctica. El debate no debería centrarse en celebrar o temer la multipolaridad, sino en medir riesgos concretos: moneda de la deuda, plazo de vencimientos, jurisdicción de los contratos, profundidad de mercados alternativos, capacidad de refinanciamiento, exposición de bancos y empresas, suficiencia de reservas y calidad de la supervisión. Una estrategia de diversificación mal diseñada puede reducir una dependencia y crear otra más opaca.
La conclusión es esta: el mundo podría usar más monedas sin haber construido un orden monetario multipolar. Podría sumar canales de pago, activos de cobertura y arreglos bilaterales sin contar con varios proveedores equivalentes de liquidez global. Ese escenario no anunciaría necesariamente el final del dólar, pero sí un sistema más costoso de administrar. Habría más opciones, pero no siempre más seguridad; más instrumentos, pero no necesariamente más coordinación.
El siguiente paso de la serie es doméstico. Si el entorno internacional avanzara hacia más rutas auxiliares sin un nuevo centro claro, los países tomadores de liquidez internacional tendrían menos espacio para improvisar. La República Dominicana, expuesta al financiamiento externo, a flujos dolarizados y a cambios en las condiciones financieras globales, tendría que preguntarse qué política fiscal, monetaria, cambiaria y regulatoria necesita para operar en un sistema donde la pluralidad de monedas no garantiza mayor protección.