Zoraima Cuello
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Por: Zoraima Cuello | Las grandes transformaciones de la historia no han beneficiado necesariamente a las naciones con mayores recursos, sino a aquellas capaces de anticipar los cambios, desarrollar el talento de su gente y convertir el conocimiento en prosperidad.
La República Dominicana se encuentra ante uno de esos momentos decisivos.
La inteligencia artificial está redefiniendo la producción, el empleo, la educación y la competitividad de las economías. Pero la pregunta verdaderamente estratégica no es cuánto avanzará la tecnología, sino qué lugar queremos ocupar los dominicanos en el nuevo orden económico que está emergiendo.
¿Seremos principalmente consumidores de innovaciones desarrolladas por otros o construiremos las capacidades para producir conocimiento, generar soluciones y participar en la creación de la riqueza del futuro?
La respuesta dependerá de las decisiones que tomemos hoy.
Una paradoja que debe despertar nuestra ambición
El Índice Latinoamericano de Inteligencia Artificial (ILIA 2026), elaborado por el Centro Nacional de Inteligencia Artificial de Chile y la CEPAL, presenta una radiografía reveladora.
La República Dominicana ocupa la décima posición entre veinte países, con 45.1 puntos sobre 100. Sin embargo, el contraste entre nuestras fortalezas y debilidades resulta mucho más significativo que la posición general.
Somos el segundo país de la región en visión e institucionalidad de inteligencia artificial y el tercero en uso ciudadano de estas herramientas, con un 22 % de la población entre 15 y 64 años utilizando activamente inteligencia artificial generativa. Además, el 91 % de nuestra población utiliza internet.
Pero ocupamos la posición 18 de 20 en investigación en inteligencia artificial y la 14 en talento humano especializado.
Estamos entre los primeros países latinoamericanos en visión institucional sobre inteligencia artificial, pero entre los últimos en investigación para desarrollar capacidades propias.
Esta contradicción no debe conducirnos al pesimismo, sino a una ambición nacional mucho mayor.
Hemos avanzado en conectividad, adopción tecnológica y planificación estratégica. Ahora necesitamos convertir esas fortalezas en investigación, innovación, productividad y oportunidades económicas.
Porque una nación puede estar altamente digitalizada y continuar dependiendo del conocimiento que producen otras economías.
El talento como nueva ventaja competitiva
Durante décadas, nuestro crecimiento ha estado impulsado por el turismo, las zonas francas, los servicios y la inversión extranjera. Estas fortalezas deben continuar desarrollándose, pero el escenario internacional exige elevar su productividad y capacidad de generar valor agregado.
La inteligencia artificial puede transformar nuestras industrias, mejorar la logística, sofisticar los servicios turísticos, fortalecer la agricultura y abrir nuevas oportunidades de exportación de servicios tecnológicos.
Sin embargo, ninguna de estas posibilidades se materializará plenamente sin talento especializado.
La competitividad del futuro no dependerá solamente de cuánto producimos, sino de cuánto conocimiento incorporamos a lo que producimos.
Por eso, considero que el desarrollo del talento humano debe convertirse en una de las principales políticas económicas y sociales de la República Dominicana.
Necesitamos una transformación educativa que fortalezca los aprendizajes fundamentales, el pensamiento crítico, las ciencias, las matemáticas, la creatividad y las competencias digitales. También debemos preparar a nuestros docentes, ampliar la formación técnica y científica e impulsar la investigación aplicada.
La educación debe evolucionar del saber al saber hacer, al saber pensar y al saber decidir.
Esta transformación debe incluir a quienes ya trabajan. La formación continua y la reconversión laboral serán esenciales para mejorar la empleabilidad y evitar que los avances tecnológicos profundicen las desigualdades.
Y debemos garantizar que estas oportunidades lleguen a todas las provincias.
La verdadera democratización de la inteligencia artificial no consiste en que todos puedan utilizar una aplicación, sino en que todos tengan oportunidades de aprender, crear y prosperar con ella.
Una transformación que llegue a toda la economía
El ILIA 2026 revela otra brecha significativa: según las estimaciones recogidas por el informe, el 29.5 % de las grandes empresas dominicanas adopta inteligencia artificial, frente a apenas el 7.2 % de las pequeñas.
Si no actuamos, esta diferencia podría ampliar las desigualdades productivas.
Necesitamos una política nacional que facilite a las micro, pequeñas y medianas empresas el acceso a capacitación, financiamiento, asistencia técnica y soluciones tecnológicas.
La inteligencia artificial debe convertirse en una herramienta para fortalecer la productividad de nuestro tejido empresarial, generar mejores empleos y ampliar las oportunidades económicas.
Si la inteligencia artificial mejora la productividad de unas pocas empresas, tendremos innovación concentrada. Si transforma las capacidades de miles de negocios y trabajadores, estaremos construyendo desarrollo nacional.
De la visión a las decisiones de Estado
El ILIA reconoce importantes avances dominicanos en estrategia e institucionalidad, pero identifica una debilidad relevante: nuestra estrategia nacional de inteligencia artificial no especifica un presupuesto asignado.
Este hallazgo nos recuerda que las transformaciones no se alcanzan solamente formulando estrategias. Requieren inversión, capacidad de ejecución, metas verificables y continuidad.
Propongo avanzar hacia un gran acuerdo nacional por el talento, la innovación y la competitividad, que articule al Estado, las universidades, el sector productivo y la comunidad científica.
Un acuerdo que establezca compromisos concretos para transformar la educación, desarrollar talento especializado, fortalecer la investigación, acelerar la adopción tecnológica empresarial y garantizar una gobernanza responsable.
Pero nuestra ambición debe trascender los indicadores tecnológicos.
La inteligencia artificial debe ayudarnos a mejorar los aprendizajes, ampliar el acceso a servicios de salud, fortalecer la producción agrícola y hacer más eficiente la gestión pública.
Su verdadero impacto debe medirse en la calidad de vida de las personas.
El país que podemos construir
La República Dominicana tiene la oportunidad de iniciar una nueva etapa de desarrollo basada en el conocimiento, la innovación y el talento de su gente.
No se trata de abandonar nuestras fortalezas económicas, sino de multiplicar su potencial y construir nuevas fuentes de prosperidad.
Aspiro a un país donde nuestros jóvenes no sean únicamente usuarios de tecnologías creadas en otros lugares, sino también investigadores, emprendedores y creadores de soluciones capaces de competir internacionalmente.
Un país donde la tecnología reduzca desigualdades, amplíe oportunidades y fortalezca nuestra capacidad de decidir el futuro.
El próximo gran salto de la República Dominicana no será simplemente tecnológico. Será educativo, productivo, científico y, sobre todo, humano.
Porque el verdadero desarrollo no consiste en incorporar las tecnologías del futuro, sino en preparar a nuestra gente para construirlo.