Por: Juan Ariel Jiménez | La segunda vuelta electoral de Brasil fue lo que en buen lenguaje pelotero dominicano llamamos “un juego de infarto”. Y es que luego de perder en la primera vuelta, el candidato Lula da Silva vino de atrás y logró conquistar un cuarto mandato presidencial.
Pero después de ganar la segunda vuelta electoral, a Lula le espera otra mucho más difícil: la segunda vuelta económica.
En la actualidad, Brasil enfrenta una combinación complicada de bajo crecimiento, elevada deuda pública, altos intereses y poco espacio fiscal.
En lo relativo a las finanzas públicas, según el Fondo Monetario Internacional la deuda pública bruta ronda actualmente 98% del PIB, la más alta de América Latina y una de las más altas del mundo.
Como consecuencia del alto endeudamiento, el gobierno brasileño dedica cerca de un tercio de sus ingresos fiscales al pago de intereses de la deuda, lo cual deja poco espacio para cualquier política pública o plan de inversiones que desee implementar el gobierno.
Al mismo tiempo, la economía ha perdido dinamismo. Luego del COVID, el crecimiento ha rondado poco más de 2% promedio anual, muy por debajo del 3.7% promedio de 2000-2010. Este bajo crecimiento genera muy pocos empleos de calidad, además de que complica aún más la dinámica de la deuda.
Ante esta situación, el FMI estima que se requiere un ajuste fiscal cercano a 3% del PIB para estabilizar la deuda, ajuste tan alto que casi ningún país latinoamericano lo ha logrado en los últimos 30 años.
Es decir, la tarea de Lula puede resumirse entonces en dos palabras: ajustar y crecer. El problema es que ambas cosas son muy difíciles de lograr de manera simultánea.
Reducir déficits normalmente implica disminuir gastos o aumentar ingresos, medidas políticamente complejas. Y Lula tendrá que negociarlas con el Congreso más conservador desde el retorno de Brasil a la democracia, donde los partidos de derecha obtuvieron amplia mayoría tanto en la Cámara como en el Senado. Además, con los niveles de polarización que hay en Brasil, cualquier ajuste fiscal pudiera poner en riesgo la paz social.
La segunda oportunidad está en encontrar nuevos motores de crecimiento.
Brasil tiene un territorio y una escala económica que lo posiciona particularmente bien para atraer inversiones relacionadas con inteligencia artificial, centros de datos, así como infraestructura de energía y agua que demandan estos centros. Una estrategia agresiva para impulsar este tipo de inversiones podría revitalizar la debilitada industria de la construcción brasileña.
En definitiva, Lula ganó una elección difícil, pero ahora viene la parte más complicada: ajustar y crecer con un Congreso contrario y una sociedad polarizada.