En su camino hacia la independencia, el pueblo dominicano tuvo la fortuna de contar con un hombre de la dimension humana y política de Juan Pablo Duarte. El patricio tuvo mucha fe en la victoria y una disposición natural a producir alianzas, condiciones necesarias para convertir el deseo o el sentimiento en victoria.
Cuando nadie creía posible derrotar la dominación haitiana, Duarte, hijo de un español que se había negado en 1822 a firmar un documento de apoyo a la ocupación, fundó la sociedad secreta La Trinitaria para encabezar la lucha por la independencia.
Para 1838, año de la fundación de esa organización, Santo domingo era una ciudad que no podía tener más de 7 o 8 mil personas, de los cuales no más de 3 mil podían ser hombres mayores de edad. Había que tener mucha fe, de esas que mueven montañas, para entender que con tan escasa base humana era posible llevar a cabo con éxito un proceso de liberación del pueblo dominicano.
Pero tener fe en el porvenir por sí solo no conduce a la victoria. Para convertir esa fe en victoria hay que producir hechos políticos concretos. Duarte los produjo. No solo formó La Trinitaria, sino además produjo dos importantes alianzas políticas que facilitaron la independencia.
Fue él quien propició la importante alianza con los reformistas haitianos que luchaban contra el dictador Boyer, para lo cual envió a Haití primero a Juan Nepomuceno Ravelo, y al no poder éste concretizar la pretendida alianza, en vez de amilanarse, envió entonces a Matías Ramón Mella, quien sí pudo concretizarla.
Fue él, también, quien posteriormente, convencido de que los hateros eran una fuerza social y económica dominante, y por consiguiente, de importancia fundamental para la causa dominicana, viajó a El Seybo a ver a los hermanos Santana, Ramón y Pedro, para hablarles del proyecto independentista y producir una alianza con ellos.
Se trató, evidentemente, de dos pasos tácticos importantes, demostrativos de que Juan Pablo Duarte tenía la lucidez política suficiente para no confundir su objetivo estratégico con los pasos tácticos, lo cual es una condición básica para el éxito de cualquier líder o causa.
Es decir, Duarte no confundió lo que es lo principal con lo que no lo es. Eso fue lo que hizo al producir esas dos alianzas, sin las cuales, nuestra independencia nacional hubiese sido muy difícil de lograr, al menos en febrero de 1844.
Pero en adición a lo anterior, debe decirse que Duarte tuvo también la capacidad para seleccionar correctamente los hombres que podían junto a él dirigir la obra independentista. Esa es una cualidad de los líderes exitosos
La lucha que Duarte se autoimpuso dirigir no se limitaba a solo separarnos de Haití, sino a convertir esta parte de la isla en una república independiente de cualquier potencia extranjera. Cuando los hateros encabezados por Pedro Santana y Tomás Bobadilla le fueron con el cuento de que debíamos adherirnos a Francia porque no estábamos en capacidad de independizarnos de Haití se puso furioso y les recalcó: «República Dominicana ha se ser libre de toda potencia extranjera o se hunde la isla». Eso se llama patriotismo. Lo otro era solo antihaitianismo.
Lamentablemente en esa lucha de poder y de visiones triunfaron los hateros, que no eran patriotas, sino antihaitianos. Pedro Santana, que nunca tuvo fe en el destino y porvenir de los dominicanos, terminó siendo presidente de la República, y Juan Pablo Duarte, el líder de la independencia, terminó siendo declarado traidor a la patria por Santana y desterrado. Y no fue fusilado por Santana, porque un prestamista judío lo convenció de la gravedad de ese error.
Ahí está una de las raíces de nuestra desgracia. La República nació con esa falla: la de haber llevado a la presidencia a un hombre que no tuvo honor ni creía en la independencia, mientras que el que rebosaba honradez y patriotismo y debió ser presidente le tocó sufrir las amarguras del exilio.