Opinión

Leonel y la sentencia de la corte IDH

La verdad que sólo la pasión exacerbada puede explicar que se critique y rechace todo cuanto haga y diga el ex-presidente Leonel Fernández. Ahora resulta que éste se contradice a sí mismo e incurre en ambigüedad por el hecho de haber criticado la reciente sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Aún más, su “protagonismo excesivo”, se afirma, es lo que le lleva a rechazar la competencia que bajo su mandato decidió aceptar, en un acto que se califica de abuso de poder por no haber sido sometido a la aprobación del Congreso Nacional.

Cualquier lector se confundiría y condenaría al doctor Leonel Fernández, si no conociera que los hechos descritos han sido totalmente distorsionados. En primer lugar, el gobierno Fernández decidió adherirse a la Corte IDH sin someter su decisión al Congreso Nacional porque expertos constitucionalistas han entendido y opinan que la Convención Americana de Derechos Humanos, una vez ratificada por el Congreso Nacional, autoriza al Estado, por decisión del Poder Ejecutivo, a sujetarse a la mencionada Corte sin necesidad de otros requisitos. Se trata de una cuestión de interpretación de un tratado que en nada puede ser catalogado como un acto de irresponsabilidad y mucho menos como una extralimitación de atribuciones. En el mundo jurídico es normal que abogados y autores de Derecho ofrezcan opiniones divergentes sobre un mismo texto legal, caso en el cual corresponderá a los jueces por vía de sus decisiones establecer cuál es el criterio a seguir. En el caso que nos ocupa, el Tribunal Constitucional decidió, con tres votos en contra, que sustentaron el mismo parecer del doctor Fernández, que la adscripción a la Corte IDH necesitaba aprobación del Congreso Nacional. Al fin y al cabo, la Constitución dice lo que los jueces dicen que dice.

¿Qué un tribunal sostenga un juicio contrario al del gobernante es falta de buen sentido? Creo que una persona ecuánime y objetiva no podría afirmarlo. Se trata de una cuestión de pura hermenéutica jurídica, y aún adoptada la decisión, vinculante y obligatoria, por lo demás, a cada quien le asiste el derecho de discrepar de la misma. Hasta el propio tribunal, en un futuro, podría variar su punto de vista, luego de un examen más detallado y ponderado del asunto que previamente ha fallado.

Por otra parte, es necesario aclarar que el doctor Leonel Fernández en la Cátedra de las Américas, no ha criticado la competencia de la Corte IDH ni se ha retractado de su decisión, como se ha pretendido afirmar. Lo que ha planteado el ex-presidente es que en su sentencia condenatoria dicha Corte se ha excedido en sus atribuciones, pues incursiona en el terreno de la nacionalidad, que conforme a la Convención de La Haya, también suscrita por el país, es un área privativa de la soberanía de cada Estado, razón por la cual, sobrepasa su campo jurisdiccional al reclamarle al país que otorgue la nacionalidad sobre el fundamento del jus soli automático, al pedir la derogación de la Constitución y las leyes internas que condicionan este derecho y al exigir desconocer la sentencia del Tribunal Constitucional sobre este aspecto.

El ex-presidente Fernández ha sido muy claro y ha sido entendido por todos los dominicanos de buena fe: la sentencia de la Corte IDH desborda su competencia, reclama al Estado dominicano un absurdo, que subvierta su orden constitucional, y es por esta razón fundamental que el país está en la imposibilidad de acatarla y cumplirla. Nadie está obligado a lo imposible. A esta aseveración añadió que es muy reducido a nivel internacional el grado de cumplimiento de las decisiones de la Corte IDH, precisamente porque en los últimos años ha violentado su propio mandato, y al hacerlo, ha caído en la ilegalidad y en un proceso de desprestigio ante los Estados miembros del sistema interamericano de derechos humanos.

En lo que respecta a la sentencia del Tribunal Constitucional, nada ha dicho el ex-presidente, sencillamente porque la misma es vinculante para todos los poderes del Estado y, por consiguiente hay que cumplirla aunque no se esté de acuerdo con ella.

Qué fácil es comprender cuando el fanatismo no nos obnubila el entendimiento.

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