Por: Margarita Cedeño | Hay una pregunta que deberíamos hacernos como sociedad. ¿Qué país estamos construyendo para que un joven dominicano pueda prosperar sin sentir que para avanzar tiene que marcharse?
República Dominicana tiene ante sí una extraordinaria oportunidad. Contamos con una generación joven conectada, creativa, emprendedora y con acceso a conocimientos que hace apenas dos décadas parecían inalcanzables. Pero tener talento no basta. El verdadero desafío es crear las condiciones para convertir ese talento en oportunidades. Es ahí donde debemos concentrar nuestros esfuerzos.
La Oficina Nacional de Estadística mantiene entre sus indicadores laborales variables esenciales para entender la realidad de la juventud, entre ellas el desempleo juvenil, la proporción de jóvenes de 15 a 24 años que no estudian, no trabajan ni reciben capacitación, y otros datos vinculados a su inserción en el mercado laboral. Es decir, disponemos de información suficiente para reconocer que la transición entre educación, formación y empleo sigue siendo uno de nuestros grandes desafíos.
No podemos permitir que terminar la escuela o la universidad signifique comenzar un largo período de incertidumbre. El primer empleo no puede seguir exigiendo una experiencia que nadie le ha dado al joven la oportunidad de adquirir. Por ende, lo que se requiere es construir un verdadero puente entre las aulas y el mundo laboral.
La educación técnico-profesional debe ocupar un lugar central. Programación, inteligencia artificial, ciberseguridad, análisis de datos, inglés, logística, mecatrónica, energías renovables, economía creativa, turismo especializado y servicios digitales representan oportunidades reales para una economía como la dominicana.
Ya existen esfuerzos sobre los cuales podemos avanzar. El programa RD-Trabaja, por ejemplo, ha sido concebido como una iniciativa para mejorar la empleabilidad de jóvenes de 18 a 35 años y adultos, mediante capacitación, fortalecimiento de competencias y articulación con oportunidades de empleo formal.
Propongo que República Dominicana avance hacia una Garantía de Oportunidades para Jóvenes, sustentada en cinco compromisos. Primero, que todo joven que termine el bachillerato pueda acceder a una opción concreta. Universidad, formación técnico-profesional, pasantía remunerada, primer empleo o apoyo para emprender. Segundo, crear un gran programa nacional de Primer Empleo, mediante alianzas entre Estado y sector privado, con incentivos para las empresas que contraten jóvenes sin experiencia y les proporcionen formación certificada. Tercero, convertir las competencias digitales y el dominio del inglés en herramientas masivas de movilidad social. En tiempos de inteligencia artificial, un joven de cualquier municipio puede prestar servicios para una empresa ubicada en Santo Domingo, Nueva York, Madrid o cualquier otro lugar del mundo. La geografía ya no debe determinar el tamaño de sus oportunidades.
Cuarto, facilitar el emprendimiento juvenil. Nuestros jóvenes tienen ideas, pero muchas veces carecen de capital inicial, acompañamiento y acceso a mercados. Necesitamos fondos de capital semilla, mentorías, incubadoras regionales y mecanismos simplificados para formalizar pequeños emprendimientos. Y quinto, debemos mirar el territorio.
Las oportunidades no pueden concentrarse únicamente en el Gran Santo Domingo y Santiago. Un joven de Monte Plata, Elías Piña, Pedernales, Dajabón, San Juan o cualquier comunidad del país debe tener acceso a formación, conectividad y posibilidades de generar ingresos sin verse obligado a abandonar su provincia. Pero existe otro elemento igualmente importante. Escuchar a los jóvenes.
Con frecuencia diseñamos políticas públicas para ellos sin sentarlos en la mesa donde esas políticas se deciden. Una generación acostumbrada a participar, crear contenido, cuestionar y comunicarse horizontalmente demanda nuevas formas de relacionarse con las instituciones.
Debemos pasar de hablar sobre los jóvenes a construir con los jóvenes. También tenemos que cambiar nuestra manera de medir el éxito. No basta con contar cuántos jóvenes ingresan a un programa. Debemos saber cuántos terminan, cuántos consiguen empleo, cuánto ganan, cuántos permanecen empleados después de un año y cuántos emprendimientos logran sobrevivir.
Las políticas juveniles necesitan resultados, no solamente actividades. El mundo está cambiando aceleradamente. La inteligencia artificial transformará profesiones; aparecerán empleos que todavía no conocemos y desaparecerán tareas que hoy consideramos habituales. Preparar a nuestros jóvenes para ese futuro no significa enseñarles únicamente una profesión. Significa enseñarles a aprender continuamente, adaptarse, colaborar, crear y pensar críticamente.
República Dominicana ha demostrado que puede crecer, atraer inversiones y competir internacionalmente. Nuestro próximo gran salto debe ser convertir ese crecimiento en movilidad social y oportunidades para las nuevas generaciones. Porque cuando un joven encuentra una oportunidad, no cambia solamente su vida. Cambia la realidad de su familia, transforma su comunidad y amplía las posibilidades del país. La juventud dominicana no está esperando que le regalemos el futuro. Está esperando que eliminemos las barreras que le impiden construirlo.
Margarita María Cedeño Lizardo nace en Santo Domingo, República Dominicana. Son sus padres Luis Emilio Cedeño Matos y Margarita Lizardo de Cedeño, quienes con sus ejemplos de vida forjaron en ella los valores humanos, la laboriosidad y la sensibilidad social que la caracterizan.