Hablan los hechos

Europa y su espada de Damocles

Pocos acontecimientos han logrado tanta cobertura en los medios de todo el planeta y atraer la atención de tantos intelectuales y políticos de renombre mundial como la crisis de endeudamiento de Grecia.

Independientemente del desenlace de la gran batalla que durante meses han estado librando el gobierno griego que encabeza Alexis Tsipras y sus acreedores, la denominada “troika” (Comisión Europea, Banco Central Europeo y Fondo Monetario Internacional), no cabe la menor duda de que la posición del país heleno ha puesto en el centro del debate aspectos medulares del proceso de construcción europeo.

Grecia ha logrado unificar a importantes sectores de la derecha y de la izquierda que con argumentos distintos, a veces hasta contrapuestos, abogan hoy por un cambio de rumbo del Eurogrupo. Se critican particularmente los desequilibrios estructurales, que al decir de muchos han ido cambiando la dimensión política de la alianza, que pierde de vista el propósito esencial de asociación para una vida mejor y más digna de todos los pueblos.

Recientemente el ministro francés de Finanzas, Emmanuel Macron, dijo lo siguiente: “El statu quo de la zona euro no es posible. No moverse es aceptar que la zona euro deje de existir en diez años. Si no actuamos rápido, la zona euro se disolverá”.

Tras afirmar que “el debate hay que librarlo democráticamente”, Macron subrayó que la crisis griega “es el síntoma de un problema mucho más profundo: la Eurozona no tiene medios para llegar hasta el final, no ha creado los mecanismos de solidaridad que deben acompañar a una zona monetaria. Es un proyecto político que se ha quedado solo en una zona de cambio”.

Por su parte, el primer ministro británico, David Cameron, ha reclamado mayor flexibilidad por parte de la Unión Europea ante cuestiones como la situación de Grecia y las demandas británicas de impulsar reformas comunitarias. Dijo que el grupo de los 28 “necesita tener la flexibilidad de una red y no la rigidez de un bloque”.

Refiriéndose hace poco a la necesidad de buscar una salida rápida a la crisis griega y al tema de las reformas de la UE, Matteo Renzi, primer ministro de Italia, dijo que “sigue en pie el tema de la relación entre crecimiento y austeridad y queremos que Europa vuelva a ser la casa del desarrollo, no de las estadísticas”.

Como puede apreciarse a la luz de los planteamientos de estos tres dirigentes europeos que hemos tomado como ejemplo, hay un gran malestar dentro de la Eurozona. Pero la troika, que a lo largo de la crisis de endeudamiento que hoy afecta a un significativo grupo de países europeos se ha mantenido inflexible en su posición de que no hay alternativa a la austeridad, parece endurecer su postura y en el caso concreto de Grecia luce decidida a imponerle severos castigos por su rebelión y como forma de enviar un claro mensaje a los pueblos que, hastiados por los ajustes, buscan refugio en formaciones políticas con voluntad para cambiar las cosas.

No obstante, los enormes esfuerzos que se han realizado para evitar que Grecia salga de la Eurozona evidencian claramente lo delicado de la cuestión. Aunque con una economía que tan solo aporta un 2% del PIB de la Eurozona, el probable impacto de un eventual abandono por parte de Grecia de la moneda común, es asunto serio.

Lo primero es la posibilidad de un efecto contagio. Si bien Bruselas ha anunciado que estaría en condiciones de dar facilidades a aquellos países cuya deuda se vea impactada por un aumento de la prima de riesgo de sus bonos soberanos, los efectos de tal situación sobre la economía de la región y del resto del mundo pudieran ser significativos, tanto por el monto de la deuda griega como por los efectos del revés político que representaría para el proyecto europeo la salida del bloque de uno de sus miembros producto del impago, que muy probablemente ocurriría, como por las dudas que se generarían sobre la solidez del euro.

El terrible impacto que sobre el nivel de vida tendría en Grecia una cesación de pagos, afectaría dramáticamente la imagen de los organismos comunitarios y muy particularmente de Alemania, país con influencia determinante en el bloque.

La posición griega despierta simpatías en todo el mundo. Si bien es cierto que la troika ha desembolsado más de 260 mil millones de euros en dos planes de rescate entre 2010 y 2014, las mentes más lúcidas de las ciencias económicas coinciden en señalar que el manejo de la crisis no ha sido el más adecuado.

La mayor parte del dinero desembolsado se ha destinado al pago de una deuda que creció en forma exponencial por una peor calificación del riesgo país, que en febrero de 2010, un mes después del estallido de la crisis, llegó hasta los 800 puntos. Por esa misma situación los nuevos préstamos contratados han contemplado tasas de interés mucho más altas y plazos de vencimiento más cortos.

A su vez, las medidas de recortes impuestas (rebaja salarial del 10 % a los funcionarios, recorte del 30% de los pagos extras, aumento de la edad de jubilación, incremento del Impuesto al Valor Agregado, reducción del gasto en salud y educación) han impedido que la economía crezca.

Obviamente, sin crecimiento económico es imposible reducir la deuda. Aunque hace tiempo que Keynes demostró que la austeridad es enemiga del crecimiento y a pesar de que el desempeño mismo de la economía del país, que en los cinco años que se prolonga la crisis ha perdido un tercio de su PIB, no es el camino correcto, la troika ha propuesto al gobierno de Tsipras nuevos recortes de las pensiones, un aumento generalizado del IVA y más privatizaciones, medidas que además de nuevos sacrificios para el pueblo, impedirán que la economía salga a flote. Eso es lo que actualmente está en discusión.

Uno de los mejores ejemplos de manejo adecuado de una crisis de deuda es el de Argentina, que reprogramó sus compromisos, logró retomar el crecimiento económico en breve tiempo y, por tanto, pudo honrar su deuda. Pero para ello fue necesario apartarse de las recetas fondomonetaristas, las mismas que impulsa actualmente la troika, y más tarde hasta librar una batalla campal con unos fondos buitre insaciables que consiguieron sentencia favorable en una corte federal de los Estados Unidos.

La troika ha estado presentando el caso griego como un ejemplo de irresponsabilidad extrema que le hace acreedor de un severo castigo. Es cierto que las instituciones de la democracia griega fueron incapaces de concebir un modelo de crecimiento con políticas presupuestarias responsables, lo cual, más que tapar, ha insistido en denunciar el propio gobierno de Tsipras, que a su vez se queja de ciertas complicidades.

Es imposible ignorar que durante muchos años los auditores europeos fueron incapaces de garantizar el mejor uso de los fondos comunitarios. Más aún, según denunció el New York Times poco después del estallido de la crisis griega en el 2010, los bancos de Wall Street contribuyeron a agravar la crisis ese país y perjudicaron al euro al ayudarle a ocultar su deuda.

El diario norteamericano, incluso, mencionó por su nombre a Goldman Sachs, que tuvo como vicepresidente por Europa, con cargo operativo, a Mario Draghi, quien en el 2011, no obstante, fue designado como Presidente del Banco Central Europeo.

Uno de los efectos de la crisis desatada en el 2008 es el alto nivel de endeudamiento que se observa actualmente, el peor en 200 años según reputados economistas. El monto de la deuda global, la pública y la privada, supera con creces el PIB mundial, lo cual significa que la economía global está técnicamente quebrada.

En el plano regional la gravedad de esta situación se expresa no solo por el monto de la deuda griega (171% del PIB), sino también por la de países como Italia (136,4%), Portugal (128,7), Irlanda (111,7), Bélgica (101,1%), España (101,1) y Francia (97,7%). La troika teme a una cesación de pago colectiva. De ahí su rigidez.

Las prácticas de estos acreedores tienen efectos difíciles de medir, como por ejemplo la forma en que impacta en el orgullo de una nación con tantos años de historia como Grecia la humillación que supone tener que solicitar permiso previo para la adopción de cualquier acción de gobierno, como ha tenido que hacer el país heleno durante los últimos cinco años.

Con sus políticas irracionales la troika ha contribuido a provocar los cambios políticos radicales que se han registrado en Europa, incluyendo la debacle de los partidos tradicionales griegos y el ascenso al poder de Syriza.

Pese a su juventud, Tsipras ha demostrado ser un hombre muy sagaz y de cabeza fría. El jefe de gobierno ha potenciado su capacidad negociadora mostrando la unidad de su pueblo y el valor estratégico del país que administra. Su acercamiento prudente a Rusia y China envía un claro mensaje de advertencia.

El gobierno de Estados Unidos, que conoce la importancia estratégica de Grecia, ha estado presionando para que se produzca un entendimiento entre Bruselas y el país heleno. Al advertir la posibilidad del default, Jack Lew, secretario del Tesoro, dijo textualmente lo siguiente: “Existen muchas incógnitas si esto llega a un lugar que colapsa por completo Grecia. Creo que esa incógnita es un riesgo para la economía europea y global… creo que geopolíticamente es un error”.

El asunto está en que Grecia, además de miembro de la Unión Europea, es integrante de la OTAN y alberga en su territorio, en la isla de Creta, una base militar, de valor incalculable para el dominio en la estratégica zona del mediterráneo, donde existe la mayor concentración de petróleo y gas natural del planeta; donde se produce contacto entre Europa, Asia y África; donde se enlazan el Atlántico y el Indico, y se registra la mayor concentración del tráfico marítimo y aéreo del mundo.

Grecia controla la entrada al Egeo y es fundamental para asegurar la influencia de la OTAN en el norte de África. Fue precisamente la base de Creta la que sirvió de plataforma para la realización de los bombardeos aéreos en Libia que tenían como propósito facilitarle las cosas a los yihadistas que combatían para derrocar a Gadafi.

Una eventual salida de Grecia del euro y de la Unión Europea provocaría significativos cambios geopolíticos, toda vez que empujaría a este país hacia la zona de influencia de Rusia y China.

Es lo peor que pudiera pasarle al bloque occidental, sobre todo tomando en cuenta la situación prevaleciente actualmente en oriente medio, el espinoso asunto de Ucrania y el drama de los miles de refugiados que intentan llegar a Europa por la puerta del mediterráneo.

Thanos Dokos, un académico de prestigio internacional, ha estremecido a todo occidente con sus cálculos sobre los efectos geopolíticos de un eventual colapso total de la economía griega. Sus predicciones son sencillamente aterradoras.

La troika, sin embargo, insiste en jugar con fuego. Insiste en demostrar que un referéndum en Grecia no puede quebrar la voluntad de Bruselas, dejando claro al mismo tiempo que todo aquel que osare poner en tela de juicio su autoridad tendrá que atenerse a las consecuencias. El desenlace está próximo.

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