Algunos académicos han abordado el tema del Estado desde diferentes enfoques, pero coincido con los que tienen conceptos amplios que les llevan a afirmar que es la forma más acabada de asociación humana, tan compleja y “cerrada” que ningún individuo puede dejar de pertenecer a ella sin que antes opte por incorporarse a otro esquema que, como el que abandona, está ligado a un territorio y una cultura, edificada en el tiempo a base de costumbres, episodios históricos y una cadena de hábitos que se convierten en memoria colectiva.
Como sabemos, el Estado creció o apareció en paralelo al concepto de soberanía: un territorio marcado bajo la sombrilla de una super estructura al que están sujetos sus asociados, los que no eligieron ser parte de esa asociación, sino que su membresía vino determinada por su nacimiento o la naturalización, caso éste en que su adhesión es voluntaria y está sujeta a las reglas de juego que en acto soberano se dieran los asociados mediante un contrato social que establece las normas del colectivo para vivir según lo pactado.
Pues bien, el país de un Estado determinado, que más que lo jurídico, se explica en su población y cuestiones de orden estadísticas, crea por lo general la Patria, que no es más que un sentimiento que siembra el sentido de pertenencia, dado por el territorio, las normativas acordadas por la asociación y una memoria histórica que pudiera tener raíces antes de la conformación del Estado Nacional, como es el caso de la dominicanidad, fraguada a base de luchas entre los conquistadores, conquistados y los esclavos: los luchadores y héroes de aquellos choques y la ensalada de aborígenes, españoles y africanos que en la cohabitación ayudó a forjar al criollo.
El sentido de Patria embutía al criollo mucho antes de la creación del Estado en 1844, por ello cuando Boyer decide ocupar el territorio colonial español de la parte este de la isla, aunque no hubo resistencia armada dada las condiciones económicas en que nos encontrábamos, a poco, el sentimiento patrio afloró para combatir a los ocupantes que pretendían sepultar nuestra cultura y apropiarse del espacio que el pueblo dominicano había hecho suyo a pesar de las guerras conquistadoras de los imperios europeos que se repartían nuestros territorios según los vaivenes de sus guerras en Europa.
Aquella identidad nacional acunada en el sentimiento patriótico, se afianzó con la proclamación de la independencia nacional y la creación del Estado Dominicano, pero dejó su marca definitiva cuando restauramos la República. Con la “separación” de Haití muchos de nuestros luchadores pretendían retornar a la hispanidad, pero la Guerra de la Restauración vino a afianzar la dominicanidad, hecho que repetimos en 1916 y 1965 cuando la OEA, instrumento al servicio de los EE.UU, legitimó la invasión militar para impedir el retorno a la democracia.
República Dominicana es un coctel racial, y con éste, junto a nuestras luchas (siempre defensivas porque nunca hemos agredido a nadie), cultura e historia, hemos construido una identidad nacional que, de diluirse sepultará el sentimiento de nación, un paso gigante para la desaparición del Estado Unitario, y por ende de la dominicanidad, establecida jurídicamente con el nacimiento de la Primera República, restaurada en tres ocasiones.