Los europeos no están conformes con el Acuerdo Transatlántico de Libre Comercio e Inversiones ( ATCI, o TTIP por sus siglas en inglés) entre los EE.UU y la Unión Europea; eso por lo menos es lo que se desprende de una manifestación de rechazo al pacto celebrada en Berlín, en la que participaron, según sus organizadores, 250 mil personas, cifra que las autoridades reducen a 100 mil, un número que de todas maneras es respetable.
A pesar de lo que se expresa en las calles y los medios de comunicación en toda la Unión, la comisaria europea de Comercio, Cecilia Malmstrom, ha manifestado , de acuerdo a un cable de EFE difundido el pasado 23 de septiembre del presente año, que «hay una gran mayoría silenciosa en la Unión Europea a favor del TTIP»; antes, sin embargo, había afirmado que la gente estaba preocupada por los posibles impactos del acuerdo, destacando que los debates en torno al tema «reflejan que los ciudadanos se sienten alejados de las decisiones comerciales».
El TTIP, que representaría el 60 % del PIB mundial, el 42 % del comercio en servicios y el 33 % del comercio de bienes, es una evidente respuesta de Occidente al terreno que vienen ganando, en el ámbito comercial y económico, China, Rusia y la India, e incluso Brasil a pasar de la crisis por la que atraviesa en estos momentos, porque resulta que estos países no solo avanzan solos sino que se acercan en múltiples alianzas Sur/Sur que abarcan desde lo comercial a lo financiero, sin dejar de abordar lo político.
El abanico de oportunidades desprendidas del afianzamiento de un proceso de globalización que marcha de la mano con los adelantos progresivos y espectaculares de la Humanidad, ha venido quitando a Occidente el monopolio comercial y financiero global y la vanguardia en los progresos científico-técnicos que le dieron el esplendor como civilización que se vende aún como superior y dominante.
La reacción de EE.UU como líder de Occidente tenía que venir, porque China, que pasó a tener un PIB superior al de ellos, se abocó a promover el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura, con 41 países fundadores y 18 solicitantes; con el agravante de que 9 de los fundadores son occidentales, y del peso económico y político de Alemania, Francia, Inglaterra, Italia, España, Austria, Luxemburgo, Suiza, Nueva Zelandia y Malta.
A este banco hay que agregar el pacto para reeditar «La Ruta de la Seda», un proyecto euroasiático que conducen China y la emergente Rusia, que de la mano de Vladimir Putin rompe el cerco que Occidente, a través de la OTAN, viene instalando en toda su área de influencia luego de la caída de la Unión Soviética. Bielorrusia y Kazajstán completan la alianza hacia la unión económica.
No podemos olvidar al grupo de los BRICS, en el que también entran en juego China y Rusia, y se agregan, India, Brasil y Suráfrica. En esto se explica el acuerdo TTIP, como lo afirmara Malmstrom, al decir que «ante el avance de China, la India y otras economías emergentes, la UE y EE.UU, deben trabajar juntos para moldear la globalización». En otras palabras, liderar el proceso.