Con cada certamen electoral, reviven fantasmas del pasado que buscan empañar los procesos, descalificar injustamente a los participantes, cuestionar con calumnias la calidad moral de quienes aspiran y manchar con sus acusaciones la civilidad de un proceso electoral.
La celebración de unas elecciones cumple el noble propósito de poner en manos del pueblo las decisiones sobre su futuro, evitando cualquier forma irrisoria o violenta de obtener el poder. Aunque no son procesos perfectos, constituyen la forma más idónea para que el ciudadano o ciudadana se sienta representado en los estamentos del poder.
En las elecciones, el ciudadano o ciudadana es quien aporta lo más importante, que es su voto. El resto de lo que sucede en la época electoral es responsabilidad del órgano estatal a cargo del proceso, de los partidos políticos, los candidatos, los medios de comunicación y de los organismos de control del Estado.
Es a estos actores a quienes corresponde mantener el clima de civilidad y consideración dentro de la política, para evitar que las emociones traicionen a la razón e impere un estado de irracionalidad en el ejercicio político, que como sabemos ha sabido cobrar vidas en el pasado reciente.
Siempre existirá campaña negativa en todos los procesos electorales, puesto que es una herramienta legítima con la que un candidato saca provecho de los errores de su opositor. Pero lo que no puede existir, porque viola todo régimen moral y código de ética existente, es la campaña sucia, que busca afectar a una persona con mentiras y calumnias, con rumores infundados y acusaciones alegres.
Aunque existe una relación compleja entre la política, la moral y la ética, es responsabilidad de quienes hacemos parte del sistema político, mantener unos mínimos de respeto dentro del quehacer político.
Como planteaba Weber, es en el terreno de la ética donde se determina qué tipo de hombres o mujeres hay que ser para “tener derecho a poner la mano en la rueda de la historia”.
Añadía el gran pensador alemán, que el hombre o la mujer que siente la responsabilidad por las consecuencias y que al llegar a un cierto momento dice “no puedo, aquí me detengo”, ejerce una acción auténticamente humana que “cala hondo”. Es lo que debe hacer todo político ante la posibilidad de ser partícipe de una campaña sucia, evitar que suceda y descartarla por completo.
La clase política tiene que actuar con una base moral y ética incuestionable. La carencia de esta es, en gran parte, la responsable de que los ciudadanos cada vez crean menos en la política y en los políticos. Por ello, hay que trabajar para retomar la “vertiente ética del quehacer político”, de manera tal que la política vuelva a ser “auténtica tarea que dignifica al hombre y a la colectividad, y no mera lucha por el puro poder”.
Los grandes clásicos así lo plantean. El pensamiento de Platón, Aristóteles, Juan de Salisbury, Marsilo de Padua, Weber, Locke, Marx, Hegel, y tantos más, se centra en la búsqueda de la moral y la ética dentro de la política. A ellos hay que acudir en momentos en que se cuestiona la civilidad del ejercicio político.
Un proceso electoral es el reflejo del sistema político existente. Permitir que nos alejemos de la moral y la ética en el proceso, es propiciar que lo mismo suceda en el conjunto de la sociedad, es un ejemplo dañino para las generaciones presentes y, más que nada, para las generaciones futuras.
Trabajemos por un modelo político basado en la ética y la moral, en el respeto mutuo y la construcción de consensos desde la civilidad. Así se trabaja por un mejor país.