Opinión

Cine de Arte, el Más Carente de Arte

Forzar las estructuras para hacerlas más ininteligibles parece ser el camino elegido por aquellos artistas cuya orientación primordial no es llegar al público mayoritario. Todo lo contrario, su aspiración es la selecta minoría, los escogidos a dedo por los dioses para acceder a los bienes espirituales que solo esos pocos pueden entender.

La obra busca comunicarse con el público reclamando su atención en base a los elementos emocionales insertados en ella, por lo cual no es de extrañar que muchas fracasen en este objetivo al carecer de la necesaria conectividad espiritual con la realidad que rodea su creación.

Asomarse al lúdico espacio de la creación, desarmado de herramientas espirituales, es tan vano como pretender el ascenso al Nirvana como si fuera una excursión turística, pues no existe mapa alguno que señale claramente las coordenadas que nos muestren como lograr el acceso a los recónditos espacios del ser humano.

El arte no es verdadero per se si llega a unos pocos, y se equivoca cuando toca a las masas, un pensamiento vendido por promotores de la exclusión de la cultura para los pueblos, que lamentablemente cuenta con grandes apoyos en las burocracias culturales del mundo entero, aunque usted no lo crea.

El hecho de separar por espacios y categorías el arte que puede y debe disfrutar la gente denota un enorme desprecio por la democratización de esos bienes que son el fruto del enriquecimiento espiritual acumulado por la humanidad, y por lo tanto, no pertenecen a clases especiales o iluminados escogidos.

Dentro de los seguidores de las corrientes fílmicas se encuentran los adoradores del cine de arte, esas obras ampulosas o minimalistas con unos discursos inmersos en las profundidades abisales, pobladas de seres ordinariamente extraños o sin discurso alguno, todo un catálogo de rareza, que esos fans insisten en llamarlo “de arte”.

Existió una época en la que cineastas como Michelangelo Antonioni, Luchino Visconti, Eric Rohmer, John Cassavettes, para solo mencionar unos cuantos, eran los ídolos que adoraban estos seguidores del llamado “film de art”, entendieran o no el significado. Sus obras eran lo suficientemente exóticas o chic, y por lo tanto, pertenecían a esta corriente.

En nuestro caso, Antonioni nos parecía de un esteticismo frio, pedante y posado, al igual que ciertas obras de Rohmer como Perceval Le Gallois (1978), pesadísima muestra de un academicismo vicioso que por suerte no reflejan otros filmes del mismo director, que no siempre peca de esos excesos, Perceval fue uno de esos productos olvidables que produce cualquier artista.

Don Luis Buñuel repetía hasta el cansancio que uno de los pecados capitales del cine era aburrir, cosa que olvidan muchos directores mareados por la adulación de ciertos públicos exquisitos, determinados a apartarse del “main stream” para no ser catalogados como uno más del rebaño “palomitero”, que para ellos es el más grande de los pecados cometidos por un cinéfilo que se respete.

Puestos a escoger, se puede catalogar a Steven Spielberg como un director comercial y a Francis Ford Coppola como un hacedor de obras de arte, pues que sepamos todos que el barbado Coppola ha elaborado productos alimenticios como el Padrino III, y Spielberg películas como Tiburón o La Lista de Schindler, que no por comerciales dejan de ser soberbias obras del arte fílmico, y uno de los fines del cine es producir dinero, además de arte.

La faceta de la popularidad o gran difusión de una película no es una razón ni estética ni filosófica para descartar la validez de su mensaje, así como tampoco esos enigmáticos filmes vistos por tres o cuatro gatos son los ejemplos más acertados de un arte profundo. En mi universo no entran Alejandro Jodorowsky como un hacedor de obras de interés salvo El Topo (1970), ni el soporífero y sobrevalorado Carlos Reygadas, tan pretencioso como vacío.

Una de estrategias de este cine tramposo es elaborar productos de una belleza plástica deslumbrante, que sirve como cubrefalta de una profundidad discursiva ausente. La otra técnica es posarse sobre los hombros de obras prestigiosas y servirse de la trascendencia de ellas para evitar las críticas negativas. Cualquier parecido con Los Miserables (2012) de Tom Hooper no es coincidencia, aquí el buen Tom naufragó en el intento.

El título de este articulo hace honor a Robert Bresson, quien dedicó en sus escritos las frases más lapidarias que puedan leerse sobre esta plaga estética. Decía: “Cine de arte, el más carente de arte…” Y no eran palabras al aire, solo las claras puntualizaciones del cineasta que creía en una realidad despojada de intelectualismo.

Si el arte es un medio para el enriquecimiento espiritual, como creía Andrei Tarkovski, entonces el cine de arte es la negación de este precepto de honda raíz humanista, porque el vacío y la autoreferencia jamás lograran esos niveles comunicativos con el espectador ya que son la soledad del espíritu. La poesía y los sueños en que se basa el cineasta-filósofo ruso son contrarios a este onanismo esteticista. Ni aún en Andrei Rubliov (1966), un filme sobre el cual podría afirmarse que es un tratado sobre la estética, desde su fotograma inicial hasta los créditos con que concluye. Tarkovski jamás tuvo esos desvelos, ni el menor deseo por ese estilo de cine.

La belleza forzada de esos filmes, hechos y pensados para el público de elite, para los “grupies” degustadores de rarezas, lo relega al ostracismo del gusto de las grandes masas, más por elección cinéfila que por exclusión de los propios realizadores, a veces perdidos en sus visiones de celofán.

Que se mencione a Jean-Luc Goddard junto a cineastas como Peter Greenaway, Lars Von Trier, Wim Wenders o el icónico Wong Kar-Wai, no deja de ser sorprendente, pues ni el maestro francés de la “nouvelle vague” que está en las antípodas del esteticismo vacuo, ni el resto de los otros realizadores, al margen de los coqueteos de Von Trier con estas corrientes.

La equivocación temática se nutre de tópicos comunes como la oposición a la utopía de un mundo feliz, es lo que condujo al cine de arte a los callejones de un realismo fabricado, minimalista y sin alma. Perdido en el bosque de los esteticismos, la imagen se llena de adornos y se despoja de significados, llenando de una belleza sin contenido las pantallas.

La dislexia grafica que sufren los seguidores de esta corriente fílmica los hace confundir el fondo con la forma, de suerte que el resto de los cinéfilos pasan a ser, según ellos, populistas de la imagen, opuestos a esta selectividad elitista e incapaces de entender a sus dioses-cineastas.

El llamado cine de arte esconde los excesos de un esteticismo vacío y anclado en las más rancias corrientes elitistas que desprecian al espectador común, incapaz de acceder a sus círculos iluminados por la materia oscura del discurso sin sustancia. Un cine para escogidos, excluyente y sin alma.

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