En este mes noviembre -mes de la familia- quiero hablar de ella, pero vinculándola a la academia y de la importancia que tiene esta última para la primera, respecto al desarrollo del núcleo de mayor importancia de la sociedad en la que vivimos. Así como hay personas pobres y personas ricas; hay países pobres y países ricos, parece un sofisma, pero no lo es. La suma de las personas forman las familias en sentido holístico. Pero, la suma de las familias forma la sociedad como gran conglomerado. Mientras más familias ricas existen, más rica es la sociedad; en cambio, mientras más familias pobres existen, más pobre ha de ser la sociedad.
Como pedagogo, puedo afirmar sin temor, que las familias que envían a la escuela y monitorean a sus hijos e hijas en el transcurso de su formación escolar y logran que éstos se gradúen de bachilleres, aportan sustancialmente en el combate a la pobreza en sentido general. Porque el combate a la pobreza debe iniciar en la familia y continuar sobre los esfuerzos del Estado y sus políticas asistenciales.
Pero en ese orden, lo más trascendente de ese aporte por parte de la familia, se encuentra en el hecho de iniciar el cambio a mediano plazo de su propio destino. Es una forma legítima de romper con el círculo de la pobreza en la sociedad, porque si los hijos bachilleres deciden no ir a la universidad por razones múltiples, los oficios que aprendan tendrán como base cualitativa el nivel medio de educación, lo que los colocaría en una perspectiva favorable y una trayectoria profesional distinta.
En el aspecto motivacional, estoy convencido de que su actitud sería optimista frente a los retos, y solo esa variable le colocará en una situación psicológica de existo. Lo más simple de este aprendizaje podría ser situado, en que aprendería a ver retos para ser enfrentados, donde otros ven problemas para atormentarse. El individuo que se atormenta en su presente no se prepara para enfrentar su futuro, mientras que el que ve retos, prepara planes para superar los obstáculos en forma sistémica. Solo el binomio escuela-familia puede lograr esto.
Es bueno reflexionar acerca de la diferencia entre los países pobres y los ricos, iniciando por conocer la historia. No olvidemos lo que decía Ortega y Gasset, respecto a que el hombre es historia y no cultura. Conociendo ese pensamiento, veremos que la antigüedad de una nación no tiene nada que ver con el avance social, económico, político o cultural.
Mucha gente ha hablado al respecto, y queda demostrado, poniendo como ejemplos a países como la India y Egipto, que tienen mil años de antigüedad y son literalmente pobres. En cambio, países como Australia y Nueva Zelanda que hasta hace poco más de 150 años eran desconocidos, hoy son naciones desarrolladas y ricas.
Muchos intelectuales y políticos han reflexionado durante mucho tiempo, sobre el papel de los recursos naturales y el progreso, para llegar a la conclusión, de que la diferencia entre países pobres y ricos tampoco se encuentra en los recursos naturales de que disponen.
Muchos de ellos han puesto a la nación Japonesa, como ejemplo. Japón tiene un territorio muy pequeño y además, es montañoso, lo que le coloca en situación difícil para el desarrollo de la agricultura, de igual forma se le hace difícil la ganadería, pero sin embargo, es una potencia económica mundial.
Los habitantes de esa nación la han convertido con su trabajo y disciplina, en un territorio que importa materia prima de todo el mundo, la procesa y el producto resultante de la agregación de valor a la elaboración de maquinarias existentes, pero modificadas en forma cualitativamente lógicas para su uso masivo, la producción de equipos y productos múltiples, para ser exportado a todo el mundo.
El resultado es la acumulación de una inmensa riqueza y un extraordinario Producto Interno Bruto (PIB), resultando en un envidiable per cápita para sus pobladores.
Japón por demás, ha ido desarrollando aleccionadores procesos de relación amigable con la naturaleza, en un proceso de aprendizajes sobre cómo amar el contexto natural de su archipiélago.
También mucho de esos intelectuales de todo el mundo, ponen como ejemplo el caso de los suizos, los que sorprendentemente, teniendo una nación sin océanos, poseen una de las mayores flotas náuticas del mundo actual. Es una paradoja que motiva la indagación sobre los por qué y los cómo.
Creo que la clave está en la dedicación. Solo la dedicación al pensamiento para la mejora de la técnica, la ciencia, la tecnología y al trabajo conduce a dedicados ciudadanos y ciudadanas, que sin poseer plantaciones de cacao, producen el mejor chocolate del mundo, transformando materia prima en verdaderos modelos productivos de acumulación de riqueza.
Unos hombres y unas mujeres, capaces de amar lo que hacen y orgullosos de lo que son, en sus pocos kilómetros cuadrados poseen verdaderos modelos de crianzas de ovejas.
En forma disciplinada y con un clima que solo les permite cultivar el suelo cuatro meses al año, producen una riqueza que le permite exportar productos lácteos calificados como los de mejor calidad de todo el continente europeo.
Estos dos paradigmas, deben servirnos de ejemplo, para cambiar de actitud ante lo que somos y lo que tenemos que ser como ciudadanos dominicanos. ¿Podrían la familia, la escuela y universidad ayudar en ese propósito? Creo que sí, pero hay que poner a la academia en eso.