En esta ocasión hacemos referencia a casos que con frecuencia ocurren en las vías, pero pasan desapercibidos. Se sabe de ellos, mas no trascienden, o suceden y no se conocen por falta de las investigaciones correspondientes. Se les considera factores de alto riesgo secundarios o colaterales.
Voy a relatar experiencias propias que guardan relación con el tema de seguridad vial y tienen que ver con las enfermedades del corazón, básicamente. Fueron eventos conocidos que de alguna manera me tocaron muy de cerca.
Con el paso de los años nos hemos dado cuenta de su repercusión cada vez mayor, y que por tanto se requiere sea considerado en la aplicación de nuevas políticas públicas en el momento de hablar de una solución integral en seguridad vial.
España, vuelvo a referirme a este país por sus avances, desarrolla ahora un gran movimiento nacional en que el gobierno involucra a la sociedad, y sobre todo a los médicos a través de sus organizaciones.
Se ha logrado incorporar decenas de miles de profesionales a la iniciativa de alertar en sus recetarios sobre los efectos nocivos de los medicamentos durante la conducción, incluyendo breves charlas en sus consultas.
La necesidad de cumplir disciplinadamente las indicaciones del médico no debe ser excusa para poner en riesgo su vida y la de otros usuarios de las vías.
Muchas sustancias ingeridas convierten a los conductores en vulnerables, como también el no tomar a tiempo los medicamentos, sin ignorar que su enfermedad lo puede hacer una persona de alto riesgo.
De hecho, mi cardiólogo recientemente me prescribió tomar dos veces al día una pastilla para las neuropatías que produce el síndrome del túnel carpiano, advirtiéndome del sueño que genera por lo que pudiera ser peligroso conducir bajo sus efectos.
Es una señal interesante, que debiera ser común en el trato con los pacientes que ingieren sustancias que propenden al sueño. Pero, no es así.
Cuatro casos.
Primero:
Recién graduado de ingeniería empecé a ejercer para principio de la década del ’80. En los primeros seis años tuve dos jefes directos, queridos por siempre, a quienes guardo especial respeto y afecto. Los dos en vida todavía, por lo que me reservo sus nombres, con características de comportamiento muy similares en cuanto a ser dedicados a sus trabajos, obsesivos y psico-rígidos.
La diferencia radicaba en que el segundo, pese ser un hombre joven, en plena capacidad productiva, padecía de afecciones cardíacas, lo cual lo obligaba a asistirse de un conductor permanentemente como medida preventiva, pero por recomendaciones médicas donde primaba el vínculo afectivo.
Afortunadamente, según me informan, hoy día su problema está resuelto.
Segundo:
Jorge Koury, persona relacionada a mi familia, muere en un accidente de tránsito en New Jersey, según la información en Santo Domingo.
Jorge fue en casi toda su vida un hombre trabajador, jovial, de hacer reír, aunque en los últimos años manifestó ciertas inquietudes emocionales que pudo influir en su salud generando un infarto cardíaco al que sobrevivió.
Conducía acompañado de su esposa cuando ocurrió lo inesperado, un accidente de tránsito fatal en que impactó un árbol.
Sin embargo, durante el proceso de reclamo de la indemnización, se descubrió que la causa de su defunción fue un segundo infarto, esta vez fulminante.
Tercero:
Piro, extrovertido y conversador, concuñado. Me sorprendieron en la mañana de junio del 2011 cuando nos llegó la noticia de su fallecimiento mientras conducía. No provocó ningún accidente de tránsito al darle tiempo a estacionarse. Lo sorprendió, según reporte, un infarto cardíaco, con antecedentes.
Cuarto:
En las últimas horas de la tarde del 12 de enero de 2010 la sociedad dominicana fue estremecida y consternada por el hecho trágico de un incidente de tránsito ocurrido en la Autopista Las Américas.
Un minibus cargado de pasajeros cae al Mar Caribe reportando un número indeterminado de víctimas.
Durante toda la noche, brigadas y ciudadanos colaboraron rescatando cadáveres y heridos de las embravecidas aguas costeras. Las condiciones del vehículo fueron cuestionadas, pero también las del tramo viario. Se habló de ingesta de alcohol, exceso de velocidad y hasta de exceso de pasajeros.
Las conjeturas prevalecieron hasta que la presión de los medios de comunicación llevó a que las autoridades abrieran investigaciones que despejaran las dudas sobre los motivos del siniestro.
Recurrieron a un recurso de ley engavetado durante doce años, y utilizado a partir del 1992 en muertes violentas como suicidios y homicidios: la aplicación de la Ley 136-80 determinaría finalmente que un infarto cardíaco motivó que el conductor perdiera control del vehículo.
El chofer del minibus se había descuidado con sus medicamentos.
Es la primera vez, que se informa de una Necropsia practicada a un conductor, pese estar en vigencia este instrumento jurídico desde 1980, que considera los fallecimientos por siniestros viales como muertes violentas. (Utilidad de la Necropsia Judicial en las Muertes Violentas. Dra. Meyda Ater Cuevas. 1999)
La Organización Mundial de la Salud califica los traumatismos causados por siniestros viales como epidémicos, siendo la segunda causa de muerte en el mundo en personas entre 5 y 29 años de edad. Más, constituye la tercera causa de muerte entre 30 y 44 años.
Sin embargo, es la cardiopatía isquémica la número uno a partir de los 45. (OMS. Informe Mundial sobre Traumatismos a causa de los Accidentes de Tránsito. 2002. pag. 5)
De aquí se explica la gran cantidad de eventos de tránsito, que agregado el estrés frente al volante, incrementa el factor de riesgo para la ocurrencia de siniestralidad vial, aun en jóvenes intrépidos y aparentemente sanos.
En el país no existe plataforma para la observación, ni dispositivos legislativos para análisis obligatorios a los conductores, que límiten la ingesta de bebidas alcohólicas, de ciertas sustancias alucinógenas y de medicamentos.
En cambio, las autoridades son más flexibles y permisibas en las épocas festivas, cuando se registra mayor tasa de accidentalidad, en vez de endurecer las restricciones, establecer mayor vigilancia y controles.
Este aspecto, considerado una gran debilidad institucional contribuye en gran medida a un crecimiento exorbitante en los accidentes y traumatismos en las vías, cuando en medio de la gran movilidad los centros hospitalarios y los órganos oficiales tienen que responder a las constantes emergencias, lo que significa erogación de fondos a veces incuantificables.
En el caso de la infraestructura viaria, los profesionales de la ingeniería son los llamados a realizar estudios especializados para mejorar el sistema y evitar la ocurrencia de eventos trágicos.
La ausencia de políticas de Estado en la vigilancia y correcciones de este sector, acentúa el compromiso y responsabilidad en la lucha por la reducción de las estadísticas fatales en carreteras, que tiene tanto el Colegio Dominicano de Ingenieros, Arquitectos y Agrimensores, las Universidades y las instituciones oficiales que construyen infraestructuras viales.