Daris Javier Cuevas
A muchos economistas les fascina invocar las famosas fábulas de Bernard Mandeville, filósofo, médico y economista, de origen anglo-holandés, que influyó en su época, a principio del siglo XVIII, por ser un precursor del liberalismo económico de Adam Smith. Aunque como pensador Mandeville fue poco conocido, tampoco logró el renombre del que gozaron otros pensadores, pero si se reconoce que ha sido el único que alcanzó incorporar y desarrollar a través de la economía la construcción de la sátira politica sustentada en la interpretación de la economía para denunciar la situación de la época.
En la interpretación de Mandeville, el Estado no tiene el imperativo de combatir la corrupción moral provocada por la ampliación de las oportunidades económicas y del comercio y que la acción política ya no buscará moralizar a la sociedad.
La historia de la ciencia económica nos impulsa a la reflexión de que la llegada del capitalismo y de la revolución industrial aumentaron las relaciones comerciales y, al mismo tiempo, las prácticas ilegales, siendo Europa la expresión mas genuina para la ocasión. Para ese entonces, hubo el convencimiento de que en París el dinero corría sin control y lo corrompía todo, criterios que obnubilaron mentes ilustradas como la de Napoleón Bonaparte que solía decir a sus ministros que les estaba concedido robar un poco, siempre que administrasen con eficiencia.
Pero es que en la etapa primaria del capitalismo se suponía que la llegada de una nueva clase social al poder podía traer mayor transparencia y evitar los abusos que mantuvieron en atraso a la sociedad de entonces. Sin embargo, la realidad es que tampoco la burguesía iluminada pudo evitar caer en la tentación de usar la política para su enriquecimiento personal e iniciando un desenfrenado camino de la corrupción.
Es así como la génesis de la corrupción y el soborno es tan antigua que no se tiene con precisión cual fue el primer caso documentado de esta, aunque algunos historiadores se remontan hasta el reinado de Ramsés IX, 1100 a.C., en Egipto, como el hecho de referencia de esa inmundicia, que es la más repudiada lacra, que han generado los escándalos políticos más vergonzosos, provocando que los ciudadanos estén cada vez más indignados. Desde mediado del siglo XX, hasta la actualidad, con la consolidación del Estado de derecho se supone que este fenómeno debería tener cierta reprobación social.
Pero resulta que desde finales de la década de los setenta el fantasma de la corrupción desarrollaba sus tentáculos en America Latina, en particular Brasil, donde se constituyó una de las empresas de la construcción sustentada en la tecnología e impulsada por la familia Odebrecht para dinamizar el negocio inmobiliario en esa nación. Tan exitosas han sido sus operaciones que los herederos de la iniciativa la convirtieron en una multinacional que ha incursionado en el mundo con una maquinaria de sobornos para tratar de lograr o mantener contratos de obras pública, sobre la base de corromper los negocios, implementando así una modalidad de corrupción combinada entre el sector privado y el Estado.
Es durante el periodo 2001-2016 que esta empresa efectuó u ordenó pagos por alrededor de 439 millones de dólares en 11 países fuera de Brasil, nueve de ellos latinoamericanos, revelado por una investigación de EE.UU. Como consecuencias obtuvo unos beneficios por valor de más de 1.400 millones de dólares, según lo confesaron ejecutivos de esa empresa ante una fiscalía de USA y ser culpables del pago de sobornos, descubiertos en el marco de la investigación por corrupción, cuyos monto conlleva una multa de 3.500 millones de dólares fruto de sus acusaciones judiciales en EE.UU, Brasil y Suiza, situación que ha puesto a temblar el mundo económico y político brasileño y de America Latina.
La presencia de la multinacional Odebrecht en 28 países involucra una nomina de 168.000 empleados, en la que una parte tenía la misión de gestionar los sobornos en distintas partes del mundo y para ejecutar la misma pagaban cientos de millones de dólares en países de los tres continentes, revelaciones realizadas por los mismos ejecutivos en Brasil, lo que se conoce como ¨la confesión del fin del mundo¨. Pero es que la bomba Odebrecht ha provocado una grave crisis a su propia empresa con daños colaterales irreparables cuyo imperio ha pasado de tener beneficios de US$ 160 millones de dólares en el 2014 a sufrir pérdidas de US$100 millones de dólares en el 2015 y para el 2016 las calificadoras de riesgos la estiman un incremento de un 15%.
A raíz del escándalo Odebrecht, se marca un antes y un después del soborno y la corrupción en el continente, lo que sugiere tomar el control de la democracia urgente ya que si no se estaría aceptando la inmundicia de la financiación ilegal y el enriquecimiento ilícito como las normas y reglas predominantes. Esto nos obliga aceptar la posición del papa Francisco de que «a los políticos, empresarios y religiosos corruptos» no les basta con pedir perdón, sino que deben «devolver» a la comunidad lo que han robado. Pero se puede tener presente el quijote cuando exclama: “Yéndome desnudo, como me estoy yendo, está claro que he gobernado como un ángel”.