Theresa May firmó anoche la carta en la que comunica oficialmente la intención de Reino Unido de abandonar la UE. Ese gesto marca el momento de trazar un antes y un después, pues con ello arranca así una negociación que se cerrará en el plazo de dos años con la primera ruptura de la Unión desde su nacimiento en 1957. Y se abre un periodo de incertidumbre, con una vía de salida difícil de sellar en una Europa que arrastra aún los pies ante media docena de crisis, y un periodo de fragilidad interna en Reino Unido, con Escocia e Irlanda del Norte a disgusto con el divorcio entre Londres y Bruselas.
“Recuperemos el control”. “Que nos devuelvan el país”. “Brexit significa Brexit”.“Un acuerdo que funcione para todo Reino Unido”. Los eslóganes dirigidos al corazón y a las tripas con los que se ha construido el discurso del Brexit deben traducirse ahora, en el plazo de dos años que abre el artículo 50 del Tratado de Lisboa, en dos acuerdos: uno que fije los términos del divorcio, destejiendo una relación de algo más de 40 años, y otro que establezca el marco de las futuras relaciones entre la quinta economía y el mayor marcado único del mundo. Una labor colosal para la que no existen precedentes. Nunca antes, en sus 60 años redondos de historia, un país ha abandonado la Unión Europea. Esto es territorio sin cartografiar.
Poco aclara el tenor del artículo 50, en vigor desde 2009 y que contempla por primera vez la posibilidad de que un Estado miembro decida voluntariamente abandonar la Unión Europea, sobre el contenido de la carta. Sus 260 palabras, como ha reconocido uno de sus autores, el diplomático británico Brian Kerr, fueron redactadas para no utilizarse nunca. Pero las poco más de 2.000 palabras de la carta de May arrancan en un tono moderado, importante para el arranque de la negociación: «El 23 de junio, el pueblo de Reino Unido votó por salir de la UE. Esa decisión no es un rechazo a los valores que compartimos como europeos». Tusk ha sido rotundo: «No hay ninguna razón para pretender que este es un día feliz para los europeos y los británicos». «Pero hay algo positivo en el Brexit: nos ha hecho a los Veintisiete más determinados y más unidos que antes».
El objetivo de Europa es claro: minimizar «el impacto para los Estados miembros y para los ciudadanos». Nada cambia hasta que el acuerdo de divorcio se firme. Tusk ha pedido una salida «ordenada», ha anunciado que el viernes dará un mandato negociador a la Comisión Europea.
El comercio entre la UE y Reino Unido es prácticamente igual que el de la UE y Estados Unidos: solo un 20% menor. Una fractura abrupta provocaría graves costes en ambos lados, pero sobre todo en el británico: las exportaciones europeas a Reino Unido ascienden al 2,5% del PIB del continente, pero las exportaciones británicas a Europa suponen nada menos que el 7,5% del PIB de Reino Unido. Las inversiones son también muy elevadas, y perpetuar la actual incertidumbre provocaría un impacto enorme: de nuevo, más importante en suelo británico. Las previsiones son cualquier cosa menos fiable, pero ahí van: los europeos calculan que el divorcio tendrá un impacto de entre 0,1 y 0,5 puntos de su PIB en la UE hasta 2030; los británicos admiten que el impacto en Reino Unido puede ir de 1,3 a 4,2 puntos de PIB. En caso de terminar sin acuerdo, Reino Unido puede perder hasta 7,5 puntos de PIB hasta 2030. La quinta economía del mundo tiene un PIB de 2,4 billones de euros: ese 7,5%, si tiene visos de ser cierto, supondría una destrucción de riqueza de 180.000 millones de euros.
La postura de partida de Reino Unido en la negociación está relativamente clara: la esbozó la primera ministra en su discurso en la Lancaster House londinense el pasado 17 de enero, y la dejó por escrito en el llamado “libro blanco” de 75 páginas que remitió al Parlamento británico el 2 de febrero. Básicamente, sus prioridades son acabar con la libre circulación de personas entre Reino Unido y la UE, y salirse de la jurisdicción del Tribunal Europeo de Justicia. May reconoce y acepta que esas dos demandas implican la salida del mercado común. En la carta, May ha optado por un tono moderado, lejos de las arengas de los últimos meses: el Brexit «no es un rechazo de los valores que compartimos con los europeos, ni un intento de lastimar a la UE». «Esperamos lograr una relación profunda y especial», «como el vecino y amigo más cercano de la Unión una vez nos marchemos». «Hay que reducir en lo posible la perturbación en ambos lados» y «dar la mayor certidumbre posible lo antes posible» a los ciudadanos y a las empresas en el Reino Unido y en la UE.
Theresa May podrá tomar el pulso en lo inmediato cuando comparezca al parlamento, casi simultáneamente a la entrega de la carta, en la sesión semanal de preguntas a la primera ministra. Allí tiene previsto comunicar oficialmente a los diputados la activación del proceso. La verdadera talla política de Theresa May se medirá ahora, entre otras cosas, por la valentía que sea capaz de mostrar ante ese sector duro y ante el discurso populista de los tabloides.
También en el lado europeo la clave es la unidad. En los últimos nueve meses, la Europa en la encrucijada del tópico, la Unión que todos los clichés describen como dividida, ha sorprendido con un consenso inquebrantable en torno a la unidad de los Veintisiete, ya sin Londres. “No hay negociación sin notificación del artículo 50”, han dicho los líderes franceses y alemanes, italianos y españoles, finlandeses y checos, pese a que cada uno tiene sus intereses y a que Londres es un especialista consumado en el arte del divide y vencerás. El Gobierno británico ha flirteado con sus socios históricos, pero aparentemente ha mordido el polvo. La causa de ese consenso es que hay algo más que mucho dinero en juego: el futuro de la UE.