Hace poco menos de un mes que participé en el foro la Franja y a Ruta que se celebró en Beijing, evento que tuvo como anfitrión al presidente chino Xi Jinping y que contó, como escribí en un artículo anterior, con la participación de los mandatarios de Rusia, Grecia, Chile, Turquía y España; la presencia del secretario general de las Naciones Unidas, la directora general del Fondo Monetario Internacional; líderes políticos, empresariales, académicos e intelectuales de todo el mundo, con el propósito de conocer lo que podría ser la construcción de una nueva civilización como afirmó allí el líder ruso.
La Franja y la Ruta para mí, más que la reedición de la antigua Ruta de la Seda, como he afirmado ya, es la redefinición el concepto de globalización a la luz de una mirada de participación abierta, sin exclusiones, sin el sesgo que imponía Occidente, de dominación, sometimiento y verticalidad inclinada a sus intereses en el ámbito del comercio, la economía, la cultura y la política. Mencionar este acontecimiento para abordar el tema de la colonización no parece tener sentido, pero si decimos que este proyecto, por su carácter participativo y su espíritu de cooperación para el beneficio mutuo se abren las puertas para el emprendimiento de un camino que hundirá más en la obsolescencia al colonialismo, la conexión se advierte.
Y se avista porque el espíritu de esta propuesta se contrapone a la esencia del colonialismo, porque su espíritu responde a las fuerzas del desarrollo que han venido construyendo la Aldea Global de Marschall Mcluhan, un camino sin retorno que demanda una civilización de equilibrio, donde las mercancías, los bienes y los capitales circulen sin la dominación de los cañones iniciadas a mediados del 1400, cuando el rey de Portugal Enrique el Navegante dio inicio al colonialismo con la conquista de Madeira.
La primera etapa colonialista desatada por las monarquías absolutas en la que se sometían a los pueblos débiles para sustraer sus metales preciosos y convertirlos en consumidores de sus productos, fue superada por la que protagonizaron las fuerzas imperialistas que desataron guerras contra otros Estados para apropiarse de sus materias primas, a las que agregaban valor, para venderlas a los conquistados a precios de usura.
Sabemos que una colonia tiene, como el Estado, pueblo y territorio, pero que carece de dos de sus componentes: soberanía y poder político.
La nueva civilización que se pudiera construir desde una globalización con participación horizontal, basada en la cooperación para el beneficio mutuo, no deja espacio al dominio, al control de los mercados, de las finanzas, de la política ni de la cultura.
En este escenario de recomposición geopolítica, geoeconómica y geocomercial; de interdependencia y mutipolaridad, la colonización viene a convertirse en residuo de una civilización que vamos superando, por lo que, Puerto Rico, colonia arropada bajo el eufemismo de Estado Libre y Asociado, ha venido a ser un absurdo geoestratégico, como lo es también la presencia de bases militares en Guantánamo, un intento de dominio colonial fallido. Pero si mantener sojuzgada a Borinquén mediante paisajes jurídicos que dan una visión artificial, resulta irracional, lo de la recolonización a que están siendo sometidas las islas del Caribe holandés, va más allá de lo absurdo.
A Puerto Rico le han impuesto una junta de supervisión fiscal nombrada por el presidente de los Estados Unidos con plenos derechos sobre las decisiones fiscales y presupuestarias del gobierno puertorriqueño, lo que limita aún más el disminuido ámbito del gobierno colonial. Aunque sus líderes no entienden esto como el inicio de un proceso de recolonización, lo cierto es que admiten el afianzamiento del estatus colonial de la isla aunque tienen claro que han vivido peores momentos y sus hombres y mujeres han mantenido la resistencia, desde la lucha armada iniciada por el doctor Ramón Emeterio Betances y su sueño de la unión antillana, pasando por Rubén Berrios y Oscar López Rivera, hasta cada uno de los ciudadanos que en más de un siglo han mantenido su identidad latinoamericana.
La latinoamericanidad de Puerto Rico ha sido una bandera que ondea en lo más alto del mástil como un grito incesante de reclamo a su soberanía, a la construcción de un Estado que se una al concierto de naciones libres de América Latina y el Caribe, y esto resulta así a pesar de que el quinto plebiscito de estatus arrojó unos resultados que merecieron titulares anunciando un aplastante triunfo de la estadidad con cifra del 96 por ciento de los votos.
Visto en frío, y sin que se conocieran los detalles, el triunfo del partido en el poder que promueve que Puerto Rico se convierta en un estado más de los EE.UU., la consulta no vinculante revelaría que casi la totalidad de los puertorriqueños anhela ser estadounidense. Pero no. La cuestión de los pormenores nos lleva al dato de que los partidos que no quieren la estadidad triunfaron, porque el llamado a no participar en la consulta fue acogido por cerca del 70 por ciento de los ciudadanos; dicho de otra manera, solo el 20 por ciento acudió a las urnas, y de ese magro porcentaje se alimentaron los titulares para proclamar el “aplastante triunfo” del oficialismo.
Esta última batalla en Puerto Rico me recuerda como subtituló Juan Bosch su libro sobre la historia del Caribe desde la llegada de los conquistadores españoles en 1492, hasta el arribo al poder de Fidel Castro en 1959, “el Caribe, Frontera Imperial”, donde se desataron todas las fuerzas coloniales europeas; aunque fue aquí también donde se inició la resistencia con el cacique Hatuey, un taíno nacido en La Española, lo que hoy es Republica Dominicana y Haití, que siguió el esclavo africano Lemba en ese mismo territorio, brega que culminó en la isla con la primera independencia de América Latina y el Caribe, proclamada al Oeste en 1804 por Jean Jacques Dessalines.
Carlyle Corbín, miembro del Comité de Descolonización de las Naciones Unidas y experto en descolonización, ha afirmado que es en América donde se registra la mayor cantidad de colonias, y Las Malvinas es otra de las tantas, por lo que la barrida del colonialismo debe ir desde la Patagonia hasta el río Bravo, para que tengamos pueblos soberanos compartiendo soberanía en la Patria Grande, en el gran pueblo que nos da identidad, hermandad y que se abrirá espacio, como de hecho se está abriendo, en el nuevo esquema globalizador para que nos convirtamos en una región próspera con sociedades justas construidas desde la integración comunitaria.