Una calle peatonal en Barcelona se llenó de sangre. Las redes sociales mostraban imágenes conmovedoras de cuerpos ensangrentados dispersos por todos lados. Sirenas aullaban mientras la gente corría sin dirección definida, asustada y en una actitud de auxilio confusa que movía la acción hacia los casos de mayor gravedad donde debían concentrarse las urgencias. Muchos yacían inertes, parecían cuerpos sin vida; otros se movían entre mugidos y gritos de dolor. El escenario era dantesco y triste, la rabia parecía mezclarse con la impotencia mientras se asomaban individuos en busca de informaciones que despejaran sus dudas sobre algún familiar afectado.
Momentos antes terroristas a bordo de una furgoneta avanzaron sobre las personas que se encontraban en la peatonal. El vehículo corría a una velocidad que superaba los 80 kilómetros por hora dejando un balance de 13 muertos y un centenar de heridos, números que comenzaron a conocerse en breve tiempo, porque no solo las redes sociales a fuerza de imágenes daban cuenta de lo ocurrido, sino que los medios de comunicación tradicionales se concentraron en el suceso: primeras planas, boletines especiales, cobertura en directo, paneles con expertos en terrorismo; en fin, por horas el mundo occidental parecía paralizado.
Pasadas las horas y los días, seguía (y sigue) la atención de los medios concentrada en aquel episodio terrorista. A los muertos y lesionados le agregaron información sobre los autores del crimen: sus edades, nacionalidades, religión, color de piel, orígenes, domicilio y todos los detalles que uno pueda imaginar sobre los criminales. Agotado ese capítulo comenzó el proceso de disección de las víctimas: cuántos eran turistas, cuántos nacionales, europeos o estadounidenses; cuántos italianos, franceses, y el etcétera de países que siguen, para luego pasar a identificar a las víctimas con una pequeña reseña sobre sus vidas, la que incluía sus actividades profesionales; madres, padres, hijos e hijas, hermanos, hermanas y hasta sus pasatiempos.
Horas antes del hecho de marras la coalición liderada por Estados Unidos perpetró un ataque en la ciudad siria de Raqa que mató a 17 personas; todos niños y mujeres, según informó la agencia de noticias SANA, que dio cuenta además de que decenas de personas resultaron heridas. La información establece que fue un ataque aéreo contra el Estado Islámico, solo que los muertos fueron civiles como ha ocurrido durante los últimos meses en los que han perdido la vida 169 personas de acuerdo a un conteo de la agencia de noticias Reuters.
Esta agencia afirma que “el 5 de agosto la coalición bombardeó un hospital en la misma ciudad con más de 20 proyectiles de fósforo, un arma prohibida bajo el protocolo III de la Convención sobre Armas Convencionales”. Pero es seguro que la mayoría de los que leen este artículo no está enterado, porque para esto no hay cobertura especial en directo, ni primeras planas; pues aquellos muertos invisibles, que nos hacen ver como parte de los escombros; no merecen la atención de Occidente.
Así funciona la prensa del “Oeste”, callando, ocultando o manipulando, por esto dice Mark Thompson, exdirector del diario BBC y actual presidente y consejero delegado de The New York Times en su libro “Sin palabras”, que los medios inventan comentarios que usan a modo de titulares como si fueran una cita real. Es esta la razón por la que los occidentales no lloramos a los inocentes que mueren a manos del terrorismo de Estado occidental.