Opinión

¿Es el bitcoin un riesgo?

Desde su invención, el dinero siempre ha generado curiosidad e incertidumbre, de tal suerte que 670 años antes de Cristo el historiador griego Herodoto tuvo dudas del uso de los objetos que sirvieron como medio de intercambio. Por tales razones, se recurrió a la compensación, o cambalache de productos, a lo que se denominó en la historia del dinero como trueque.

Es en tales circunstancias que la aparición del dinero fue fruto de un proceso espontáneo en el que alguien se da cuenta de la existencia de algún bien que es especialmente valorado, subjetivamente, por la comunidad a la que pertenece. Pues para reconocer la importancia del uso del dinero como medio de referencia del valor de la riqueza generada se pasó de la incertidumbre a la confianza, siendo esta la piedra angular e impulsora de la existencia del dinero como forma de expresión del bienestar.

Al generalizarse el uso y confianza de lo que pasaba a denominarse dinero, se inventaron las monedas como mecanismo de agilizar los intercambios y abandonar la práctica del trueque, el cual fue una innovación y cuya creación es atribuida a los griegos y asumida por todas las naciones. La curiosidad descansa en que estas estaban fabricadas a partir de electro, una aleación de oro y plata, y acuñadas a martillo con su peso y la marca de la autoridad emisora, cuyo monopolio fue otorgado a los bancos centrales en la época moderna.

A raíz de que se usaba el dinero en las transacciones comerciales y financieras, la circulación de este ha contado con el respaldo del Estado, por lo que a los billetes y monedas se les identifica como dinero fiduciario, esto es, confianza o de circulación legal. Esa es la justificación por el cual el calificativo de dinero es atribuido a cualquier instrumento aceptado por la sociedad en general como medio de pago de cambio, como unidad de cuenta y ser depósito de valor.

Si un objeto utilizado como dinero no reúne las condiciones señaladas y si no tiene el respaldo legítimo del Estado, no cumple con las características prudenciales para denominarse dinero ni mucho menos ingresar al mercado de divisas. En tal virtud, lo que recientemente aparece con el calificativo de criptomonedas o moneda digital no debe asignársele el mismo, ya que esta simplemente se compone de una especie de monedas digitales fundamentadas en la criptografía o jeroglífico. Como se puede apreciar la criptografía, o jeroglífico, no tiene circulación física ni respaldo legitimado lo que la convierte en un instrumento propio de un contexto especulativo. Esta afirmación encuentra su fundamento en los criterios del Banco Central Europeo que interpreta a la moneda virtual como “un tipo de dinero no regulado, digital, que se emite y por lo general controlado por sus desarrolladores, y utilizado y aceptado entre los miembros de una comunidad virtual específica”. A la luz de la razón, la moneda virtual responde a la dinámica de una comunidad digital que procura el afán por el lucro desmedido y que tiende a insertase en la economía real y los mercados financieros por canales habilitados para las operaciones legítimas. Pues es en esos espacios comerciales y financieros que estas actividades digitales se convierten en un catalizador activo de grandes potencialidades de riesgos que pueden influir de manera perniciosa al ser una amenaza para la estabilidad financiera global.

En la actualidad la criptomoneda que penetra como transacciones virtuales se identifica como Bitcoin, que son monedas digitales basadas en una alta innovación tecnológica, la cual ha invadido los mercados financieros desde el 2008. Pero es que las transacciones de Bitcoin se producen a través de códigos secretos que protegen todas las actividades y cuentas de los usuarios que proliferan a través de la red, convirtiéndose esta modalidad en el principal riesgo inherente de dichas transacciones.

Es interesante observar que las transacciones de bitcoin tiene como plataforma un archivo informático con un código único cuya compra se realiza por Internet. Estas operaciones al registrarse son difíciles de identificar a quien corresponden, ya que las mismas son anónimas, pués sin lugar a dudas, estas no tan solo son espacios especulativos, sino que también, son un terreno fértil para el éxito del blanqueo internacional de capitales.

No debe confundirse las operaciones de bitcoin con las operaciones que se realizan del comercio electrónico a través de tarjetas de créditos, las cuales gozan de legitimidad y credibilidad, aceptada en la legislación bancaria de cada país. Dado que la moneda virtual no es respaldada por el Estado ni dependen de las entidades financieras, estas transacciones “online” tienden a perturbar la estabilidad del sistema bancario y pueden desnaturalizar la política monetaria, dándole una estocada mortal al Banco Central.

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