Opinión

La crisis de Ucrania y el nuevo orden mundial

Durante los últimos días, la crisis política en Ucrania ha experimentado un proceso de escalamiento de tal envergadura que la ha convertido en el más dramático y peligroso conflicto entre los Estados Unidos y Rusia, luego de la caída de la Unión Soviética en el 1991.

Por el tono que dicha disputa ha tomado, la cual ha requerido dos intervenciones públicas por parte del presidente norteamericano Barack Obama, algunos analistas se preguntan si esto significa un retorno a los viejos tiempos de la Guerra Fría entre las dos superpotencias.

Obviamente, la respuesta es negativa, pues a pesar de las inocultables discrepancias actuales entre ambas naciones, en realidad éstas nada tienen que ver con lo que significó esa etapa reciente de la historia de la humanidad, la cual se extendió por más de cuatro décadas.

La Guerra Fría, como se sabe, fue más que una simple disputa entre naciones. Fue una rivalidad, de carácter bipolar, entre las dos grandes superpotencias nucleares de la época, los Estados Unidos y la Unión Soviética, por razones ideológicas, entre el marxismo y el liberalismo; por formas de organización económica, social y política, entre el capitalismo y el socialismo; por razones de competencia militar y tecnológica; y hasta por diferencias culturales y estilos de civilización.

La Guerra Fría, que conllevó a conflictos armados en las zonas de influencia de ambas superpotencias, culminó, sin la ocurrencia de ningún tipo de conflicto bélico, con la desintegración de las democracias populares en Europa del Este a fines de la década de los ochenta y el desplome, como ya se indicó, de la Unión Soviética, en el 1991.

Al producirse la extinción de lo que históricamente fue considerado como el bloque socialista, surge una nueva época que a falta de un nombre más apropiado se le ha identificado, indistintamente, como Nuevo Orden Mundial o período de la post-Guerra Fría.

De la Unión Soviética a la comunidad de Estados Independientes

Con la disolución de la Unión Soviética se crea la Federación Rusa, la cual, en la actualidad, representa al país de mayor territorio en el mundo, con 17 millones de kilómetros cuadrados.

Ese país es, al mismo tiempo, un Estado multi-étnico, con más de 100 nacionalidades y una estructura federal que incluye regiones, repúblicas, territorios y otras unidades administrativas.

En adición, con la excepción de los tres Estados del Báltico, que son Estonia, Lituania y Letonia, se dio origen a una nueva estructura política y administrativa, que fue la Comunidad de Estados Independientes, integrada por 12nuevos Estados-naciones, los cuales habían sido parte de las repúblicas socialistas soviéticas.

Esos nuevos Estados fueron, por un lado, los de la parte de Europa, que son Bielorrusia, Moldavia y Ucrania; los del Cáucaso, compuestos por Georgia, Armenia y Azerbaijan; y los de Asia Central, de los que forman parte todos los que terminan en tán, esto es, Kazajastán, Uzbekistán, Kirguitán, Turkmenistán y Tayikistán.

Ahora bien, a pesar de esa nueva forma de organización, era la primera vez, en cerca de 400 años, desde que la dinastía monárquica de los Romanov empezó a expandirse, que el Imperio ruso, luego consolidado por la Revolución bolchevique con la creación de la Unión Soviética, se había visto tan reducido en sus dimensiones y tan limitado en sus alcances.

Es por eso, tal vez, que al referirse a la desaparición de la antigua Unión Soviética y a su fragmentación en esos 12 nuevos Estados-naciones, el presidente ruso, Vladimir Putin, haya sostenido que se trata de la catástrofe geopolítica más importante que se registra en el siglo XX; y es que además del debilitamiento, en todos los órdenes, que implicaba para Rusia, venía a significar un cambio radical de paradigma en el funcionamiento del sistema internacional.

Por de pronto, esos nuevos países tenían que procurar su lugar en el mundo. Eso implicaba elaborar políticas de inserción internacional. Saber dónde se encontraban sus potenciales aliados y donde sus adversarios. Pero, además, definir su relación, con los cuatro más importantes polos de poder en el mundo en estos momentos: Estados Unidos, Europa, Rusia y China.

Debido a relaciones tensas que por razones de etnicidad, nacionalidad, cultura, lengua y religión, algunos de los nuevos Estados habían tenido con la antigua Unión Soviética, empezaron a cultivar nuevas relaciones, tanto con Europa como con los Estados Unidos.

Ese fue el caso, en principio, como hemos dicho, de los Estados del Báltico, que pasaron a ser miembros de la Unión Europea, así como a integrarse dentro del pacto militar de protección de los intereses del mundo occidental, conocido como Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

Pero además, de otros, que como Georgia y Ucrania, también procuraban fortalecer vínculos con Occidente, que eran percibidos por Rusia como perjudiciales a sus intereses estratégicos de convertirse nuevamente en una fuerza política influyente en el mundo global.

En cada uno de esos casos, se presentaban conflictos, que a veces culminaban en confrontaciones armadas, como ocurrió en Geogia en el 2008, y que dio lugar a la separación de dos de sus provincias, Osetia del Sur y Abjazia, convertidas en nuevos Estados independientes, aunque con escaso reconocimiento internacional.

Y es lo que también ha acontecido con Ucrania, que es un país dividido entre un sector, que se encuentra en la parte occidental, en favor de los Estados Unidos y Europa, y otro, más hacia el Este y el Sur, que por razones históricas y de cultura, se inclina por Rusia.

Ante el golpe de Estado ocurrido contra el presidente Víctor Yanukovich, al suspender las negociaciones para un Acuerdo de Asociación con la Unión Europea, y la instalación de un nuevo gobierno, más favorable a Occidente, Rusia interviene, promoviendo un referéndum de separación de la península de Crimea, donde predomina una población de origen ruso, y además, donde se encuentra instalada su base naval en el Mar Negro.

Posicionamiento geopolítico

Así pues, más que un resurgimiento de la Guerra Fría, lo que puede apreciarse, actualmente, en el ámbito internacional, es un lucha o tensión entre los principales polos de poder, y muy especialmente, en el caso que nos ocupa, entre los Estados Unidos y Rusia, por lograr un nivel de posicionamiento de carácter geopolítico.

Ese nivel de posicionamiento les permitirá defender mejor sus intereses nacionales, apoyar sus aliados regionales y desempeñar un rol más relevante en un mundo globalizado, cada vez más interdependiente e interconectado.

Por eso, la crisis de Ucrania y la anexión de Crimea, para ser comprendidas en toda su amplitud, tienen que ser colocadas en un contexto más amplio, que implica descifrar el objetivo estratégico que se ha trazado el presidente Vladimir Putin.

Ese objetivo no es otro que el de restaurar el prestigio global de Rusia como una gran potencia, esparcir su influencia y establecer su dominio sobre el antiguo espacio soviético; y eso pretende alcanzarlo por medio de la creación de la Unión Económica Euroasiática, que procura, por medio de las antiguas repúblicas soviéticas, constituir un poder que iría desde el Océano Ártico hasta el Océano Pacífico y desde el Mar Caspio hasta el Mar Negro.

Eso, por supuesto, encuentra resistencia, tanto dentro como fuera de Rusia. Desde dentro, a través de Georgia, Ucrania, Azerbaiján y Moldavia, que han creado el grupo conocido por sus siglas como GUAM,; y desde fuera, por medio de los demás polos de poder, fundamentalmente, de los Estados Unidos y la Unión Europea.

Con respecto a estos últimos, un elemento de su estrategia geopolítica ha consistido en procurar el debilitamiento de Rusia. Eso se ha pretendido alcanzar a través de la expansión de la OTAN hacia las fronteras con Rusia, lo cual afecta su zona de seguridad; por medio de la incorporación de antiguas repúblicas soviéticas a esa organización regional militar; la instalación de misiles de defensa en Europa del Este; y la promoción de actos de desestabilización política en la región, en base a la doctrina de cambios de régimen.

No obstante, aparte de esas tensiones geopolíticas entre los principales actores del sistema global, se generan, al mismo tiempo, acciones de cooperación. Es lo que ha ocurrido, por ejemplo, entre Rusia y Estados Unidos, en los casos recientes de Siria e Irán, en los que ha habido un esfuerzo de colaboración para resolver esos conflictos por vía diplomática.

Ahora, con los casos de Ucrania y Crimea, se han producido sanciones simbólicas contra Rusia por parte de Estados Unidos y la Unión Europea.

Pero eso, más que un resurgir de la vieja Guerra Fría, entre superpotencias con capacidad nuclear, hay que interpretarlo como parte de una lucha geopolítica, en la que Rusia aspira a rescatar su dominio sobre el antiguos espacio soviético y los Estados Unidos a reafirmar su credibilidad como superpotencia global.

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