Humberto Almonte
Las tradiciones son costumbres establecidas a lo largo del paso de los años hasta que sus inicios se pierden en las brumas de la memoria, lo cual nos hace creer que han existido toda la vida, que están ahí desde el inicio de los tiempos.
Dos mil años son toda una eternidad para cualquier ser humano y aunque el promedio de vida aumenta con el progreso de la ciencia y los cuidados a la salud, no alcanzamos a vivir esos años como lo pueden hacer las tradiciones, como pasa con la tradición cristiana de la Semana Santa.
La conmemoración anual de la pasión, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret está marcada por una intensa actividad litúrgica para una gran cantidad de cristianos que asisten a misas, procesiones y representaciones organizadas por las jerarquías eclesiásticas. Pero estas se ven teñidas de los aportes populares en los diferentes países donde se practican.
La celebración de la Semana Santa se ve reflejada en la cinematografía por medio de una variedad de películas que se enfocan en la figura del Mesías y de los apóstoles, en los romanos y en los hechos protagonizados por los anteriormente mencionados.
En Semana Santa se exhiben una gran cantidad de filmes en los canales de TV, ya sean repeticiones o estrenos, al igual que en las salas de cine que vuelven a poner en cartelera los clásicos religiosos, nuevas versiones de estos y las que tocan el tema aún sea de soslayo.
El tratamiento que dan los cineastas latinoamericanos a la Semana Santa está inmerso en la religiosidad popular, con unas lecturas teológicas y sociológicas de gran profundidad dada la importancia de estas creencias para nuestros pueblos.
El cubano Tomas Gutiérrez Alea dirigió una de sus grandes películas con un guión construido a partir de una anécdota narrada en el libro El Ingenio de Manuel Moreno Fraginals, en donde el dueño de un ingenio, el Conde de Bayona, ofrece a sus esclavos un remedo de aquel Jueves Santo donde Jesús lavó los pies de los apóstoles, los sentó a la mesa y les sirvió la cena. El Conde, en un alarde de profundo cristianismo quiso hacer lo mismo con los esclavos, por lo menos en la superficie, como una representación vacía de verdadera espiritualidad pero muy apropiada como bálsamo para calmar sus complejos de culpa.
La película estructura su contenido para ilustrarnos sobre los mecanismos de producción que se apoyan en la esclavitud para acumular bienes de capital en alianza visible con la jerarquía de la iglesia, la que valida con su actuación el desapego hacia los que estaba llamada a defender de acuerdo con sus principios y su discurso.
Gutiérrez Alea se introduce en los vericuetos de la teología para construir una discusión entre amos y esclavos, desmontando la falsa piedad del Conde, representante del poder económico y político, desnudo ya de su coartada religiosa.
El director de fotografía, Mario García Joya, en un alarde estético de grandes vuelos, traduce visualmente la propuesta argumental del director para entregarnos una muestra de cine con mayúsculas, una cumbre cinematográfica de este continente.
Los esclavos preguntan, argumentan y escuchan al gran señor, quien despliega toda su falsa piedad para prometerles una liberación y una igualdad que llegara al otro día, el Viernes Santo. Lo hace de la forma como solía responder el poder de la época a las aspiraciones de esos maltratados seres, con torturas, muertes y endurecimiento de las condiciones de trabajo.
El filme trata a los esclavos como individuos con las características que los diferencian a unos de los otros, renunciando al paternalismo como mecanismo de identificación con el público.
Aquí, el banquete de los esclavos- apóstoles, que preside el Conde- Jesús es el ágora donde unos y otros constatan las insalvables diferencias de sus visiones e intereses, pese al aparentemente afable ambiente que se respira.
El Conde lanza su discurso justificador lleno de verdades con apariencias absolutas, usando como muletilla un cristianismo que se revela ampliamente retórico, justificador de las desigualdades de clase y muy alejado del espíritu bíblico.
El cura y el maestro del azúcar, pese a sus devaneos liberales, se ponen de parte del amo al estallar el conflicto, alineando la religión y la ciencia con los interese financieros, como normalmente ha pasado a lo largo de la historia.
Al final, Gutiérrez Alea toma partido por el realismo mágico cuando Sebastián escapa merced a sus poderes, mientras que el Conde se regodea con los esclavos crucificados en ese Viernes Santo sangriento.
Las trascendentes discusiones que el cineasta plantea deberían ser estudiadas por los teólogos de nuestro continente, porque la exposición del Conde con sus paralelismos jalados por los pelos, trata vanamente de barnizar las desigualdades y de darle consistencia bíblica a la esclavitud. Solo las preguntas, observaciones y dudas de los esclavos constituyen un notable tratado teológico-estético.
La autenticidad en la película se logra, no solamente por la filmación en lugares que guardan similitud con aquellos donde se desarrollaron sucesos similares, además con los precisos patrones y las lingüísticas de la época y el documentado estudio de los usos y las costumbres de los ingenios azucareros y sus habitantes.
El director se ha concentrado en la sicología de cada personaje, en las situaciones más que en los aspectos técnicos y formales, de ahí la verosimilitud que desprende el filme, liberado de esos tecnicismos inútiles que lastran los contenidos, desnaturalizando las obras fílmicas.
La redondez de La Ultima Cena en sus actuaciones, dirección, fotografía, guión, música, etc., la convierten en una obra maestra, y colocan a su director, Tomas Gutiérrez Alea, en la primera fila del cine de autor.