Opinión

¿Estado administrador ineficaz o estado que asume riesgos?

Explicar el rol del Estado partiendo de los “fallos del mercado” oculta una de sus actividades principales: la que tiene que ver con su rol visionario al realizar inversiones en áreas estratégicas que no resultan atractivas para los empresarios.

Las imperfecciones o “fallas” surgen de la falta interés del capital en investigación básica (externalidad positiva), incorporación del coste ambiental implicado en las actividades productivas (externalidad negativa) o los altos riesgos asociados a determinadas inversiones. De aquí que el Estado debería dedicarse a invertir en investigación básica (I + D), cobrar impuestos a las empresas contaminantes, financiar infraestructuras básicas y fomentar el espíritu innovador en el sector empresarial más dinámico. Este enfoque es útil pero no descubre toda la verdad sobre las responsabilidades reales asumidas por el Estado en los últimos tiempos.

¿Va más allá el Estado de las Fallas del Mercado?

La cuestión radica en poder precisar si realmente el Estado ha hecho más de lo que a priori se le imputa como sus áreas de trabajo e intervención, o si aquellos estados que ni siquiera han podido hacer aportes estimables en cuanto a corregir las fallas del mercado, tienen algún potencial para hacer las cosas de otra manera y ampliar sus horizontes funcionales.

Ciertamente, el Estado moderno de los países desarrollados, en todos los lugares, puede considerarse, con más y con menos, visionario, diligente, desafiante y atrevidamente emprendedor en el sentido de que, de hecho, asume, en la acepción del economista de la Universidad de Chicago Frank Knigth, riesgos “no medibles”.

Sabemos que el Estado complace, a menudo, a las empresas tratando por diferentes vías de dinamizar sus iniciativas, reduce impuestos con el objetivo de propiciar las inversiones “alocadas” de Steve Jobs que casi nunca se producen en las etapas tempranas del esfuerzo innovador, a menudo hace más eficiente sus “molestosas” regulaciones y asiste de múltiples formas a las pequeñas y medianas empresas, con frecuencia partiendo de la errónea creencia de que lo pequeño encierra mayor “potencial emprendedor” que lo grande.

En cuanto al proceso real de las grandes inversiones en la gestación de muchos nuevos sectores económicos vanguardistas, se ha podido documentar profusamente que el capital privado siempre llegó tarde en sus etapas tempranas:

“En Biotecnología, nanotecnología e Internet-subraya Mazzucato-, el capital riesgo llegó de quince a veinte años después de que se hubieran realizado las inversiones importantes con fondos públicos…la historia demuestra que aquellas áreas del panorama de riesgo (dentro de los sectores en cualquier momento de tiempo, o al principio de los nuevos sectores) que se definen por ser intensivas en capital, intensivas en tecnología y con mayor riesgo de mercado tienden a ser evitadas por el sector privado y, por consiguiente, han requerido grandes cantidades de financiación pública (de diferentes tipos), así como la visión y el liderazgo del sector público para hacerlas despegar”.

Aquí entra el poder legislativo. No se trata únicamente de exigir más financiamiento en los mencionados sectores, los cuales están decidiendo el futuro de la humanidad, sino de que las empresas asuman su compromiso aumentando su propia inversión y priorizando la innovación.

Un caso muy ilustrativo, que trae de ejemplo Mazzucato, es la poderosa industria farmacéutica. En ellas “…existe la tendencia en aumentar las inversiones en I + D del sector público, mientras que el gasto del sector privado está disminuyendo”.

Como evidencia, la autora cita el gasto de los Institutos Nacionales de Salud, los cuales han alcanzado los 300,000 millones de USD en la última década (30,900 solo en 2012), involucrándose cada vez más en la componente de “desarrollo” de la I +D. Tenemos que no solo estas entidades públicas asumen los mayores costes relativos al desarrollo de fármacos, sino que la contribución privada tiende a reducirse siendo particularmente crítico el cierre por algunas de ellas de sus laboratorios de I +D.

“Los nuevos fármacos más radicales-apunta la autora- han estado saliendo de los laboratorios públicos, mientras que las farmacéuticas privadas se han preocupado más de los fármacos “yo también” (ligeras variaciones de los fármacos ya existentes) y de comercializarlos”.

La tendencia es menos inversión privada en I + D a nivel de grandes conglomerados, integración de las pequeñas empresas en biotecnología y de los laboratorios públicos, fortaleciendo las alianzas con ellos, y comprar e incorporar los conocimientos “ajenos”. En esta estrategia, la reducción y no el incremento de la inversión en I + D en las propias empresas, es la línea de acción fundamental.

Ecosistemas de Innovación Simbióticos Vs. Ecosistemas de Innovación Parasitarios

“Ecosistema” es una forma moderna de denominar los sistemas de innovación. Uno “simbiótico” es aquel en que el Estado y los actores privados se benefician mutuamente; uno “parasitario” se refiere a un sector privado que es capaz de obtener sustanciales apoyos de un Estado al que, por lo demás, se niega a financiar y reconocer.

Cuando el Estado invierte decididamente en el ecosistema de innovación, podría esperarse que el sector privado invierta menos y utilice el ahorro retenido para financiar beneficios de corto plazo o para asegurar negocios que entiende son de rápida y segura recuperación. Es menos probable o casi nunca cierto que invierta en formación de capital humano, adquisición de nuevas tecnologías o investigación básica.

Ecosistemas de Innovación Parasitario Dominicano

Hagamos una digresión que creemos pertinente.

Lo dicho anteriormente es especialmente cierto en República Dominicana donde el ahorro de las empresas resulta sustancial si restamos del monto total de las contribuciones impositivas las multimillonarias exenciones que en sus diferentes vertientes buscan “promover la conducta competitiva” o, más exactamente, defender mercados y garantizar la sobrevivencia de las empresas en ellos (lo cual es absolutamente inaceptable en las nuevas condiciones del nuevo sistema de comercio mundial).

Los excedentes de ahorro del sector privado, sin que se entienda que tratamos de minimizar las distorsiones macroeconómicas que afectan su generación, no se canalizan al fortalecimiento de los pivotes de la competitividad dinámica ni a poner a las empresas o a una masa crítica de ellas en condiciones de competir en los mercados globales. Sin dudas, estamos hablando de otro Estado, no del que describe Mazzucato en su magnífica obra. En efecto, se trata de un Estado que va a la zaga de un sector privado que parece no interesarle ir adelante. Estamos, pues, en el caso de países con las características del nuestro, ante un “Ecosistema de Innovación Parasitario”.

Por el lado del Estado, destina una proporción no despreciable de sus recursos a exenciones, pagos de compromisos externos no productivos y empleomanía, a la vez que da un harto deficiente seguimiento a los nichos globales de oportunidades aprovechables. Tampoco se preocupa mucho por reducir, a partir de sus propias capacidades, las barreras de acceso a los mercados organizados.

Por el lado del sector privado, que sigue en la cómoda pero peligrosa postura del riesgo percibido, no logramos ver con claridad los avances en términos de apropiación de conocimientos nuevos e inversiones en sectores o rubros vanguardistas. Es decir, su interés en inversiones en I + D, salvo tres o cuatro excepciones loables, es prácticamente nula. Obviamente, dada la composición del sector industrial dominicano, en el que predominan pequeñas y medianas unidades, la actitud del Estado debería ser más agresiva y mucho más estratégica.

Invertir allí donde el sector privado no lo haría nunca

Por tanto, se requiere, tanto en el escenario de los países desarrollados (donde tenemos los mejores ejemplos) como en de las economías emergentes y económicamente rezagadas (en las que el Estado es un catalizador deficiente de “iniciativas privadas”), un Estado emprendedor con la capacidad de invertir “…en áreas en las que el sector privado no invertiría ni aunque tuviera los recursos”.

Está fuera de discusión que un Estado visionario, que asume riesgos, que es audaz y que actúa en base a lineamientos clave preconcebidos de desarrollo económico y progreso social, es el que conviene a todos.

Del mismo modo, conviene igualmente un sector privado cuyas iniciativas no tengan las supuestas o reales restricciones de ahorro como un límite infranqueable y como un pretexto. Es necesario que supere su falta de valor, la mentalidad perniciosa de “lo de siempre” y que entienda una de las más grandes enseñanzas del aporte de Mazzucato: la entrada en los nuevos sectores (aunque sea en el contexto de grandes cadenas de valor, añadimos nosotros) no la deciden los beneficios, “sino las tecnologías previstas y las oportunidades de mercado”.

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