Opinión

Cómo marcar la diferencia

Marcar la diferencia entre lo regular y lo excelente, es algo imprescindible para el individuo humano del presente. Y esto es así, porque la gente común se conforma con hacer las cosas como todos los demás las hacen, superando lo pésimo por unos pocos puntos, para conformarse con una labor regular. Esto es ser alguien estándar en el existir humano. A la gente común le encantan las comodidades del no me importa, del riesgo cero y del eso no es conmigo. Arrellanarse en un sillón a ver pasar su propia vida con unos propósitos mínimos. Lamentablemente existen muchos individuos con actitudes en ese sentido y por eso baja su valor en el mercado de las oportunidades, que se abre a las posibilidades humanas. Para ser alguien diferente en cualquier actividad, debemos trascender lo posible para lograr lo imposible. En la vida diaria hace falta hacer lo imposible por cambiar las rutas ya cansadas por la rutina del tránsito de lo mismo.

Superar la rutina de unos caminos, que de tanto ser transitados ya no ofrece ninguna incertidumbre, ningún reto al que los camina. Es penoso hacer de nuestras actividades amasijos de rutinas, en donde ha desaparecido el asombro. El dinamismo de la vida exige cambio constante, porque lo nuevo proporciona el lubricante de la armonía, de la belleza del descubrimiento perenne del hombre y de la mujer. Cuando no eres capaz de encontrar cosas nuevas para ser indagadas, entonces necesitas reorientarte con urgencia, aminorar la velocidad y hacer retrospección, en un mundo que hemos complicado con nuestras acciones cotidianas.

Somos nosotros los que nos complicamos en los avatares diarios y perdemos el norte de nuestra ruta, volviéndonos incapaces de animarnos y animar a otros en las diversas áreas en que nos desenvolvemos dentro de la sociedad. Falta mucha animación y falta también orientación de unos terceros difíciles de encontrar, sin que estén dañados porque sirvan a planes de otros y lo hagan sin comprender lo que está sucediendo a su alrededor. Estos personajes abundantes en el género humano, son incapaces de profundizar en los por qué y los para qué. Falta mucha orientación en la sociedad de hoy, saturada de información basura, la que ha sido construida a través de la teledirección y todo el mundo digital, pero lo más preocupante de todo esto es, que la mayoría de veces se manipula la información para beneficiar a alguien. Nunca como hoy la humanidad necesita de orientación filosófica, para reflexionar la moral, la espiritualidad y el papel del presente en la construcción de los futuros por venir.

Tenemos que rever los valores, porque ellos son hitos que marca diferencia entre unos individuos y otros, entre unas organizaciones y otras. Necesitamos pluralidad, para que reine la tolerancia real, la que se da en la práctica del quehacer diario, no la tolerancia del discurso demagogo y muchas veces cínico. Necesitamos pluralidad en donde el dialogo, el debate y la disciplina consciente alimente la toma de decisiones en todos los niveles de la convivencia organizacional social y popular. Necesitamos hablar, en ese orden, no solo de los derechos, sino de los deberes.

Necesitamos restablecer la reflexión y el análisis, para bridar la opinión vacía de las pruebas necesarias para poder asomarnos a la justicia. Necesitamos consecuencias para todos los comportamientos, esto empezará a medir nuestro desempeño individual y social. Necesitamos actores capaces de lidiar con los riesgos del “no se puede” aunque bajen los números de popularidad. La gente común necesita que se ayude a crecer, para que pueda utilizar el raciocinio por encima de la emotividad que llena de nirvanas al espíritu.

Siempre les digo a mis alumnos, que el presente no tiene remedio. Y les puntualizo acerca de que es en el futuro donde debemos cifrar las esperanzas de cambio real. Y les afirmo dolorosamente, que nosotros no tenemos remedio. Y les argumento mis por qué, para afirmarles enfatizar en que estamos dañados por la percepción esparcida en una construcción fatal, dañadora del existir presente. Nadie está a salvo de la malquerencia de la opinión, de los manejos interesados de los temas puestos en agenda para bañar de un elixir emocional -no racional- a la gente que oye, que ve y lee, con el objeto de narigonear a través de supuestas “verdades irrefutables” construidas a golpes de palabras y gestos, enunciadas por héroes del audio, los textos y los videos.

Tenemos que cambiar la forma de hacer escuela, porque es en el aula donde está la clave del cambio, porque ella alberga al futuro ciudadano. No podemos permitir, que entrampen a los futuros ciudadanos y ciudadanas, tal y como nos entramparon a nosotros, al egresar de las academias superiores, que no respondían a la realidad de nuestras generaciones, incapaces de flexibilizar su egoísmo, incapaces de auto cambiar sus prácticas docentes, incapaces de visualizar su verdadero rol social y la mayoría de nosotros hemos hecho lo mismo, porque fue lo que nos enseñaron en las aulas.

Hay que cambiar el aula, para que vuelva a ser laboratorio sociológico de la pedagogía en los niveles inicial, primario y de bachillerato. Necesitamos una escuela más cercana a la familia y menos partidaria en sus acciones. Necesitamos construir una sociedad nueva, pero trabajada para que enfrente retos, no para que se abrume con los problemas, porque paradójicamente son los problemas los que encienden las llamas incandescentes de la creatividad, los que nos empujan a voltear la pirámides de la vida, para convertimos en equilibristas del “emprender” y en arquitectos de rutas audaces. Abogo por una escuela inicial, primaria y de bachillerato, capaz de formar ciudadanos con visión de futuro, capaces de soñar, pero con modales y urbanidad. Quiero una universidad crítica, pero no militante; porque la militancia sigue ideas y la universidad debe ser universalidad múltiple en pensamiento; deseo una academia libre, pero no antagónica; que utilice su libertad para crecer a plenitud en docencia, investigación y extensión.

Lo que planteo para muchos es imposible. ¿No militante? ¿Cómo se hace eso? La respuesta puede estar en que la academia permita, estimule y respete su rol en sus tres ejes básicos -docencia, investigación y extensión- y desarrollados sobre una verdad plural. Para ello debemos acabar de matar al Trujillo que cada dominicano lleva dentro.

Lo planteado supone aceptar la realidad que se anida, en la razón de que tal vez estemos equivocados y tengamos que reconocer que otros tienen en sus manos esa “razón” y que esta puede cambiar de dueño en el tránsito de los procesos que devengan del quehacer diario. Creo que el que piensa como dogmático, pierde el sentido del objeto de la universidad, porque un verdadero universitario desafía su propio saber, se dispone a retarse a sí mismo, para prever las cosas en forma constante y de ese modo añadir eslabones al conocimiento. Un intelectual académico autentico –según mi parecer- debe hacer esto, porque reconoce lo infinito del saber, lo grandioso del descubrimiento y lo excitante que resulta del asombro de la condición de semejante a Dios del hombre.

Estos eslabones infinitos del saber, del descubrimiento y del asombro de la condición de semejanza a Dios del hombre, necesitan de autoridad moral proporcional, debido precisamente, a que somos humanos y como tales imperfectos.

Autoridad moral para auto convencernos de lo que somos y autoridad moral para actuar, aun sin la legitimación popular de que tanto se habla hoy. No necesitamos nada más para vivir la coherencia entre lo que somos en la percepción de los demás y lo que somos realmente en nuestro interior. Al observar el espejo en cada mañana, se quien soy en verdad, porque me auto desnudo en mi psique, para ver a un ente social satisfecho con su esfuerzo por mejorar la vida y feliz por el privilegio de poder ir a mi trabajo, en donde he aprendido a comprometerme de una manera responsable. Ese compromiso y esa responsabilidad social, la que inicia conmigo, continúa con mi familia y sigue con esos jóvenes que construyen su futuro; tal como un día hice, a partir del año 1974, cuando inicié en el mundo del trabajo remunerado. Muchas cosas me han regalado, empezando por conocimiento, obsequiado por personas en su praxis, de las que he aprendido viendo y multiplicando. Mucha convivencia he disfrutado en mis más de 40 años de labor ininterrumpida y en múltiples ocupaciones. Gracias a Dios nunca he dejado de trabajar.

Hablo con los alumnos de pregrado, porque sigo dando clases para no dejar el contacto con la realidad, pero sobre todo, porque me gusta y lo disfruto desde hace mucho tiempo. Nunca he trabajado en algo de lo que no esté enamorado. En ese orden, aconsejo a todos los que pasan por mi docencia, que no hagan nada que no les guste hacer en el mundo del trabajo.

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