Julio César Santana
Los que vivíamos en una cualquiera de las quince repúblicas soviéticas cuya superficie total sumaba aproximadamente 22.3 millones de kilómetros cuadrados, sabíamos menos del poderío militar soviético que los extranjeros que permanecían fuera y nunca llegaron a pisar el territorio de la gran potencia. Cuando viajábamos por alguna razón y subrepticiamente a las ciudades cerradas para extranjeros, como la hermosa Sevastópol (Севастóпoль, Sevastópol; en tártaro de Crimea: Акъяр), donde actualmente se encuentra la base de la Flota del Mar Negro de la Armada de Rusia, no veíamos nada inusual: la ciudad hacía su vida como otra más entre los cientos de metrópolis importantes que componían las diferentes repúblicas de la Unión.
En esas ciudades cerradas, sin embargo, detrás del ondulante telón de la vida cotidiana, se escondían mortíferas bases militares, emplazamientos de misiles, pistas exclusivas para aviones militares, centros de mando, polígonos de entrenamiento, institutos de investigación de avanzada y ejércitos completos. Con todo esto invisible para la mayoría de los extranjeros, Rusia no parecía más que un inconmensurable y apacible campo alegrado con las notas ocasionales y tristes de la balalaika (en ruso: Балалaйка), aquel laúd de tres cuerdas metálicas que puede sobrecoger el alma del más insensible de los mortales.
Al contemplarla de este modo muchos visitantes ilustres llegaron a engañarse. Uno de ellos, Alan Hackney, novelista inglés y guionista, escribió que “Rusia consiste en unos cientos de miles de campos y en el ballet por la noche”. No nos engañemos. Su historia demuestra que en esos “cientos de miles de campos” y en el consuelo del ballet por la noche, como decía Gregory Landau, “la palabra voluntad significa el poder de vencer y un símbolo de la falta de barreras”. También un admirable símbolo de dedicación al trabajo y amor a la patria.
Primera Prueba: Un Sueño, un Líder
En el siglo pasado Rusia fue sometida a grandes e indescriptibles pruebas.
La primera de ellas, fue la Guerra Civil Rusa (1917-23), un sangriento conflicto donde los bolcheviques, al mando de Vladimir Ilich Lenin, y su naciente Ejército Rojo, se enfrentaron a los remanentes militares del poder zarista apoyados por los opositores ricos al nuevo régimen.
Frente a las barricadas bolcheviques y en la enormidad de su territorio, se daban la mano los conservadores y liberales de tendencia monárquica, los socialistas contrarios a las concepciones leninistas (Ejército Blanco), la Iglesia ortodoxa rusa y la fuerza militar de catorce países, entre ellos, en la vanguardia, potencias como Estados Unidos, Japón, Francia y el Imperio Británico. Esta primera gran conspiración de países extranjeros contra el naciente Estado Socialista, se conoce en la historia como la Intervención Aliada en Rusia.
Como sucede hoy, el naciente Estado Soviético encontró la más fiera resistencia de los nacionalistas ucranianos del llamado Ejército Verde y de los anarquistas de la misma nacionalidad del Ejército Negro, además de combatir contra las temibles Guardias Negras y sus señores de la guerra o atamanes. Se trató de un cerco mortal conformado por muchas fuerzas, cada una con sus propios intereses pero unidas todas por la determinación de liquidar el embrión de lo que sería en pocos años la segunda más poderosa potencia mundial de todos los tiempos.
Teniendo detrás de las operaciones militares al genio de Lenin, los más importantes enfrentamientos concluyeron en octubre de 1922. Sin embargo, el último baluarte de las fuerzas blancas fue liquidado el 17 de junio de 1923, en el distrito Ayano-Maysky, en la costa del Pacífico. Independientemente de la ideología que movía a los bolcheviques, apoyados por las clases más pobres y marginadas, así como por la mayoría de los núcleos obreros de la naciente industria rusa, esta guerra fue una formidable y sangrienta prueba para la nación rusa, diezmada entonces por el más grande desastre militar zarista: la Primera Guerra Mundial.
Existen muchas versiones sobre las persecuciones, juicios montados, encarcelamientos y fusilamientos masivos de funcionarios civiles y jefes militares que tuvieron lugar entre 1937 y 1938 en la URSS. Luego de la disolución de la Unión, nuevos y valiosos documentos salieron a la luz pública, comprobándose que unas 44 mil personas fueron ejecutadas por orden expresa de Stalin y sus colaboradores más cercanos. Por lo demás, cerca de un millón de muertes ha sido documentado y las estimaciones conservadoras andan entre los 6 y 8 millones de personas, planteándose en nuestros días versiones exageradas que rondan los veinte millones de ciudadanos soviéticos entre muertos y encarcelados.
Stalin apuntó a los viejos líderes civiles y militares del bolchevismo y prácticamente dejando al Ejército Rojo sin sus mejores y más experimentados generales y oficiales. No quería competencia alrededor de su liderazgo, ni mandos intermedios destacados, ni líderes reconocidos por el pueblo en sus propias comarcas. Aniquiló sin miramientos, bajo el pretexto inadmisible de la calumnia, a sus compañeros de lucha de muchos años y, terminada la masacre, seguía mirando con desconfianza a sus colaboradores más cercanos.
El más devoto al “camarada Stalin” podía ser acusado de alta traición y el más incondicional y enfermo asesino bajo sus órdenes podía correr en cualquier momento la misma suerte que sus víctimas.
Se trató de hecho de un proceso de aniquilamiento masivo de dirigentes y funcionarios con grandes méritos y, lo que es peor aún, leales a la causa comunista. Fue y sigue siendo una mancha muy oscura y siniestra en la historia de aquel movimiento revolucionario que cambió la historia del mundo. Fue también una vergüenza nacional sellada por la falta de acción de quienes pudieron detener las órdenes fatídicas de uno de los más controversiales y brutales dictadores de la historia. El poder inmenso que concentró en poco tiempo no solo no pudo administrarlo “prudentemente”, lo cual fue augurado con meridiana claridad por Lenin en su Testamento Político dictado en su lecho de muerte el 22 de diciembre de 1922, sino que lo utilizó de manera absoluta para desangrar al partido y al gobierno y dar satisfacción a su creciente perturbación megalómana.
Los que estudiamos en la URSS entre la segunda mitad de los años setenta y comienzos de los ochenta, pudimos ver documentales inéditos sobre el heroísmo sin par del pueblo ruso. En este sentido, tuvimos la oportunidad única de leer la historia de la Segunda Guerra Mundial desde perspectivas no occidentales: oyendo el corazón de los sobrevivientes. Testimonios vivos de los veteranos participantes, narraciones de los grandes escritores que dormían y luchaban con las tropas terrestres, memorias de los generales más destacados de la aviación, la armada y el ejército soviético (ver las del Marshall Georgy Zhukov), y las estadísticas incontrovertibles sobre las magnitudes de las fuerzas soviéticas implicadas, resumen una odisea militar sin parangón en la historia.
La llamada Operación Barbarroja que movilizó 4.2 millones de soldados, incluido un millón proveniente de países aliados o avasallados, se proponía poner de rodillas a la URSS en un par de meses. Dos direcciones fueron prioritarias: la de Moscú, en las que los hitlerianos aventajaban ampliamente al Ejército Rojo, y la de Leningrado. Tomados por sorpresa y favorecidos los enemigos por la incredulidad inaudita de Stalin frente a las contundentes evidencias de los preparativos alemanes para invadir a la URSS, la impetuosa ofensiva alemana desde el Mar Báltico en el norte hasta el Mar Negro en el sur, hizo creer en un primer momento al mundo que los fascistas iban a cumplir su promesa de aniquilar en unos meses al “Gigante con Pies de Barro”.
Perdieron en Kursk, Stalingrado (una de las batallas más decisiva de la Gran Guerra Patria), Leningrado y Moscú. Llegaron a escasos kilómetros del Kremlin y se detuvieron para siempre, luego de transcurridos 900 fatídicos días, desde 1941 hasta 1944, en los alrededores llameantes de Leningrado. Luego, miles de ellos desfilaron abatidos y humillados en la Plaza Roja y otros cientos de miles murieron enterrados en la nieve o en el fango de las vías de acceso a Moscú.
En los peores momentos de la batalla por Moscú, cuando el desastre parecía inminente y el idioma alemán se escuchaba claramente en algunos vecindarios de la capital, el Consejo Militar del Frente Occidental arengaba por los altoparlantes de la ciudad:
“¡Camaradas! En esos instantes de temible peligro para nuestro Estado, la vida de cada combatiente pertenece a la Patria. La Patria demanda de cada uno de nosotros la máxima tensión de fuerzas, valor, heroísmo y firmeza”.
Con todo un pueblo unido, respaldado a cada momento por divisiones frescas que salían de repente de las inmensidades del territorio ruso, y la tenacidad mortal de la infantería y artillería, apoyadas por una aviación debilitada pero heroicamente certera, el enemigo fue definitivamente desalojado de las cercanías de Moscú y empujado a su guarida primaria, Berlín, donde, para asombro del mundo, los soldados rusos izaron el 2 de mayo de 1945, en el propio Reichstag, la bandera de la URSS.
¿Quién decidió en realidad el final de la guerra no solo para bien de los pueblos de la antigua URSS sino de toda la humanidad? Entre 1941 y 1945 los ejércitos soviéticos derrotaron o apresaron a 607 divisiones enemigas mientras que en el mismo tiempo las fuerzas anglo-norteamericanas lo hicieron en total con cerca de unas 176 divisiones. En el frente oriental la Wehrmacht perdió el 70% de todos los aviones durante la guerra, el 75% de los tanques y el 74% de la artillería.
El gran Franklyn Roosevelt, uno de los más luminosos dirigentes políticos de los Estados Unidos, apuntaba como respuesta a la pregunta que hoy nos hacemos, lo siguiente: «Desde el punto de vista de la gran estrategia… —decía en 1942—, es difícil pasar por alto el indudable hecho de que el Ejército Rojo está destruyendo más soldados y armamento del enemigo que los otros 25 estados de las Naciones Unidas juntos».
El sacrificio de los pueblos de la antigua URSS en la liberación de otros estados de Europa y Asia fue igualmente significativo. Se estima que más de un millón de soldados soviéticos murieron en los campos de batalla de Europa Central y del Este, en los Balcanes, en China y en Corea. Es un hecho profusamente documentado que más de la mitad de las pérdidas humanas en Europa fueron de la Unión Soviética. En general, la cuota humana de la URSS fue impresionante: 27 millones entre soldados y civiles, más de la mitad de ellos rusos,
La URSS, y particularmente Rusia, decidió la derrota de Hitler si tomamos en cuenta el número de batallas decisivas, la cantidad de hombres sacrificada, al arsenal militar implicado y el heroísmo sin parangón de sus soldados y pueblos.
No obstante los datos y hechos irrebatibles, hoy, según una reciente encuesta dirigida a más de 3.000 personas en Francia, Alemania y el Reino Unido (marzo 2015) tan solo el 13% de los europeos cree que el Ejército de la URSS jugó el papel principal en la liberación de Europa del nazismo durante la Segunda Guerra Mundial. Más del 50% de los alemanes y más del 61% de los franceses creen que sus países fueron liberados por los norteamericanos. Casi un 50% de los británicos piensa que las fuerzas armadas de su país jugaron el papel clave en el fin de la Segunda Guerra Mundial. Solo un 8% de los encuestados en Francia y un 13% en Alemania consideran que el Ejército Rojo combatió contra la Alemania nazi.
¡Las nuevas generaciones europeas pagan con el olvido y la aceptación de la desinformación la libertad y el bienestar que disfrutan hoy gracias en gran medida al sacrificio inenarrable de cientos de miles de vidas soviéticas!
Algunos de los que estuvimos en la URSS hasta finales de los ochenta, vimos venir la hecatombe de la gran potencia. Una mezcla compleja de traiciones y de factores internos minaron los pilares aparentemente inamovibles en los se sustentaba el poder soviético. En poco tiempo, entre el 11 de marzo de 1990 y el 25 de diciembre de 1991, la humanidad vio derrumbarse a un gigante real y a todo un orden mundial de la única forma posible en que podía suceder: mediante la propia voluntad de sus máximos dirigentes, expresada en el Tratado de Belavezha, firmado el 8 de diciembre de 1991 por los presidentes de Rusia, Ucrania y Bielorrusia: Boris Yeltsin, Leonid Kravchuk y Stanislav Shushkiévich, respectivamente.
El mundo comenzó a creer que la Guerra Fría había concluido. Las potencias occidentales apostaron nuevamente a la disminución total de las influencias de Rusia en la arena mundial. Ello ocurría al mismo tiempo que en las ex repúblicas de la URSS comenzaba un fiero y sangriento reparto de los principales activos soviéticos. Creció la delincuencia, aparecieron las drogas y los asesinatos selectivos, el sicariato se hizo un oficio de primera línea, la prostitución, el contrabando de recursos naturales, los asaltos a mano armada, los atentados terroristas, la consolidación de miles de poderosos grupos mafiosos y el deslumbre impresionante de los nuevos ricos cegaba, humillaba y confundía a los grandes y crecientes contingentes de desempleados y pobres. Las empresas cerraron sus puertas y las importaciones crecieron de manera exorbitante. Por primera vez, luego de la II Guerra Mundial, el hambre llegó nuevamente a los campos rusos y ucranianos.
Como veremos en una próxima entrega, el hundimiento de la Rusia de tantos avances científicos y tecnológicos impresionantes y único factor de la estabilidad y equilibro mundial durante más de setenta y cuatro años, fue solo pasajero. Rusia ha superado la prueba en apenas dos décadas y hoy se presenta nuevamente como una nación que todo lo puede con mucha más prudencia y tacto político que todas las potencias que hoy nuevamente tratan de negar su probado espíritu vencedor, su indomable e indescifrable fuerza espiritual, su ingenio a toda prueba y su increíble poderío militar que hoy solo puede sorprender a quienes, a pesar de enfrentarla siempre, nunca han llegado a conocerla. Es bueno recordar las palabras de Friedrich Wilhelm von Mellenthin, general mayor de las Fuerzas Acorazadas, jefe del Estado Mayor del 48º Cuerpo Acorazado y jefe del Estado Mayor del 4 º Ejército Acorazado en las postrimerías de la Gran Guerra Patria:
“Casi se puede decir con certeza que ningún occidental culto no entenderá nunca la naturaleza y el carácter del alma rusa. El conocimiento del carácter ruso puede ser una clave para la comprensión de las cualidades de combate del soldado ruso, sus ventajas y sus métodos de lucha en el campo de batalla. La persistencia y la apariencia del luchador siempre fueron factores de suma importancia en la guerra, y a menudo, por su significado, era más importante que el número de tropas y armas… Nunca se sabe de antemano que emprenderá un ruso: por regla general, se lanza de un extremo al otro”.
Rusia es enigmática e impredecible. Siempre ha sido capaz de superar todas las pruebas.