Hablan los hechos

¿Cambiará la historia el virus que mata a los niños?

El animal más letal del planeta es el mosquito, transmisor de enfermedades como la fiebre amarilla, filariasis, dengue, chicungunya, fiebre del Nilo Occidental, encefalitis de La Crosse, malaria (paludismo) y zika. Las picaduras de este insecto, de cuya fisiología se maravillaba Plinio el Joven en la antigua Roma tomando en cuenta su tamaño diminuto, causan anualmente 725.000 muertes en todo el mundo.

Ni siquiera el hombre ha llegado a igualar la letalidad de este ser vivo, pues no obstante a haber desarrollado armas de todo tipo, ocupa la segunda posición en el ranking de los más peligrosos, al causar unas 475,000 muertes todos los años.

El mosquito causa anualmente tres veces más muertes que las ocasionadas por las bombas atómicas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki en 1945. Mientras se acepta esa realidad con espeluznante resignación, se reacciona congran alarma ante el peligro que significa el terrorismo, pese a ser un problema de dimensión distinta, cuyo control no se ha logrado por intereses geoestratégicos en juego en la zona de Oriente Medio.

De todos modos, se ha conformado una amplia coalición de países para atacar posiciones del Estado Islámico en Siria, a un costo que sólo para Estados Unidos podría alcanzar los 10,000 millones de dólares al año, según cálculos de algunos especialistas. Piénsese que un misil Tomahauk cuesta 1.5 millones de dólares, mientras una hora de vuelo de un caza F-22 de los que Estados Unidos está utilizando en el país árabe anda por los 68,000 dólares.

En Siria, donde las armas de todo tipo no han dejado de disparar un solo día en cinco años, el número de muertos ronda los 250,000. La cantidad de muertes ocasionadas por el mosquito en ese mismo lapso de tiempo supera los 3 millones y medio de personas. Se trata, pues, del asesino más eficiente que existe en el planeta.

La zona de influencia del mosquito en el globo terráqueo es inmensa. En ella habitan miles de millones de seres humanos, que durante largas temporadas son hostilizados por este asesino dondequiera que se metan, afectando su calidad de vida. Los mosquitos drenan los presupuestos defamilias y naciones y son uno de los mayores causantes de ausentismo laboral y escolar. Pese a esto, a la gente se le entretiene con historias sobre la capacidad de matar de los tiburones, responsables de tan solo 10 muertes al año.

El cuerpo humano y su salud se han convertido en un medio para acumular riqueza en manos de un puñado de grandes empresas que hoy ejercen el control de los sistemas sanitarios de todo el mundo. Esas grandes corporaciones, que obtienen inimaginables beneficios económicos y que cuentan con gran poder político se esfuerzan por imponer exclusivamente lo que les aconseja el mercado.

En su discurso ante la 66.a Asamblea Mundial de la Salud celebrada en Ginebra (Suiza) en mayo de 2013, la Directora General de la OMS, Dra. Margaret Chan, dijo: “Los esfuerzos por salvaguardar la salud pública deben hacer frente a la oposición de un conjunto diferente de fuerzas extremadamente poderosas”.

“Muchos de los factores de riesgo de las enfermedades no transmisibles están amplificados por productos y prácticas de fuerzas enormes y económicamente poderosas. El poder del mercado se convierte fácilmente en poder político”.

Y más adelante apuntó: “Los mosquitos no tienen representantes ni grupos de presión. Pero las industrias que contribuyen al aumento de las enfermedades no transmisibles sí los tienen. Cuando las políticas de salud pública tienen fines contrapuestos a determinados intereses económicos, debemos hacer frente a una oposición bien orquestada y muy bien financiada”.

Es cierto, los mosquitos no necesitan de nadie que los defienda porque su existencia dejó de estar amenazada desde que en 1972 se prohibió el uso del DDT, que además de excelente plaguicida era un producto de bajo costo.
El DDT ayudó al exterminio de la malaria en Europa, contribuyendo significativamente a su control en otras partes del mundo.

La prohibición de ese producto, cuyo creador, el sueco Paul Hermann Muler, fue galardonado con el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en el año 1948, estuvo acompañada de una gran polémica. Incluso, el juez administrativo designado por la Agencia de Protección Ambiental de los Estados Unidos concluyó, después de casi un año de audiencias, que “el DDT no es un riesgo cancerígeno para el hombre”, declarando injustificados los temores sobre supuestos daños que podían causar a distintas especies del reino animal, siempre y cuando su uso se ajuste a ciertas regulaciones.

En el 2006 la OMS anunció que volvería a usar el insecticida como parte de su programa para erradicar la malaria, pero una resolución en sentido contrario del Programa Mundial de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) lo impidió.

Sea que tuviera o no los efectos nocivos para la salud del ser humano y para las distintas especies de vida salvajeque se le atribuyen al DDT, lo cierto es que más de 40 años después no ha aparecido un sustituto con igual o parecido nivel de eficiencia. Hay quienes sostienes que la prohibición del DDT es responsable de la muerte de más de 50 millones de personas en el mundo.

Lo que sí parece claro es que invertir para desarrollar formas efectivas de exterminio o control del mosquitocarece de atractiva tasa de retorno y sacaría del mercado un montón de productos que a lo sumo logran ahuyentar al insecto por un tiempo.

La enfermedad del Ébola demostró que el poder político en el mundo occidental puede mostrarse indiferente frente a los problemas de salud de otros pueblos mientras se considere libre de riesgos. El avance que en el control de la enfermedad se ha logrado en los países africanos en corto tiempo demuestra claramente lo que se puede hacer con voluntad política.

Los países más poderosos han estado, en su inmensa mayoría, fuera del alcance nocivo de las picaduras del mosquito. Pero ahora que el virus del Zika, ayudado por el cambio climático, se está extendiendo a nuevas áreas, representando al mismo tiempo un gravísimo peligro para las criaturas en el vientre de las madres, de seguro aumentarán las presiones y con ellas la posibilidad de que se modifique la actitud indiferente que por década se ha mantenido frente a los enormes estragos causados por el letal insecto.

En el terreno del diseño de políticas sanitarias, lo mismo que en el campo de las investigaciones científicas, no siempre se impone lo más racional de manera automática. El presidente Barack Obama anunció en su último discurso sobre el estado de la Unión una nueva campaña nacional para encontrarle un remedio al cáncer, la principal causa de muerte en el mundo, y la diabetes. No deja de ser este un anuncio valiente, porque el cáncer y la diabetes son responsables de una parte significativa de los dividendos de las grandes corporaciones que manejan la salud en el mundo. Pero un anuncio como este, en buena lógica, debió estar acompañado de medidas concretas para evitar el consumo de un montón de alimentos y bebidas causantes de una parte significativa de la enorme cantidad de casos de estas dos enfermedades no transmisibles que se producen todos los años en el mundo.

Tiene razón el presidente Obama cuando fundamenta su esperanza de mejorar la efectividad de la lucha contra determinadas enfermedades en los logros alcanzados por la ciencia en distintas áreas. Si el hombre fue capaz de llegar a la luna y enviar con éxito un robot a un lugar específico del planeta Marte, debe tener la capacidad de exhibir mayores avances en la lucha contra las enfermedades no transmisibles, particularmente contra el cáncer y la diabetes.

Y si eso es así en relación a enfermedades tan complejas como la que produce la propagación incontrolada de las células del cuerpo humano, con mucho mayor razón lo es cuando hablamos de encontrar la forma de exterminar un insecto.

Al menos, así parece.

últimas Noticias
Noticias Relacionadas